El Bautismo del Señor

Mons. Juan José Omella     Hoy los cristianos celebramos el Bautismo del Señor. Con esta fiesta concluye el tiempo litúrgico de la Navidad y comienza el llamado Tiempo ordinario.

Como bien sabemos, el Señor recibió el bautismo que Juan administraba en las orillas del río Jordán, un bautismo con agua que invitaba a la penitencia y a la conversión. Es muy sugerente la forma en que el evangelista san Mateo refiere este hecho singular en la vida del Señor: “Inmediatamente después de ser bautizado, Jesús salió del agua y he aquí que se abrieron los cielos y vio el espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz del cielo que decía: Este es mi hijo, el amado, en quien me he complacido” . 
De entrada observamos cómo el Señor, que no tenía ninguna mancha que purificar, se somete a un rito con el mismo buen ánimo y con la misma disposición con que se sometió a las distintas observaciones legales que obligaban a los judíos varones de su tiempo. Esta actitud de humildad y de sencillez del Señor nos invita a ser amorosamente cumplidores, de los mandamientos de la Ley de Dios y los de la Iglesia. Para ello es necesario que aprendamos a ser humildes y sencillos como el Señor.

San Agustín destaca el buen ejemplo del Señor en el momento de ser bautizado: “Jesús deseó recibir el bautismo de Juan para proclamar con su humildad lo que para nosotros era necesidad” .

El bautismo de Juan era una mera figura, una imagen, una preparación de lo que habría de ser en la economía de la salvación el sacramento del Bautismo, el primero y el que abre las puertas de los otros seis. Jesús lo instituyó directamente y mandó que lo recibieran todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y de todos los lugares. Diríamos que las últimas palabras del Señor, en la Ascensión, proponen una línea programática a la que la Iglesia habrá de someterse para siempre: “Me fue todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” .

En este Año de la Fe, el recuerdo entrañable de nuestro propio Bautismo nos debe servir de auténtico revulsivo que nos una al Señor. Nos inició en la vida cristiana, más aún, supuso un nuevo nacimiento para la vida sobrenatural, tal como Jesús preanunció en aquella sabrosa conversación que mantuvo con Nicodemo: “En verdad te digo que quien no naciera de arriba no podrá entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne, es carne; lo que nace del Espíritu, es espíritu” .

La Iglesia – con expresión realmente atrevida – nos dice que el resultado de esta nueva vida que se inició en nosotros por el bautismo es “cierta divinización” del hombre que nos permite conseguir frutos sobrenaturales.
Es el sacramento que nos hace hijos de Dios, que nos permite llamar gozosamente Padre a Dios, una paternidad y una filiación que muestran la dignidad tan alta a la que hemos sido vocacionados: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos realmente! Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos” .

Este Año de la Fe es un tiempo para, entre otras cosas, dar muchas gracias a Dios por el don de la fe que se nos dio en el Bautismo. No dejes de hacerlo.
Por este sacramento hemos entrado a formar parte de un pueblo, la Iglesia, que hace que todos seamos una verdadera familia, la familia de los hijos de Dios. En esta Iglesia de los bautizados, nadie es un cristiano aislado. Dios no nos quiere salvar aisladamente ni tampoco quiere que vayamos a Él aisladamente. Actuemos en consecuencia. Sintámonos unidos a los demás y preocupados por su suerte.

¡Que el Dios hecho Niño al que estos días atrás adorábamos en el portal de Belén sea nuestro Maestro – cariñoso y exigente – en este Año en el que hemos de fortalecer nuestra fe y ayudar a otros a que asimismo la fortalezcan! Y lo haremos con María, la gran maestra de la fe.
Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella 
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.