Jornada Mundial de las Migraciones

Mons. Braulio Rodríguez       Estamos ante una nueva Jornada Mundial del emigrante y del refugiado, que llega en este mes de enero complejo y complicado para tantos hombres y mujeres que, migrantes en nuestro país, ven la dificultad de encontrar trabajo porque no hay y están alejados, a veces, tanto de su familia y como de su patria. La Jornada se presenta como Migraciones: peregrinación de fe y esperanza. ¿Qué puede esto significar? ¿Desea el Papa Benedicto XVI expresar un deseo inalcanzable? No. Desea que veamos en un panorama más amplio el simplismo que supone afirmar: “No hay trabajo para los extranjeros, pues no hay para los españoles”. Si es que es verdad que hay esperanza de una reactivación del mercado de trabajo, lo habrá para el que nació en España y para el que vino aquí buscando otros horizontes y posibilidades, llamados cuando parecía que todo era posible; y si no hay trabajo para el “extranjero”, tampoco lo habrá para el español o que nunca lo tuvo por ser joven o lo perdió en la crisis que afecta a todos.

En todos estos temas es preciso tener en cuenta siempre lo que parece es un camino que lleva a buen puerto: la persona humana es primer camino que se debe recorrer. Al menos esta es la afirmación que la doctrina social de la Iglesia indica a sus hijos: la persona humana es “el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión…, camino trazado por Cristo mismo” (Enc. Centesimus annus, 53, de Juan Pablo II. De modo que ahora mismo, aún teniendo en cuenta tantos condicionantes para los estados en la actual coyuntura mundial, no duda Benedicto XVI, al referirse a tantos millones de hombres y mujeres que, por diferentes motivos, viven la experiencia de la emigración, en afirmar que “toda la Iglesia, en todo su ser y obrar, cuando anuncia, celebra y actúa en la caridad, tiende a promover el desarrollo integral del hombre” (Caritas in veritate, 11). Y todo emigrante es una persona humana que, en cuanto tal, posee derechos fundamentales inalienables que han de ser respetados por todos y en cualquier situación.

¿Cómo se atreve el Santo Padre a decir estas cosas, cuando cada Estado tiene derecho a regular los flujos migratorios y adoptar medidas políticas dictadas por las exigencias generales del bien común? Porque siempre hay que garantizar el respeto a la dignidad de toda persona humana. Si el derecho de la persona a emigrar es uno de los derechos humanos fundamentales, como recuerda Gaudium et spes, 65, no puede ser que la única razón para no permitir emigrar a las personas sea la precariedad económica. No es verdad. “La Iglesia no deja de poner de manifiesto los aspectos positivos, las buenas posibilidades y los recursos que comportan las migraciones”, dice el Papa en su mensaje para este Jornada. Nos costará tal vez entenderlo, pero la homogeneidad étnica y cultural que dominaba en España hasta hace pocos años, ya no existe; se ha dado paso a una diversidad. ¿No puede esta diversidad ser aceptada como un signo positivo del camino de los pueblos hacia la fraternidad universal querida por Dios? Una cosa es regular los flujos migratorios y otra muy distinta es cerrar herméticamente las fronteras. “Los dramas del Estrecho reclaman más medidas orgánicas y multilaterales eficaces”, apuntan mis hermanos obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones.

¿Qué podemos aportar los católicos en este complejo mundo? Seguir trabajando en la defensa de los derechos de las personas migrantes, con una cultura hospitalaria. Hay que formar más y mejor a nuestras comunidades en este ámbito y trabajar juntos, en redes, para que los costes de la crisis no recaigan sobre los inmigrantes. Por otro lado, ¿nos preocupa saber que muchos migrantes son hijos de la Iglesia o miembros de otras comunidades o religiones con toda su dignidad? ¿Para cuándo tener más en cuenta que la dimensión religiosa de estos migrantes muchas veces es olvidada y es sentida con dolor pues muchos católicos de otros países están hoy formando parte con todo derecho de nuestras comunidades parroquiales en Toledo? Es un servicio de la fe que hay que aumentar entre nosotros.

+Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.