«Para el militar la muerte no es un tabú», sostiene el Arzobispo Castrense Juan del Río al recordar al sargento fallecido Fernández Ureña como «centinela de la paz”

El pasado domingo, 13 de enero, en el acuartelamiento «Sangenis» de Zaragoza, tenía lugar el Funeral de Estado por la muerte del sargento español del Ejecito de Tierra, David Fernández Ureña, acontecida el viernes día 11 enero en Afganistán al explosionar un artefacto.

Celebrado por el Arzobispo Castrense en nuestro país, monseñor Juan del Río, el acto religioso contó con la presencia del Príncipe de Asturias Don Felipe, que impuso a título póstumo a Fernández Ureña la Cruz al Mérito Militar con distintivo rojo.

Además del Príncipe de España, al funeral de este domingo también contó con la presencia del ministro de Defensa, Pedro Morenés; la presidenta del Gobierno de Aragón, Luisa Fernanda Rudi y el alcalde de Zaragoza, Juan Alberto Belloch, entre otros representantes del ámbito civil.

Del estamento militar entre los asistentes al funeral se encontraban el jefe de Estado Mayor de la Defensa, almirante general Fernando García Sánchez; el jefe de Estado Mayor del Ejército de Tierra, general de Ejército Jaime Domínguez Buj, y el comandante del Mando de Operaciones, almirante Teodoro López Calderón.

El sargento David Fernández, de 35 años, pertenecía al Regimiento de Pontoneros y Especialidades de Ingenieros número 12 de Zaragoza desde el año 2008 y fallecía al explosionar un artefacto explosivo improvisado (IED) cuando realizaba labores de reconocimiento en la ruta OPAL, entre las localidades de Qala-i-Naw y Darra-i-Bun, en Afganistán. Sus restos mortales descansan desde este lunes 14 en el cementerio municipal de San José de Granada capital, ciudad en la que ha residido, junto con sus padres.

Durante la homilía del Funeral de Estado celebrado el domingo en Zaragoza el Arzobispo monseñor Juan del Río aludió al sargento David Fernández como un centinela de la paz “para que otros tuviéramos seguridad, libertad y estabilidad en el mundo”. El Arzobispo Castrense, aludiendo también a la valentía y profesionalidad del “compañero al que damos cristiana sepultura” recordó como “para el militar, la muerte no es un tabú”.

Monseñor Juan del Río concluía su homilía añadiendo que “es humano llorar la partida de un militar, como es el caso del sargento David Fernández Ureña, pero sabemos que su vida no ha sido inútil. Los que trabajan por la paz, nunca mueren”.

Homilía del Arzobispo Castrense de España, monseñor Juan del Río Martín, en el funeral del Sargento del Ejército de Tierra, David Fernández Ureña, celebrado en Zaragoza el domingo 13 de enero de 2013

Rom 6, 3-9; Sal 22; Mt 5, 1-12a

La Liturgia de la Iglesia celebra hoy el Bautismo de Jesús. Aquel gesto en el rio Jordán, fue un anticipo de nuestra inmersión en la muerte y Resurrección de Cristo. Además, cuando en esta festividad las Fuerzas Armadas y Cuerpo de Seguridad del Estado español celebra la Jornada por la Paz, bajo el lema: Benditos los que construyen la paz, surge la muerte en Afganistán del sargento español del Ejecito de Tierra, David Fernández Ureña. Él era uno de nuestros soldados que como “centinela de la paz”, fue sorprendido por las garras de la guerra, para que otros tuviéramos seguridad, libertad y estabilidad en el mundo. El compañero al que damos cristiana sepultura, era un hombre leal, con un gran corazón y entregado a su vocación militar. No nos cansaremos de reconocer y agradecer la valentía, el servicio y la profesionalidad de nuestras Fuerzas Armadas. Por eso, queridos familiares, madre y hermanos, novia y demás amigos del sargento David Fernández de este Regimiento de Pontoneros y Especialidades de Ingenieros: ¡No estáis solos, compartimos vuestro dolor, os invito a confiar en las palabras de Jesús en el Sermón de la Montaña que se acaba de proclamar: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9).

La muerte ha llegado sin pedir permiso: “no sabemos ni el día ni la hora” (Lc 12, 35-40). De ahí, que no debamos vivir de espalda a ella. La fe en Dios nos ayuda a situarnos con realismo ante ese acontecimiento inexorable. El cristianismo no niega el dolor ni la muerte, sino que instruye a los hombres para pasar por esos trances como lo hizo Jesús. Por eso, san Pablo nos ha dicho en la primera lectura: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte” (Rom 6, 3). Ahora bien, es comprensible que estéis destrozados y que desde vuestro corazón gritéis, como Cristo en la Cruz: “Dios mío, Dios mío, porque me has abandonado” (Mt 25, 46).

Hay en nuestro interior un anhelo de inmortalidad. El hombre está hecho para la paz, para una vida humana plena y no para la locura y sin razón de los enemigos de la libertad, y el progreso de los pueblos. Benedicto XVI, en el Mensaje de la Jornada de la paz de este año, afirma sin rubor que: “Causan alarma los focos de tensión y contraposición provocados (entre otros)…por las diversas formas de terrorismo y delincuencia internacional, que representan un peligro para la paz los fundamentalismo y fanatismos que distorsionan la verdadera naturaleza de la religión, llamada a favorecer la comunión y la reconciliación entre los hombres”.

No debemos aceptar el pensamiento que manifiesta que el mal tenga más fuerza que el bien, que el término de la vida del hombre sea la desintegración y que todo acabe en la nada. La “imagen y semejanza” que llevamos impresa por el Creador es la base de la dignidad del hombre que reclama el bien, la inmortalidad el consuelo y la esperanza. Todo ello es más humano que la pura desesperación ante lo inexplicable del misterio de la muerte. Es más, no se debería olvidar que, para el militar, la muerte no es un tabú, sino que ha sido educado para asumir su propia entrega como precio que se paga por defender los derechos humanos entre las naciones, como elementos esenciales para la paz y libertad de su país.

Aunque sea muy difícil entender por qué tienen que morir nuestros soldados. ¡La realidad es la que es! Estamos viviendo la complejidad de la globalización, que nos obliga a jugarnos nuestra propia seguridad a muchos kilómetros de distancia. Por eso, en situaciones parecidas a las de estos momentos, nuestros militares no caen en el desanimo, sino que desafían al dolor por el amigo perdido y sacando fuerzas de sus valerosos corazones, cantan siempre con fuerza: La muerte no es final…

La familia castrense no olvida a los compañeros que dieron su vida por España: signos, silencio y toque de oración como el que estamos celebrando. Es humano llorar la partida de un militar, como es el caso del sargento David Fernández Ureña, pero sabemos que su vida no ha sido inútil. Los que trabajan por la paz, nunca mueren, la muerte no tiene domino sobre ellos, porque les precede Jesucristo “Príncipe de la Paz”, que por su muerte y Resurrección ha hecho posible que el amor sea más fuerte que muerte. Por eso, decimos: “Dejad que el grano muera y venga el tiempo oportuno: dará cien granos por uno la espiga de primavera. Mirad que es dulce la espera cuando los signos son ciertos; tened los ojos abiertos y el corazón consolado: si Cristo ha resucitado, también resucitarán los que fueron constructores de la pazentre los desdichados” (cf. LH, Tom IV, p.1672). 

† Juan del Río Martín,
Arzobispo Castrense de España

 

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