Los frutos amargos de la crisis moral

Mons. Francisco Pérez      No es extraño oír que estamos pasando por unos momentos de fuerte crisis de valores. Es alarmante observar que cada día se deterioran las relaciones y aumenta una aguda crisis moral en todos los aspectos y en todas las instituciones. De ahí que hemos de afirmar que la crisis moral en la actualidad amenaza peligrosamente a la humanidad, muchas veces a una humanidad que vive sin sentido, sin ningún proyecto de vida, abocados en la búsqueda del placer de lo inmediato y, para más, viviendo en un permanente relativismo e ignorando toda referencia a los transcendente y con gran indiferencia religiosa.

Veamos cuál es el estilo de vida que más predomina o las invitaciones y propuestas por parte de todos los medios que ofertan múltiples opciones. No olvidemos que la crisis social e incluso la económica vienen propiciadas por una profunda crisis moral. Se puede desenmascarar esta crisis describiendo aspectos que se ven y se palpan. Una sociedad que no fomenta la ley de Dios se ve orientada al fracaso. No puede haber un auténtico humanismo si fallan los cimientos que sustentan la dignidad humana.

Describamos los fenómenos que sostienen la crisis moral. Vivimos en una sociedad nihilista donde hay ausencia de virtudes o valores y cayendo en picado los verdaderos ideales; la vida ya no tiene sentido a no ser que se embadurne de lo inmediato y caduco como si fuera lo auténtico porque lo demás y de modo especial lo transcendente está pasado de moda. La conquista de la libertad se ha convertido en la espiral que lleva a la mayor esclavitud. Quien se sale de esta espiral se convierte en un hereje social.

La búsqueda de la verdad se ha convertido en un idealismo del pasado, ahora existe una prevención a lo verdadero puesto que es más importante lo opinable y todas las opiniones tienen el mismo valor. De ahí que haya crisis de la verdad. Hay una pérdida de confianza en la que se puede llegar a conocer la verdad. Es una época que viene caracterizada por el agnosticismo. Quien tiene un credo de fe se siente tachado de ignorante, de “pasado de moda” y de persona no agradable en definitiva. No hace mucho por el hecho de haber bendecido un local, en un pleno de ayuntamiento algunos concejales me consideraron persona “non grata”, puesto que socialmente el laicismo es lo que se lleva y lo que debe imperar.

El hombre de la postmodernidad es un hombre “light”, mediocre y sin dimensión espiritual. Se rinde culto al cuerpo, a lo meramente estético y se va en búsqueda de lo inconsistente. De ahí que haya tantas decepciones e incluso tantas deserciones en los matrimonios, en las vocaciones de distinto signo y se llegue a perder la identidad de lo que significa la dignidad humana. Se pierde la esencia y la consistencia. Importa lo superficial y se cae en el egocentrismo y la soledad es la compañera que viene como efecto de la ruptura de relaciones.

Ante este estilo de vida el hombre es unidimensional. Se mutilan las distintas dimensiones del género humano y sólo se queda con lo instintivo, con lo pasional y con lo que “apetece”. Pero lo grave es creer que ésta es la fórmula mejor para vivir en libertad. Es normal que venga la subversión de valores y los valores espirituales son una reminiscencia del pasado o de gente anormal. Las ideologías que sustentan este modo de pensar y de actuar se han convertido en una especie de narcotizantes que adormecen al pueblo: Si quieres ser feliz, se tu mismo; ante los demás actúa con lo políticamente correcto; todos somos iguales (el igualitarismo); nadie tiene la verdad; déjate llevar por tus impulsos y deseos…

Y todo esto lleva a la absolutización e idolatría de la tecnociencia, pensemos en la cantidad de tiempo y espacio que se dedica a los medios modernos de la informática. En muchos casos se han convertido en la única forma de relacionarse con los demás y lo virtual se hace tan habitual que se fomenta el vivir desde el ilusionismo y conlleva una creencia de lo irreal como la mejor clave crecer en personalidad.

La crisis, la tan cacareada crisis, tiene como referencia fundamental la crisis moral. No seamos ilusos y muchos ya lo afirman: si queremos una sociedad mejor busquemos un humanismo donde no falten los elementos esenciales que lo constituyen. Un humanismo sin Dios, es un humanismo inhumano, afirma el Papa Benedicto XVI.

+Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).