Pautas para sentirnos personas: Hablar en la Iglesia en primera persona

Mons. Francesc Pardo i Artigas      La Iglesia no son los demás, “aquellos”, sino nosotros. Con frecuencia algunos grupos cristianos dan la impresión que la verdadera madre que hemos tenido los creyentes murió en el siglo III y que, desde Constantino, lo que tenemos es una madrastra sin entrañas. ¿Por qué lo digo de esta forma? Porque parece que, cuando hablamos de la Iglesia ideal o de la auténtica comunidad de Jesús, únicamente pensamos en los tres primeros siglos de la Iglesia, cuando el cristianismo era con frecuencia clandestino, perseguido, una minoría –ciertamente creativa y con gran capacidad testimonial- y no en los siglos posteriores. Desde Constantino, por poner una fecha, la Iglesia fue adquiriendo la condición de “religión oficial” y asumiendo una presencia y una acción con mayor incidencia en la sociedad. Por ello, configuró su estructura y organización adaptándola a las nuevas situaciones. Una estructura y una organización que han ido cambiando  a lo largo de los siglos hasta hoy. 

Con frecuencia, cuando se habla de la Iglesia, se establece una gran diferencia entre la “curia vaticana”, las “curias diocesanas”, la “Iglesia jerárquica”, únicamente como instituciones de poder mundano, y la “comunidad”, las “comunidades populares”, la “Iglesia de base” como las únicas fieles al proyecto de Jesús. Más aún, se insinúa explícitamente que las “curias” –por más antipáticas que  nos parezcan- estén excluidas de la comunidad porque Jesús únicamente se hace presente entre los hermanos y hermanas que se lo merecen, los que piensan igual o tienen unos planteamientos semejantes.

Los que piensan de esta forma también exponen sus razones: la necesidad de democratizar las estructuras eclesiales, los cambios necesarios para adaptarse a una organización social que cambia, las urgencias evangelizadoras, el papel de las mujeres, la figura histórica de los sacerdotes, el modelo de presencia pública de la Iglesia como levadura, luz y sal… Podemos considerar algunas de estas cuestiones, porque nos preocupan a todos. Pero se dan unas circunstancias al afrontarlas que, de tanta luz que quieren proyectar, nos ciegan, sin poder ver claro y rompiendo prácticamente el gran activo de la comunión y de la unidad eclesial. Debemos ser críticos con los discursos que acentúan que los cambios ha de hacerlos la Iglesia, los demás, y no nosotros. Seamos conscientes de la demagogia  sobre algunos temas o cuestiones que requieren reflexión, plegaria, sentido de la catolicidad, decisión del magisterio y humildad para aceptar que “mi postura” puede que no sea la más eclesial ni la que el Espíritu demanda en cada momento. Sin darnos cuenta, por medio de comentarios frívolos, por necesidad de “quedar bien”, por no sobresalir del “pensamiento de moda”, también podemos contribuir a dar una imagen de que no amamos la Iglesia, que creemos en Jesús pero que soportamos la Iglesia como si de un peso se tratase, en lugar de manifestar que nos ha sostenido, que nos sostiene y que somos lo que somos gracias a ella. 

Son incontables las ocasiones que he escuchado: “con estos obispos que tenemos…”. Tal vez corresponda más que hablar de obispos, hacerlo en singular, de la misma forma que debe hacerse cuando nos referimos a los sacerdotes, religiosos o laicos. ¡Ah! Y debemos ser igualmente prudentes al opinar sobre declaraciones y documentos que ni siquiera se han leído: debemos leerlos y estudiarlos. 

Ya que con frecuencia somos los obispos los que estamos en el punto de mira de quienes “afinan la puntería”, como si de un concurso de tiro se tratase, debemos decir que también los obispos tenemos a nuestro cargo un servicio necesario e imprescindible para todo el cuerpo eclesial: el servicio apostólico de la unidad, de la comunión del cuerpo en la fe y en la caridad, del magisterio y de la liturgia como sacerdotes, maestros y servidores de todos. 

Sí, cada uno de nosotros ha de decir que también es Iglesia, la de siempre y la de hoy, la del Papa, la de los obispos y la de todo el pueblo. Hablemos de la Iglesia en primera persona. 

+Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

 

 

Mons. Francesc Pardo i Artigas
Acerca de Mons. Francesc Pardo i Artigas 357 Articles
Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña.Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany.El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.