La conquista de la libertad

Mons. Franciso Pérez      El ser humano tiene reacciones que a veces cuesta comprender y esto se comprueba cuando con insistencia desea conquistar una aparente libertad que está impregnada de pura farsa. La conquista de la libertad no se adquiere ni con el egoísmo, ni con el desenfreno de la concupiscencia desbocada, ni con la promiscuidad. La verdadera libertad se adquiere con la conquista diaria de lo más noble que hay en el corazón del ser humano. Nunca fueron buenos consejeros los que aprueban cualquier forma de vida y cualquier relación entre humanos. La experiencia muestra que los auténticos ejemplos de vida son y serán de aquellos que han sabido asociarse con nobleza a la dignidad personal y social. Desintegrar a una persona es fácil y hasta produce cierto divertimento pero llevarla por el camino de la integridad es más difícil, aparentemente, pero más auténtico al final.

Hace poco leía que una joven había sido elegida Miss de belleza en un concurso y que defendía la castidad como un camino de verdadera salud corporal, espiritual y de auténtica relación humana. A los ojos de los aparentes “defensores de la libertad” no les parecía bien porque este modo de vivir no se acomoda a los tiempos modernos. Y es que para ser modernos ¿no importa la dignidad de la persona? y si no reporta frutos económicos ¿para que sirve? El ser humano de esta manera se convierte en un objeto de placer y en un instrumento de ganancias económicas. Se ridiculiza lo moral y se idolatra la inmoralidad. ¡No lo entiendo! Con afanes ideológicos se nos trata de convencer de que la belleza de la persona no está dentro de ella, en lo más íntimo de su dignidad, sino en la obtención de una falsa libertad y en una consecución de aplausos a costa de lo que sea.

La castidad, que es armonía del cuerpo y de la vida, no es inhumana porque no es represiva, ni de mentes estrechas, ni de fanáticos, ni es un falso valor. La castidad -dice el Catecismo de la Iglesia Católica- significa la integración lograda de la sexualidad en la persona y por ello en la unidad interior del ser humano en su ser corporal y espiritual. La persona casta mantiene la integridad de las fuerzas de vida y de amor depositadas en ella. Esta integridad asegura la unidad de la persona; se opone a todo comportamiento que la pueda lesionar. No tolera ni la doble vida ni el doble lenguaje.

La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la armonía interior, o se deja dominar por ellas y se hace un pobre infeliz. La promiscuidad contradice la auténtica libertad porque está sometida a una perniciosa esclavitud.

La castidad es un valor esencial en la experiencia humana y es una virtud que hace vivir, con dignidad, la madurez en el joven, la vida de esposos en el matrimonio, la virginidad en el consagrado, el celibato en el sacerdote. La Iglesia reconoce que la castidad ha de calificar a las personas según los diferentes estados de vida y reprocha todo aquello que interrumpa un estilo de vida coherente con el estado elegido. La Iglesia, en las circunstancias actuales, con ímpetu y autoridad reconoce que el hombre no sólo puede equivocarse sino hasta puede caer en el pecado y en las horribles garras de la corrupción moral, pero también pone en su mano la medicina del perdón que le ha regalado Jesucristo. Lo peor es cuando se ensalza el libertinaje que falsea la relación entre los humanos y se edulcora como si fuera la fuente de la verdadera libertad. Al contrario, el libertinaje es la cara amarga de la esclavitud.

Se ha de ayudar a las jóvenes generaciones a responsabilizarse y a ir aprendiendo a saberse dominar. El aprendizaje del dominio de sí, es tal vez una de las enseñanzas más necesarias hoy. El cristiano, y por eso cuesta tanto ser practicante, ha de poner los medios: el conocimiento de sí, la práctica de una ascesis adaptada a las situaciones encontradas, la obediencia a los mandamientos divinos, la práctica de las virtudes morales, la fidelidad a la oración y a los sacramentos. La castidad es humana porque dignifica al ser humano. Y de humanos es ser valientes porque la santidad exige un precio y la libertad auténtica se asocia a la santidad que es la perfección en el amor.

+Franciso Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental.Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense.El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión.CARGOS PASTORALESDesde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad.El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017.Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).