La fiesta del baustimo del Señor y el anuncio de la Jornada Mundial de las Migraciones

Mons. Manuel Ureña      El tiempo litúrgico de Navidad termina con la celebración del bautismo del Señor, una fiesta que tiene siempre lugar el domingo inmediatamente posterior al 6 de enero.

Como tan bien glosa el Martirologio Romano, en la fiesta del bautismo de Nuestro Señor Jesucristo en el río Jordán, éste es proclamado como lo que es, el Hijo amado de Dios; las aguas son santificadas; el hombre es purificado; y se alegra toda la tierra.

El bautismo de Juan en el Jordán era un bautismo de penitencia. Como tal, preparaba para recibir el verdadero bautismo, el de Espíritu Santo y fuego.

La inmersión en las aguas del río simboliza la muerte de aquel que se sumerge en ellas, y hace pensar en el diluvio, que destruye y aniquila.

En efecto, según el pensamiento antiguo – señala Ratzinger –, el océano representaba como la amenaza continua del cosmos, de la tierra; las aguas primordiales podían destruir toda vida. Ahora bien, el agua, y particularmente el agua que fluye, es también y fundamentalmente símbolo de vida. De este modo, los ríos son los dispensadores de vida. Por consiguiente, quien se sumerge en el agua, se purifica, vive una liberación de la suciedad del pasado que pesa sobre su vida y experimenta un nuevo comienzo, esto es, un comienzo de muerte y de resurrección. Se podría decir que, quien se ha sumergido en el agua, ha muerto a su vida anterior y ha nacido de nuevo.

Todo esto era explicable se diera en los hombres y en las mujeres que, procediendo de Judea y de Jerusalén, acudían al río Jordán para ser bautizados por Juan. Pero en aquel contexto sucede de pronto algo inusitado, algo totalmente nuevo. Sin que nadie pudiera esperarlo, se presenta Jesús pidiendo ser bautizado y mezclándose entre la multitud gris de los pecadores que aguardaban su turno a orillas del Jordán. ¿Podía acaso hacer esto Jesús? ¿Cómo podía él reconocer sus pecados? ¿Cómo iba a poder desprenderse de su vida anterior para entrar en otra vida nueva? ¿Es que podía Jesús poner fin a una vida anterior malgastada para recibir una nueva?

Realmente, sólo a partir de la cruz y de la resurrección, a las que apunta el bautismo, se comprende la voluntad de Cristo de ser bautizado por Juan en el río Jordán. Mediante este gesto, Jesús, el Hijo de Dios, manifiesta su solidaridad con los hombres, esa solidaridad ya acontecida en la encarnación. Mediante su libre sometimiento al bautismo de Juan, Jesús muestra haber cargado sobre sí la culpa de toda la humanidad con el fin de expiarla vicariamente en su persona divina. Para eso vino precisamente al mundo, para hacerse como nosotros, asumir nuestros pecados y destruirlos. De ahí que el descenso del Espíritu sobre Jesús con que termina la escena del bautismo signifique algo así como la investidura formal de su misión.

Dicho en síntesis, el bautismo de Cristo en el Jordán simboliza lo que ocurrirá después con su muerte y resurrección en Jerusalén. De este modo, el bautismo en el Jordán anticipa la Pascua.

Y la segunda parte de mi carta pastoral quiero dedicarla al anuncio de la Jornada mundial de las migraciones, que se celebra este año el ya próximo día 20 de enero, II domingo del Tiempo Ordinario.

En su Mensaje para la Jornada, el Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, nos recuerda, con la Gaudium et spes, que los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres, en este caso, de los emigrantes y refugiados, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo.

Llena del amor de Dios, la Iglesia es testigo de ese amor, compartiendo la causa de todos cuantos sufren y ven conculcados sus derechos fundamentales. Entre éstos se encuentran más de una vez los emigrantes y los refugiados.

El lema pensado por el Papa para la Jornada de este año es “Migraciones: peregrinación de fe y esperanza”. En efecto, fe y esperanza forman un binomio inseparable en el corazón de muchísimos emigrantes, pues en ellos anida el anhelo de una vida mejor, a lo que se une más de una vez el deseo de dejar atrás la “desesperación” de un futuro imposible de construir.

Mucho esperan los emigrantes y los refugiados de los países a los que se dirigen. Pero también ellos pueden contribuir al bienestar de estos países de acogida con sus habilidades profesionales, su patrimonio socio-cultural y también, a menudo, con su testimonio de fe, que estimula a las comunidades de antigua tradición cristiana, anima a encontrar a Cristo e invita a conocer la Iglesia.

El derecho a la emigración es, pues, un derecho fundamental de la persona y un hecho importante para la intercomunicación y el desarrollo de los pueblos. Sin embargo, en el actual contexto socio-político, antes incluso que el derecho a emigrar, hay que reafirmar el derecho a no emigrar, es decir, a tener las condiciones para permanecer en la propia tierra. En caso contrario, la emigración ya no es una peregrinación animada por la confianza, la fe y la esperanza, sino que se convierte en un “calvario” para la supervivencia.

Acordémonos de los migrantes que viven en nuestro suelo patrio. Abrámonos a ellos, mostrémosles nuestros corazones llenos de amor y aprendamos de ellos, pues nos pueden enseñar mucho.

† Manuel Ureña,

Arzobispo de Zaragoza

Mons. Manuel Ureña
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Manuel Ureña Pastor nació en Albaida (Valencia) el 4 de Marzo de 1945. Realizó sus estudios de Enseñanza Primaria en las Escuelas Nacionales de su pueblo natal. En Septiembre de 1959 ingresó en el Seminario Metropolitano de Moncada (Valencia), en donde cursó el Bachillerato Elemental y el Bachillerato Superior, y, posteriormente, el quinquenio de Estudios Eclesiásticos, obteniendo en junio de 1970 el título de Bachiller en Teología. Entre los años 1968 y 1973, cursó Estudios Superiores de Historia y de Geografía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Literaria de Valencia. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca con una tesina sobre “El tema de Dios en el joven Leibnitz”. El 14 de Julio de aquel mismo año, 1973, recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos del entonces Sr. Arzobispo Metropolitano, S.E. Rvdma., Mons. José María García Lahiguera. A partir de septiembre de aquel año ejerce el ministerio sacerdotal, como coadjutor, en la parroquia de Nuestra Señora del Olivar de Alacuás (Valencia) y, al mismo tiempo, imparte clases de Teología pastoral, de Teología Fundamental y de Teología de la fe en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia. En Septiembre de 1976 es enviado a Roma para cursar estudios superiores de Filosofía en la Pontificia Universidad de Santo Tomás. Allí obtendrá en abril de 1984 el grado de Doctor en Filosofía con una Tesis Doctoral sobre el pensamiento del filósofo neomarxista alemán Ernst Bloch titulada: “Ernst Bloch:una interpretación teleológica –inmanente de la realidad” que mereció la máxima calificación académica. En 1980, es nombrado Director del Colegio Mayor "San Juan de Ribera", de Burjasot (Valencia), y profesor de Metafísica y de Historia de la Filosofía Antigua en la Facultad de Teología de Valencia. Durante dos semestres impartiría también las asignaturas de Filosofía de la Religión y de Historia de la Filosofía medieval. En 1987 es nombrado miembro de la Blochsgesellschaft, en la entonces República Federal de Alemania. El 8 de Julio de 1988 el Papa Juan Pablo II lo nombró Obispo de la Diócesis de Ibiza, siendo consagrado el 11 de septiembre de aquel mismo año. Y, desde el 20 de abril de 1990, simultaneó su ministerio episcopal en Ibiza con el de Administrador Apostólico de la Diócesis de Menorca. En Julio de 1991, el Papa Juan Pablo II lo trasladó a la Diócesis, entonces recien creada, de Alcalá de Henares, nombrándolo, al mismo tiempo, Visitador Apostólico de los Seminarios Mayores de las provincias eclesiásticas de Andalucía y Administrador Apostólico de la Diócesis de Ibiza. En 1992, el entonces Presidente de la Conferencia Episcopal Española y Arzobispo de Zaragoza, S. E. Rvdma., Mons. Elías Yanes Álvarez, lo nombró Consiliario Nacional de la Adoración Nocturna Española, cargo que sigue ejerciendo en la actualidad. En Julio de 1998 es nombrado Obispo de la Diócesis de Cartagena, Administrador Apostólico de la diócesis de Alcalá de Henares y Gran Canciller de la Universidad Católica de Murcia.Promovido al Arzobispado de Zaragoza el 2 de abril de 2005, comenzó a ejercer aquí su ministerio de sucesión apostólica el 19 de junio del mismo año, al tiempo que era nombrado Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena y Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza.En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral Social, de Seminarios y Universidades, y del Comité Episcopal ‘Pro vita’. En la actualidad es miembro de la Comisión Episcopal de para la Doctrina de la Fe.Su investigación filosófica gira en torno al pensamiento marxista y al pensamiento postmoderno. En teología, ha trabajado bastante el pensamiento de los teólogos católicos Karl Rahner y Hans Urs von Balthasar; y, en teología protestante, ha familiarizado mucho con los teólogos protestantes Karl Barth y Dietrich Bonhoeffer. Sus trabajos científicos son ya más de 60. Y su principal publicación es el libro Ernst Bloch, ¿un futuro sin Dios? (BAC MAIOR (Madrid) 1986).Reconocimientos: Hijo Predilecto de Albaida, Medalla de Oro de la ciudad de Murcia, Defensor de Zaragoza 2008, Premio IACOM (Instituto Aragonés de Comunicación). Premio Fundación Carlos Sanz 2010. Caballero de Honor de Ntra. Sra. del Pilar. Encargos pastorales: Miembro de la Comisión de Enseñanza y Catequesis de la Conferencia Episcopal, trienios (1993-1996; 1996-1999; 1999-2002; 2002-2005; 20005-2008; 2008-2011). Miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (2011-2014). Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Doctor Honoris Causa por la Universidad Católica San Antonio de Murcia.