Hemos visto su estrella

Mons. Francisco Cerro      Aquel año no vinieron bien las  cosas. Las dificultades se iban acrecentando. Es más, alguien  dijo que todo era de pena y que si pusiéramos un circo “nos crecerían los enanos”.

Un grupo de hombres y mujeres llenos de sabiduría buscaban en la noche,
en el cielo una señal. ¿Callaría el cielo con lo que está cayendo? ¿Habría alguna respuesta por parte de Dios? Había tres que destacaban en la búsqueda. Se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar. Algunas mujeres, llamadas “las fuertes” también insistían en la búsqueda de soluciones, también los camellos estaban en aquellos días más nerviosos de lo normal.

Sentados en la arena del desierto, en aquella noche miles de estrellas brillaban en la oscuridad. Era una noche misteriosa. Junto al fuego se cocía un poco
de pan y hervía el té.

De pronto brilló una estrella diferente. Como una estrella luminosa nos
guiaba e indicaba el camino hacia donde encaminar los pasos. Una estrella que nos indicaba, como la fe, la profunda vocación de caminantes. Nos indicaba
que había que coger los bártulos y, sencillamente, encaminarse hacia la estrella.

Al ver la estrella se pusieron en camino. Todos deprisa se pusieron en camino.
Allí está. Es la señal. Nos indica hacia donde tenemos que encaminar nuestros pasos. Es la hora de saber que en la noche el Señor pone las señales
suficientes para no perderse.

Veían de lejos gente que se iba agregando a la caravana por el desierto. Eran cada vez más. Al frente los magos indicaban la estrella. Las mujeres no se quedaban atrás. El silencio, como lenguaje de amor, llevaban a que fuese más sabroso el compartir. La estrella reflejaba más luz conforme se iba acercando hacia Jerusalén. Concretamente a una aldea llamada Belén, una luz más intensa y a la vez, conforme las nubes la ocultaban, se dejaba traslucir que ya estaba cerca la meta.

El desierto dio lugar a la estepa, al camino que lleva a Belén. No había
desánimo ante el cansancio. El cielo nos da la respuesta para los que buscan de corazón una respuesta a la vida.

Al llegar a Belén, después de pasar por un Jerusalén que dormía porque era muy de noche, la estrella se puso como a danzar. Era como un baile. De pronto, en ese baile de la estrella apareció un texto de Sofonías, de la
Sagrada Escritura, un profeta que nos recordaba que  “Dios baila de alegría
por ti”. Es como si la estrella se pusiese a bailar de alegría sin parar hasta quedar rendida.

Había un portal pobre, muy pobre.

Una madre joven sostenía un bebé en brazos. Era un niño muy hermoso. A su
lado un padre joven, llamado José, mostraba a los que llegaban, cansados por
el desierto de la vida, a cobijarse del frío de la noche. Había una mula y un buey, como signo de que con su nacimiento se reconciliarían cielo y tierra
De pronto sonaron en el cielo voces de ángeles. Hablaban de que Dios no
nos deja nunca solos. Que ama a todos, especialmente a los que sufren en la
noche.

Se fueron pasando al Niño que María lo fue depositando, con mucho amor, en
los brazos de todos los que querían acogerlo, con brazos de ternura. Sólo la ternura de Dios salvará al mundo.

Después de un rato todos descubrieron y se alegraron del regalo de
Dios Padre al entregarnos a su propio Hijo que nace de María Virgen. Pero
ellos no quisieron marcharse sin regalarle al Niño oro, incienso y mirra. Un
paje de los Magos se adelanta a regalarle a su Madre una rosa de Alejandría. La habían traído por todo el desierto cuidando para que no se marchitara.

Cuando se la entregó vio que en manos de María la rosa tomó más vida y color y la colocó a los pies de su Niño que se llama Jesús (Yahvé Salva) y también Emmanuel (Dios con nosotros). Aunque olía a estiércol de animales, se estaba a gusto en aquel portal. El Niño fue depositado en el pesebre para ser contemplado, como en la Eucaristía.

Volvieron, pero no como llegaron. Sus vidas habían cambiado al contemplar a Jesús. La fe hace milagros. Jesús es el Camino de Vida Verdadera.

Volvieron contentos como unas castañuelas. Algunas mujeres bailaban de
alegría por el camino, ahora eran caminantes, peregrinos, pero no vagabundos que no saben a dónde van. Volvieron por otro lugar, pero con el
corazón lleno de esperanza. La estrella, como la fe, les había guiado a un
Amor llamado Jesús de Nazaret.

† Francisco Cerro Chaves,
Obispo de Coria-Cáceres

Mons. Francisco Cerro Chaves
Acerca de Mons. Francisco Cerro Chaves 144 Artículos
Nació el 18 de octubre de 1957 en Malpartida de Cáceres (Cáceres). Cursó los estudios de bachillerato y de filosofía en el Seminario de Cáceres, completándolos en el Seminario de Toledo. Fue ordenado sacerdote el 12 de julio de 1981 en Toledo, desempeñó diversos ministerios: Vicario Parroquial de "San Nicolás", Consiliario de Pastoral Juvenil, Colaborador de la Parroquia de "Santa Teresa" y Director de la Casa Diocesana de Ejercicios Espirituales. En la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma se licenció y doctoró en Teología Espiritual (1997), con la tesis: "La experiencia de Dios en el Beato Fray María Rafael Arnáiz Barón (1911-1938). Estudio teológico espiritual de su vida y escritos". Es doctorado en Teología de la Vida Consagrada en la Universidad Pontificia de Salamanca. Autor de más de ochenta publicaciones, escritas con simplicidad y dirigidas, sobre todo, a la formación espiritual de los jóvenes. Miembro fundador de la "Fraternidad Sacerdotal del Corazón de Cristo". Desde 1989 trabajó pastoralmente en Valladolid. Allí fue capellán del Santuario Nacional de la Gran Promesa y Director del Centro de Formación y Espiritualidad del "Sagrado Corazón de Jesús", Director diocesano del "Apostolado de la Oración", miembro del Consejo Presbiteral Diocesano; delegado Diocesano de Pastoral Juvenil y Profesor de Teología Espiritual del Estudio Teológico Agustiniano. El 2 de septiembre de 2007 fue ordenado Obispo de Coria-Cáceres en la ciudad de Coria. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, departamento de Pastoral de Juventud, y de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada.