¿Es cuestión de sensibilidad?

Mons. Antonio Algora     En los días de la Visita Pastoral a las parroquias, todos: sacerdotes, religiosos  y fieles, obispo incluido, vivimos el Misterio grande del Amor de Dios que es la Iglesia. Son días de intensa religiosidad, pues percibimos la presencia de Jesucristo que nos reúne y renueva en la vida de la comunidad con el Espíritu Santo que nos regala. Llama poderosamente la atención que se cumple a la letra aquello que dice San Pablo en la primera carta a los Corintios, pues no hay proporción entre las realizaciones y actividades parroquiales y la pobreza de los medios que empleamos. Comprobad vosotros mismos si no es verdad: «Y si no, fijaos en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. A él se debe que vosotros estéis en Cristo Jesús, el cual se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención. Y así —como está escrito—: el que se gloríe, que se gloríe en el Señor.» (1Cor 26−31)

Ciertamente el secreto está en la fuerza y la gracia que da la presencia de Jesucristo resucitado y el Espíritu Santo que habita en el corazón de los que le son fieles y ponen lo mejor de si mismos al servicio de los demás, allí donde los necesitan.

La fuerza de las personas que componen la comunidad parroquial es el secreto mejor guardado de la Iglesia, que no tiene su origen en querer guardar secretos, sino en la falta de fe de los que nos contemplan que les impide ver que la catequesis,  la formación y el estudio de la Palabra de Dios, el tiempo gastado en preparar las celebraciones de la Eucaristía y de los sacramentos, las manifestaciones de religiosidad popular, la oración… dan paso a los compromisos, a veces heroicos de los que participan en la vida de la comunidad.

He dejado para el final todo lo relacionado con el compromiso caritativo y social de los cristianos no porque sea lo último de la vida cristiana, sino porque esto sí que es apreciado por los que nos miran situándose como si estuvieran fuera de la Iglesia. Seguro que estos días en que Manos Unidas va a sacudir nuestras conciencias planteándonos la necesidad de dar una respuesta a los problemas del Tercer Mundo, encontramos comprensión y colaboración en personas que incluso no se confiesan creyentes. Aquel grupo de mujeres que hizo la primera Campaña del Hambre hoy es una organización potente que llega a donde los gobiernos de los países más desarrollados no saben, y no pueden porque no quieren dar soluciones que sí estaría en sus manos dar.

La base parroquial de Manos Unidas es la que consigue el éxito de las campañas año tras año. De nuevo, la aparente debilidad de personas y medios confunde a los poderosos. La Campaña de este año es, para nosotros, un reto mayor, pues, al suprimirse las subvenciones oficiales casi en su totalidad a causa de la Crisis, nos toca hacer un esfuerzo económico mayor a los ciudadanos.

Que nadie vea en mis palabras intención malévola alguna, lo ofrezco como el dato de credibilidad de la fe de la Iglesia. Realmente no se puede hacer más con menos medios y recursos. Solo la fuerza de la fe transforma la persona que libremente se entrega y la convierte en agente del bien común, al servicio de los más desfavorecidos a los que considera, en verdad, hermanos.

Vuestro obispo

 + Antonio Algora

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
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D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.