No se puede creer dormidos

Mons. Atilano Rodríguez     La celebración del año de la fe nos está ayudando a descubrir la adhesión inquebrantable a Jesucristo de muchos cristianos y, también, la profunda indeferencia religiosa  de bastantes bautizados, que han abandonado la oración y se han alejado de la celebración de los Sacramentos. Ante la constatación de esta realidad, tendríamos que preguntarnos: ¿Existía verdadera fe en estos hermanos que se han alejado de Dios? ¿Quiénes afirman que han perdido la fe, la habrán tenido en algún momento?

En ocasiones, hemos vivido con la convicción de que una persona era creyente porque tenía algunos conocimientos de Dios, de Jesucristo o de la Iglesia, aunque luego se comportase en la vida pública y en las relaciones familiares sin que esos conocimientos influyesen para nada en su forma de pensar y de actuar. La experiencia nos dice que  no se puede afirmar que una persona sea creyente por el simple hecho de cumplir con unas prácticas religiosas o de poseer unos conocimientos sobre la religión, pues también existen ateos y agnósticos que tienen conocimientos religiosos. 

Contemplando las manifestaciones religiosas de los católicos españoles, el sacerdote y escritor, José Luís Martín Descalzo, afirmaba hace algunos años: “Se puede creer o no creer, pero no creer dormidos. Me gustaría que ustedes, amigos míos, se aprendan esta frase. Porque probablemente el gran drama de la fe en nuestro siglo no son los que la han perdido, sino todos aquellos que dicen que tienen fe, pero no saben en realidad qué es lo que tienen, y viven, de hecho, como si no la tuvieran”.

Estas observaciones de Martín Descalzo plantean un conjunto de interrogantes que todos deberíamos responder para saber si realmente creemos o no: ¿Vivimos de una fe heredada sin haberla personalizado o, por el contrario, la fe nos ayuda a permanecer despiertos, atentos, vigilantes al paso del Señor por nuestras vidas? ¿A quienes nos confesamos creyentes la fe nos ayuda a profundizar en el conocimiento de Dios y nos mueve a vivir  y actuar de forma distinta a quienes no son creyentes?

Ciertamente necesitamos conocer los contenidos de la fe que profesamos, celebramos, vivimos y rezamos pero, para poder hacerlo, hemos de ponernos a la escucha de Dios y responder con verdad a sus llamadas en la vida diaria. La fe cristiana debe tener sus consecuencias en la vida. El encuentro amoroso con Dios, que ha querido revelarse en Jesucristo como amigo y salvador del hombre, debe llevarnos a ver, juzgar y actuar siempre de acuerdo con sus sentimientos, criterios y comportamientos.

Ante el descubrimiento de este Dios, el verdadero creyente debe postrarse de rodillas en actitud de adoración, escuchar su llamada al seguimiento y dejarse guiar por sus enseñanzas. De este modo, los sentimientos, criterios y comportamientos de Cristo, contemplados en el silencio de la oración, irán transformando paulatinamente nuestros criterios y nuestra forma de ver la vida hasta llegar a la identificación con Él.

Si partimos de estas premisas, la fe se convierte en algo consustancial con nuestra vida diaria, pasa de la cabeza al corazón y tiene el poder de cambiar nuestra existencia,  ayudándonos a vivir en Cristo y, por lo tanto, de acuerdo con sus sentimientos.

Feliz día del Señor y que Él aumente nuestra fe.

Atilano Rodríguez,

Obispo de Sigüenza-Guadalajara

Mons. Atilano Rodríguez
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Mons. D. Atilano Rodríguez nació en Trascastro (Asturias) el 25 de octubre de 1946. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Oviedo y cursó la licenciatura en Teología dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 15 de agosto de 1970. El 26 de febrero de 2003 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo, sede de la que tomó posesión el 6 de abril de este mismo año. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostado Seglar y Consiliario Nacional de Acción Católica desde el año 2002. Nombrado obispo de Sigüenza-Guadalajara el día 2 de febrero de 2011, toma posesión de su nueva diócesis el día 2 de abril en la Catedral de Sigüenza.