El porqué de un catecismo (I)

Mons. Juan José Omella       El día 2 de septiembre, publiqué en “Pueblo de Dios” la primera entrega de una serie de escritos sobre el Año de la Fe, convocado por el Papa Benedicto XVI, y que comenzaría el 11 de octubre de este año, para concluir el 24 de noviembre de 2013.

“Por qué y para qué un Año de la Fe”, preguntaba yo en ese número. Y, haciéndome eco de la convocatoria del Romano Pontífice, contestaba: “Esta iniciativa no es algo absolutamente novedoso y extraño. Está unida a una serie de iniciativas y esfuerzos que vienen ya de lejos, como son:

– celebrar con gozo el 50º aniversario del Concilio, que comenzó el 11 de octubre de 1962,

– el 20º aniversario de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica”.
Hoy quiero iniciar una serie de varios escritos precisamente sobre el Catecismo, el porqué de un Catecismo.

Como es sabido, con fecha 11 de octubre de 1992, el Papa Juan Pablo II firmó la Constitución Apostólica “Fidei Depositum” (El depósito de la fe), para la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, escrito en orden a la aplicación del Concilio Ecuménico Vaticano “. Ya se ve, de entrada, el porqué de este Catecismo: contribuir de forma “importantísima” a la obra de la renovación de la vida eclesial, deseada y promovida por el Concilio Vaticano II.

Curiosamente, en la conclusión del documento “Fidei Depositum, el Beato Juan Pablo II pedía a la Santísima Virgen que “sostenga con su poderosa intercesión el trabajo catequético de la Iglesia entera en todos sus niveles, en este tiempo en que la Iglesia es llamada a un nuevo esfuerzo de evangelización”. Esto mismo quiero pedir hoy a la Virgen, en su advocación de Valvanera, que ella nos dé fuerza y acierto a los fieles de La Rioja en la tarea de la nueva evangelización que en nuestra querida tierra hemos de hacer.

No cabe duda que el Concilio ha sostenido, animado y estimulado toda la vida de la Iglesia de estos últimos cincuenta años. Más aún, y hago mías lasa palabras del Papa Juan Pablo II, “el Vaticano II ha sido siempre el punto constante de referencia de toda mi acción pastoral, en un esfuerzo consciente por traducir sus directrices en aplicaciones concretas y fieles, en el seno de cada Iglesia y de toda la Iglesia”.

Difícilmente se puede expresar mejor la función y finalidad del Catecismo, tal y como lo hace el Papa: traducir la directrices del Concilio en aplicaciones concretas y fieles. Lo que quiere decir que “el Catecismo es una exposición de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica, atestiguadas o iluminadas por la Sagrada Escritura, la Tradición apostólica y el Magisterio eclesiástico”. Tan es así, que el mismo Papa dice del Catecismo que “es un instrumento válido y autorizado al servicio de la comunión eclesial y como norma segura para la enseñanza de la fe”. No es de extrañar que concluyera pidiéndonos tanto a los pastores de la Iglesia como a los fieles, que recibiéramos el Catecismo con espíritu de comunión y lo utilizáramos constantemente, al realizar la misión de anunciar la fe y llamar a la vida evangélica”.

Finalmente, quiero animar a todos a disponer en casa de algún ejemplar del Catecismo, a tenerlo al alcance de la mano, a repasarlo con asiduidad y a ponerlo en las manos de los hijos. Es un instrumento formidable para la nueva evangelización a la que somos llamados todos, los pastores y los fieles. Un medio estupendo para hacer apostolado, de forma sencilla pero muy eficaz, con los propios miembros de la familia. Precisamente es una novedad importante del Catecismo, con respecto a la catequética anterior, la vocación universal a la evangelización.

En los próximos escritos ofreceré un comentario de los contenidos del Catecismo que básicamente se articularían así: profesión de fe, los sacramentos de la fe, los mandamientos, y la oración del creyente. Termino hoy con lo que puede considerarse como el alma de toda la labor catequética de la Iglesia, que san Pablo expresó de forma concisa y categórica al afirmar que “por encima de todo, está el amor” . Hemos de saber lo que hay que creer, lo que hay que esperar y lo que hay que hacer, pero “todo acto de virtud verdaderamente cristiano no tiene otro origen que el Amor, ni otro término que el Amor” .

Con mi afecto y mi bendición,

+ Juan José Omella Omella 
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.