La alegría de la fe Jesucristo (4)

Mons. Braulio Rodríguez       La Navidad y otros acontecimientos eclesiales de Toledo o la Iglesia universal me encaminaron a escribir en PADRE NUESTRO de temas que no tenían directamente que ver con la exposición de nuestra fe contenida en el Credo. Volvemos a hablar de la alegría de la fe. También cuando consideramos que Jesucristo fue crucificado, muerto y sepultado. Situándonos en silencio ante Jesús colgado del madero de la cruz, llegue hasta nosotros el eco de estas palabras del Señor en la Última Cena: “Ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos” (Mc 14,24). La conclusión es fuerte: Él quiso ofrecer su vida en sacrificio para el perdón de los pecados de la humanidad.

Lo mismo que sucede ante el hecho increíble de la Eucaristía, ante la pasión y muerte de Jesús en la cruz el misterio se hace insondable. Tantas veces como considero estos sucesos de la historia de Cristo me parece que estamos ante algo que humanamente podría parecer absurdo: nuestro Dios no sólo se hace hombre, sometido a todas la necesidades del ser humano; no sólo sufre para salvar al hombre cargando sobre sí toda la tragedia de la humanidad, sino que además muere por amor al hombre. No estamos acostumbrados a que a nuestro alrededor se ame de esta manera, se viva la muerte a la vez con la angustia que experimenta Jesús y con la serenidad del que sabe que entrega la vida para que la salvación llegue a nosotros. El que no tenía pecado, se hizo pecado, entrega su espíritu y el Espíritu Santo, al cumplir toda justicia.

La muerte de Cristo, además, recuerda el cúmulo de dolor y de males que pesa sobre la humanidad de todos los tiempos: el peso aplastante de nuestro morir, el odio y la violencia que aún hoy ensangrientan la tierra. La pasión de Cristo continúa en el sufrimiento de los hombres y mujeres. Como afirmaba Blas Pascal, “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo; no hay que dormir en este tiempo” (Pensamientos, 553). ¿Es, pues, el Viernes Santo un día lleno de tristeza? No, porque al mismo tiempo es un día propicio para renovar nuestra fe, para reafirmar nuestra esperanza y la valentía de llevar cada uno nuestra cruz con humildad, confianza y abandono en Dios, seguros, además, de su apoyo y de su victoria, hasta el punto que en la liturgia de este día se canta: “¡Salve, oh cruz, esperanza única!”.

En el gran silencio del Sábado Santo la misma esperanza es alimentada, en espera de la resurrección de Cristo. Es verdad que en este día las iglesias están desnudas y no se celebran ritos litúrgicos. Pero también es verdad que la Iglesia vela en oración como María y junto a María, compartiendo sus mismos sentimientos de dolor y confianza en Dios. Y se anima a los fieles a acercarse al sacramento de la Penitencia, para poder participar, realmente renovados, en las fiestas pascuales.

Ese recogimiento y silencio del Sábado Santo lleva consigo en nosotros tener experiencia de la sepultura de Jesús; pero también nos llevará en la noche a la solemne Vigilia Pascual, “madre de todas las vigilias”, cuando prorrumpa en todos los templos y comunidades el canto de alegría por la resurrección de Cristo. Creo sinceramente que, sin una vivencia profunda de la gran Vigilia Pascual, uno que se declara cristiano muestra un déficit notable en su fe. Entre otras cosas, no podrá gozar de una alegría indescriptible que trae consigo el canto por la resurrección de Jesucristo, que es victoria de la luz sobre las tinieblas, de la vida sobre la muerte.

La Iglesia en la Pascua se llena de júbilo en el encuentro con su Señor. Este es el clima de la Pascua de Resurrección. Es la explosión de gozosa paz, que hace a los que creemos en Jesús hombre y mujeres nuevos. No estamos lejos de la preparación a la Pascua 2013 que es la Cuaresma. Podemos, pues, aprovecharla para de nuevo sentir a Cristo, que tiene el oficio de consolar. 

+Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.