La conversión, necesaria para la evangelización

Mons. Mario Iceta       1. El mes de febrero nos acerca a diversos acontecimientos. Con la fiesta de la Presentación del Señor en el Templo celebramos el día de la vida consagrada: una magnífica ocasión para agradecer a nuestros hermanos y hermanas consagrados su testimonio y entrega en tantos y variados campos de la acción pastoral y de modo particular al servicio de los más necesitados. Así mismo, el 11 de febrero celebraremos el día mundial del enfermo. Dediquemos un recuerdo muy especial a estos hermanos y hermanas unidos a la pasión del Señor en la enfermedad y el sufrimiento. Nuestra oración, compañía y servicio constante nunca les puede faltar. También agradecemos a tantas personas dedicadas a aliviar el sufrimiento de los enfermos. Que la Virgen María, bajo la advocación de Lourdes nos estimule a seguir siempre al lado de los que sufren y que a ellos los sostenga en la esperanza, el consuelo y la paz. 

2. Durante este mes de febrero comenzaremos la santa Cuaresma, tiempo de volver nuestra vida decididamente a Dios y recomenzar una vez más desde Él y con Él. Benedicto XVI nos recordaba que “el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo” (Porta fidei, 6). Y qué mejor oportunidad que esta Cuaresma como momento de gracia para que Dios opere en nosotros esta conversión que necesitamos. Por eso tenemos que dejarnos nuevamente encontrar por Jesús. Este encuentro suscita siempre una conversión, una mentalidad y capacidad nuevas. Hay que nacer de nuevo, recordaba Jesús a Nicodemo, y este nacimiento renovador adviene por el agua y el Espíritu Santo, por la invitación de Dios a volver a Él y la acogida agradecida del don de Cristo. También nosotros necesitamos volver a ser sorprendidos por este encuentro, sacudirnos la rutina y lo ya sabido y reemprender un camino profundamente renovado, novedoso, apasionante, en el seguimiento de Jesús. 

3. El Concilio Vaticano II nos dice que “mediante la conversión el hombre, arrancado del pecado, es introducido en el misterio del amor de Dios, que le llama a entablar una relación personal con Él mismo en Cristo.” (cfr. AG 13). El encuentro personal con Jesús no deja nada como antes, nos concede una nueva forma de mirarle y de entenderle y, desde Él, una nueva manera de mirarnos a nosotros mismos y al mundo. La conversión consiste en adquirir la “forma” de Cristo, por medio de la gracia y mediante nuestra colaboración;“con-formarnos” con Él. Tras una “primera conversión”, que inicia en nosotros un nuevo camino, esta conversión se convierte en una tarea constante y progresiva: debemos ir desarrollando en nosotros los sentimientos, actitudes, libertad, mentalidad, voluntad y afectos semejantes a los del Señor. Esta tarea es sostenida por el don que nos concede el Espíritu Santo. Y es un proceso que dura toda la vida. No podemos detenernos en este camino de conformación con Él. Y el tiempo de Cuaresma es ocasión propicia para tomar un nuevo impulso, desprendernos una vez más del hombre viejo y adquirir la forma del hombre nuevo que es Cristo. 

4. Los diversos encuentros de Jesús que relata el Evangelio operan este profundo cambio interior. Recordemos el encuentro con los discípulos, con la samaritana, con Zaqueo, con María Magdalena… El instrumentum laboris para el Sínodo de los obispos afirmaba que “la evangelización de Jesús conduce naturalmente al hombre a una experiencia de conversión: cada hombre es invitado a convertirse y a creer en el amor misericordioso de Dios hacia él. El reino crecerá en la medida en que cada hombre aprenderá a dirigirse a Dios en la intimidad de la oración como a un Padre (cf. Lc 11,2; Mt 23,9) y, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, aprenderá a reconocer en plena libertad que el bien de su vida es el cumplimiento de la voluntad divina (cf. Mt 7,21)” (IL 24). De este modo se pone en evidencia la estrecha relación entre  santidad, conversión y evangelización. En la medida en que la conversión personal y comunitaria pierde fuerza, correlativamente se debilita la vida de santidad de los creyentes y, de modo similar, se enfría el impulso evangelizador. 

5. Por eso hemos de ser conscientes de la necesidad de la conversión personal y comunitaria, de tomarnos en serio la vocación de todos a la santidad, como afirma el Concilio Vaticano II: “todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena. En el logro de esta perfección empeñen los fieles las fuerzas recibidas según la medida de la donación de Cristo, a fin de que, siguiendo sus huellas y hechos conformes a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, se entreguen con toda su alma a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así, la santidad del Pueblo de Dios producirá abundantes frutos”. (LG, 40). 

6. Esta santidad, descrita como perfección de la caridad y plenitud de vida, es posible, y permitirá que nuestro testimonio y palabra sean realmente evangelizadores y nuestras comunidades y la Iglesia entera se pongan en un verdadero estado de misión y evangelización. Este es tiempo de gracia, “si escucháis hoy la voz del Señor, no endurezcáis el corazón” (cfr. Sal 95, 7-8). Os deseo un santo y fructuoso tiempo de Cuaresma. Que el Señor nos conceda la gracia de una renovada conversión con vistas a una nueva primavera evangelizadora. Con afecto.

 + Mario Iceta Gabicagogeascoa

Obispo de Bilbao

Mons. Mario Iceta Gabicagogeascoa
Acerca de Mons. Mario Iceta Gabicagogeascoa 63 Artículos
Es Doctor en Medicina y Cirugía por la Universidad de Navarra (1995), con una tesis doctoral sobre Bioética y Ética Médica. Es Doctor en Teología por el Instituto Juan Pablo II para el estudio sobre el Matrimonio y Familia de Roma (2002) con una tesis sobre Moral fundamental. Es Master en Economía por la Fundación Universidad Empresa de Madrid y la Universidad Nacional de Educación a Distancia de Madrid (2004) y miembro correspondiente de la Real Academia de Córdoba en su sección de Ciencias morales, políticas y sociales desde 2004. Así mismo es miembro de la Academia de Ciencias Médicas de Bilbao desde junio de 2008. Fundador de la Sociedad Andaluza de Investigación Bioética (Córdoba, 1993) y de la revista especializada Bioética y Ciencias de la Salud (1993). Ha participado como ponente en diferentes cursos y conferencias de Bioética tanto en España como en el extranjero y posee numerosos artículos en revistas especializadas en Bioética y Teología Moral, así como colaboraciones en diversas publicaciones y diccionarios. Entre sus publicaciones destacan: Futilidad y toma de decisiones en Medicina Paliativa (1997), La moral cristiana habita en la Iglesia (2004), Nos casamos, curso de preparación al Matrimonio (obra en colaboración, 2005). En el campo de la docencia ha ejercido como profesor de Religión en Educación Secundaria (1994-1997); Profesor de Teología de los Sacramentos, Liturgia y Canto Litúrgico en el Seminario Diocesano de Córdoba (1994-1997); Profesor de Moral fundamental y de Moral de la Persona y Bioética en el mismo Seminario, así como en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de la Diócesis (2002-2008). Profesor asociado de Teología Moral fundamental y Bioética en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra desde 2004 hasta la actualidad. Por último, también pertenece a la Subcomisión de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española.