Como junto al pozo de Sicar

Mons. Amadeo Rodríguez       Me pongo a escribir esta carta cuando acabo de llegar del encuentro diocesano de catequistas. Mi intención era escribir de otro tema también de mucha actualidad en la vida de la diócesis, y especialmente para mí, pero lo dejo para el próximo número, en el que aún espero llegar a tiempo. Pero entiendo que he de compartir con todos vosotros la experiencia vivida con más de trescientos catequistas, que representan a todos los que en cada parroquia de nuestra diócesis asumen la tarea de la transmisión de la fe, fundamentalmente en la iniciación cristiana de nuestros niños y adolescentes. 

Lo primero que quiero destacar es la respuesta a la convocatoria. A pesar de que ni el frío, la lluvia e incluso la nieve, en algunos lugares, invitaban a salir de casa, aquí estaban, en un gran número, los catequistas con el deseo de compartir su experiencia con otros, venidos de cualquier lugar de nuestra Diócesis. El encuentro ha sido, ante todo, una expresión de unidad en la fe y en la misión; ha sido un hermoso reflejo de la comunión diocesana que tanto hay que fomentar, especialmente en nuestro caso, por la configuración geográfica y territorial de nuestra Iglesia local.

Todos han venido con el reclamo de una celebración que tan bien acogida está siendo por la comunidad cristiana: la celebración del Año de la fe. Además de lo que cada uno hace para responder a esta gracia para toda la Iglesia, además de lo que se comparte en cada comunidad parroquial, que me consta es mucho y creativo, muchos han venido con el deseo de encontrar una nueva aportación que les ayude a “redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo” (Pf 2).

Hay una lectura clara y evidente en la respuesta de los catequistas diocesanos: todos son conscientes de que su misión necesita la hondura de su fe. Por eso han querido compartir juntos la experiencia de renovar su fe COMO JUNTO AL POZO DE SICAR. Como la samaritana, también ellos se han encontrado con la fuente de agua viva, con el mismo Cristo. De un modo especial lo han encontrado en la Eucaristía, que para todos es el pan y la bebida que sacian nuestra hambre y nuestra sed: en ella han vivido el Misterium fidei. Pero todo ha sido preparado con alimentos sabrosos, sacados de la Palabra viva del Señor, presentada con el gusto que le ha ido dando a través de los siglos el cocinado de la fe vivida en la Iglesia.

Una preciosa conferencia, que llevaba por título REDESCUBRIR EL DON DE LA FE, nos ha despertado el deseo de vivir de ese don de la gracia de Dios, tan necesario para el hombre y el mundo de hoy. Con una profunda reflexión hemos sido todos alentados en las actitudes desde las que hemos de contemplar la situación de la fe en el mundo, y se nos ha recordado que sólo con el estilo de la misericordia y la empatía se puede evangelizaren nuestro tiempo. Se trata de la empatía de Dios por el hombre, que por Jesucristo, su Hijo, le ofrece la salvación a la humanidad que camina en la senda del nuevo milenio.

Por eso hemos sido alentados al encuentro personal con Jesucristo; un encuentro con una Persona, que es un acontecimiento que le da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, 1). Se trata del único encuentro que puede saciar los deseos más profundos del corazón hombre; que puede dar un significado pleno a la existencia; que puede saciar nuestra fe de eternidad. Es un encuentro que salva. Los catequistas y todos los evangelizadores, es decir, todos, tenemos una gran responsabilidad: propiciar la comunión con Jesucristo; o sea posibilitar aquí y a hora ese encuentro significativo y salvador con Cristo.

De ahí que a nuestros catequistas se les haya propuesto, tanto en esta conferencia a la que estoy aludiendo, como en otras actividades, a que, primero en su vida, pero después, en la catequesis, encuentren la armonía entre “la fe que es decidirse a estar con el Señor para vivir con él” (fides qua), la fe del asentimiento; y “la fe que nos lleva a comprender las razones por las que se cree” (fides quae), conocimiento. Han sido invitados a integrar en su vida, para luego transmitirlo, el mensaje evangélico en toda su integridad, sin silenciar ningún aspecto, sin reducir exigencias. Y para ello, como ha hecho el Santo Padre, se les ha propuesto el Catecismo de la Iglesia Católica, en el que se recoge la fe profesada, celebrada, vivida y rezada.

En torno a esos cuatro elementos, que integran y enriquecen la experiencia de fe, han girado los talleres en los que se ha invitado a participar a los catequistas. En los cuatro se les han ofrecido algunas experiencias prácticas con las que combinar integridad y adaptación en la catequesis. Me consta que han despertado un enorme interés.

Sé que con esta carta me he convertido en cronista de un acontecimiento por el que tengo una especial debilidad por mi condición de catequeta y porque, como obispo, soy el primer catequista; los hago con gusto. Sobre todo lo hago porque por la catequesis pasa el alimento que la Iglesia ofrece a todos para la educación y enriquecimiento de su fe. Por eso, si os he contado todo esto es para ofreceros un estímulo en el fortalecimiento de vuestra fe, en este Año bendito que no debería pasar desapercibido para ninguno de nosotros, y también para invitaros a cooperar activamente en la evangelización.

Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

Mons. Amadeo Rodríguez
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Mons. Amadeo Rodríguez Magro nació el 12 de marzo de 1946 en San Jorge de Alor (Badajoz). Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Badajoz, del que luego sería formador. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1970. Su primer destino pastoral fue de coadjutor de la parroquia emeritense de San Francisco de Sales (1970-1974), de la que posteriormente sería párroco (1977-1983). Tras obtener la licenciatura en Ciencias de la Educación (sección Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma (1983-1986), D. Amadeo fue nombrado por su Obispo, D. Antonio Montero, vicario episcopal de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis (1986-1997), siendo también designado vicario territorial de Mérida, Albuquerque y Almendralejo; y finalmente vicario general (1996-2003). Fue además secretario general del Sínodo Pacense (1988-1992) y secretario de la conferencia de Obispos de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz (1994-2003). En 1996 fue nombrado canónigo de la Catedral de Badajoz, cuyo cabildo presidió de 2002 a 2003. Realizó su labor docente como profesor en el Seminario, en el Centro Superior de Estudios Teológicos, en la escuela diocesana de Teología para Laicos (1986-2003) y de Doctrina Católica y su Pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura (1987-2003). También formó parte del consejo asesor de la Subcomisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El 3 de julio de 2003 San Juan Pablo II le nombra obispo de Plasencia y recibe la ordenación episcopal en la Catedral de Plasencia el 31 de agosto de 2003. En la Conferencia Episcopal Española es el vicepresidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y presidente de la Subcomisión Episcopal de Catequesis desde 2014, de la que ya era miembro desde 2003. También ha formado parte de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de 2005 a 2011. El 9 de abril de 2016 se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén. Tomó posesión de su cargo el día 21 de mayo de 2016.