«Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría»

Mons. Juan José Omella      Hoy celebramos la Epifanía, la manifestación del Señor a todo el mundo, representado por “unos magos de Oriente que se presentaron en Jerusalén, preguntando: ‘¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?” . El evangelista Mateo, con un lenguaje del mejor periodismo, nos narra cómo aquellos hombres extraños, “cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra” .

“¿Quiénes eran los magos? ¿Qué clase de hombres eran esos que Mateo describe como Magos venidos de Oriente?”, se pregunta el Papa Benedicto XVI en su precioso y reciente libro sobre “La infancia de Jesús”? “Son la muestra de que la sabiduría es una fuerza que pone a los hombres en camino, es la sabiduría que conduce en definitiva a Cristo. Representan el camino de las religiones hacia Cristo, así como la autosuperación de la ciencia con vistas a Él. Están en cierto modo siguiendo a Abraham, que se pone en marcha ante la llamada de Dios. En este sentido, estos hombres son predecesores de todos los que a lo largo de los tiempos han buscado y buscan la verdad” . 

Y continúa el Papa su lectura atenta y profunda de la narración de san Mateo: “La tradición de la Iglesia ha leído con toda naturalidad el relato de la Navidad sobre el trasfondo de Isaías, y de este modo llegaron al pesebre el buey la mula. Así también los Magos a la luz del Salmo 72, que hace que los hombres sabios venidos de Oriente aparezcan como reyes, con lo que también han entrado en el portal de Belén, de forma simpática y cariñosa, los camellos y los dromedarios”.Y añade el Papa algo muy significativo: “El rey de color aparece siempre, ya que en el reino de Jesucristo no hay distinción por la raza o el origen”. Y concluye el Romano Pontífice: El número de tres reyes se ha relacionado con las tres edades de la vida del hombre, la juventud, la edad madura y la vejez. También ésta es una idea razonable, que hace ver cómo las diferentes formas de vida humana encuentran su respectivo significado y unidad interior en la comunión con Jesús” .

Volviendo la título de mi escrito de hoy, “al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría”, me hago esta pregunta: ¿Por qué tanta alegría? Porque no dudaron nunca de la estrella. Sí es cierto que de forma provisional despareció de su vista, pero nunca desapareció de sus vidas. Nunca dudaron de la estrella; dejaron de contemplarla sensiblemente y por un tiempo, pero la conservaron siempre en el alma.

Es preciso que todos, vosotros y yo, de manera especial en este Año de la Fe, nunca perdamos la estrella que ilumina nuestro camino y es luz en nuestro sendero, que eso es la Fe, el don de Dios que da sentido a todo lo nuestro. Da sentido al trabajo y al descanso, a la salud y a la enfermedad, a la vida de familia y a las relaciones sociales. Y me atrevo a decir algo más: si no echamos del fondo de nuestro corazón la lucecita de la fe que recibimos en el Bautismo y animaron nuestros padres, si mantenemos el rescoldo de la esperanza en Jesucristo que es el único que nos salva, la estrella de la fe reaparecerá siempre. Y esta es la razón profunda de nuestra alegría que nunca nos faltará. 
Y esto lo afirmo en un tiempo tan difícil y tan duro como el que estamos viviendo. Esperar contra toda esperanza, en palabras del apóstol Pablo, no es otra cosa que la visión real de la presencia de Dios en nuestras vidas, aunque no sintamos nada, aunque no comprendamos nada. Dios rige los destinos de los pueblos y de los individuos.

La alegría cristiana no es la satisfacción de los instintos primarios. Nuestra alegría no es la propia de un animal irracional que busca no sufrir ni padecer. La alegría de los hijos de Dios nace y crece precisamente en esa convicción – que repito es un don de Dios – de que Él es nuestro Padre que siempre quiere lo mejor para cada uno de nosotros. Los Magos vieron la estrella y se llenaron de inmensa alegría. Ese es el camino de la felicidad en esta vida; no hay otro.
Os invito a que volvamos la mirada y el corazón al portalito de Belén. Contemplemos al Niño Dios, puesto en el regazo de Santa María bajo la atenta mirada de José. Supongamos que somos como un pastorcito que no se atreve a cruzar el umbral del recinto o como un sirviente de cualquiera de los tres Reyes Magos que han llegado a adorarlo. Hagamos lo mismo que ellos: postrémonos y adorémosle. Y ya que no poseemos ni oro, ni incienso ni mirra, le daremos lo que sí llevamos en el corazón: nuestro afecto y nuestros propósitos de ser cada día un poco mejores. Y el Niño, estoy seguro de ello, nos sonreirá.

¡Feliz Epifanía, feliz fiesta de Reyes!

Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella 
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.