La Epifanía del Señor

Mons. Esteban Escudero      La fiesta de los Reyes Magos. Según una tradición muy antigua, el 6 de Enero es el día en que los niños reciben regalos en sus casas, que la noche anterior han dejado junto a sus zapatos los “Reyes Magos”. Esta hermosa costumbre recuerda el pasaje del Evangelio en el que se nos dice que unos magos de Oriente vieron en el cielo la estrella del Señor, el Rey de los judíos, y se dirigieron hacia el lugar donde les indicaba la estrella para adorarlo. 

El texto de la Biblia, que da origen a esta costumbre, dice así: «Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo?”. Encontraron la casa, vieron al niño, con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra» (Mt 2, 1-12). 

La fiesta religiosa. Litúrgicamente, esta fiesta recibe el nombre de “Epifanía”, palabra griega que significa “manifestación”. El origen de esta fiesta se remonta a los primeros tiempos de la Iglesia y su celebración comenzó en Oriente para celebrar el nacimiento del Señor, su aparición en la carne. Cuando la fiesta de la Epifanía pasó a Occidente, cambió de significado, celebrándose la revelación de Jesús a los pueblos paganos, representados por los magos del Oriente, que vinieron a la ciudad de Belén, en Judea, a adorar al Redentor recién nacido. De este modo en Occidente se distinguieron pronto dos fiestas, estrechamente relacionadas: la fiesta de Navidad, en la que se celebraba el nacimiento de Cristo, y la fiesta de la Epifanía, en la que se celebraba la adoración de las naciones al Hijo de Dios encarnado. 

La adoración a Jesús, el Hijo de Dios. El gesto de los magos consistió en ponerse de rodillas ante niño Jesús, reconocido como el Rey de los judíos. Nosotros sabemos, tras la resurrección de Jesús de entre los muertos y su gloriosa ascensión a los cielos, que ese Rey de los judíos es el Hijo de Dios y que por lo tanto, los magos acertaron al ponerse de rodillas para adorarlo. 

En el Nuevo Testamento son muchos los ejemplos que tenemos de ponerse de rodillas ante Dios. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra la oración de rodillas de San Pedro (Hch 9, 40), de San Pablo (Hch 20, 36) y de toda la comunidad cristiana de la Iglesia primitiva (Hch 21, 5). Igualmente, San Esteban, el primer mártir cristiano, pide de rodillas a Jesús resucitado: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado» (Hch 7, 60). Pero, quizás, el texto más importante en el que nos indica la necesidad de practicar este gesto de respeto y sumisión al Señor resucitado, se encuentra en la carta de San Pablo a los Filipenses, cuando cita un antiguo himno a Jesucristo diciendo: «Cristo Jesús se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre sobre todo nombre, de modo que, al nombre de Jesús, toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre» (Fil 2, 8-11). 

La cultura moderna, sin embargo, marcada por la secularización, no comprende ya el gesto de arrodillarse. La postura del ser humano es la postura erguida, a diferencia de los animales. Por eso, hace bien el hombre en no arrodillarse en señal de humillación ante nada ni ante nadie de este mundo, ya que todos tenemos la misma dignidad. Sin embargo, todo esto es distinto ante Dios. La adoración, doblando las rodillas como gesto de sumisión, no disminuye la dignidad del hombre, sino que indica que reconoce a Dios como Señor del Universo, como Creador del mundo y del hombre y, sobre todo, como Aquel que ha enviado a su Hijo al mundo para salvarnos. Esa es la verdad, que el gesto expresa corporalmente. Luego, tras el gesto de la adoración, ya podremos permanecer en pie, como corresponde a nuestra dignidad de cristianos, por ser hijos de Dios en Jesucristo. 

Así pues, el gesto de ponerse de rodillas en señal de adoración es un gesto importante en la vida de la Iglesia. Hoy deberíamos recuperarlo, donde se haya perdido, sobre todo al pasar delante del sagrario en nuestras iglesias y, sobre todo, en el momento de la consagración en la misa. Cristo, el Hijo de Dios encarnado, se hace realmente presente en la Eucaristía y, por lo tanto, también en nuestro tiempo, deberíamos hacer como los magos que, al entrar en la casa, donde estaba Jesús, «cayendo de rodillas, lo adoraron».

+Esteban Escudero,

Obispo de Palencia

Mons. Esteban Escudero Torre
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Mons. Esteban Escudero Torres nació en Valencia, el 4 de febrero de 1946. Cursó los estudios primarios y el bachillerato superior en el Colegio de los PP. Agustinos, de Valencia. A la edad de 17 años entró en el Seminario Metropolitano, sito en Moncada, donde cursó tres años de Filosofía y tres de Teología. Tras el bachillerato en Teología, obtuvo, en 1970, la Licenciatura en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca. Con permiso del entonces Arzobispo de Valencia, don José María García Lahiguera, inició estudios de Filosofía en la Universidad literaria de Valencia obteniendo, en 1974, la Licenciatura en Filosofía pura. Durante el tiempo de sus estudios civiles, trabajó activamente en la Comisión Diocesana del Movimiento Junior, organizando frecuentes cursillos de formación religiosa y de técnicas de tiempo libre para los educadores de los distintos centros Juniors de la diócesis. Tras un año de diaconado en la Parroquia de San Martín, en la ciudad de Valencia, fue ordenado sacerdote el 12 de enero de 1975 y destinado, como coadjutor, a la Parroquia de la Asunción de Nuestra Señora, de Carlet. Durante cuatro años, simultaneó los trabajos pastorales de vicario parroquial con las clases de religión en el Instituto de Bachillerato de la localidad. Igualmente dirigió y animó espiritualmente el centro del Movimiento Junior de Carlet. Enviado a Roma en 1978 para ampliar estudios en la Pontificia Universidad Gregoriana por el Arzobispo don Miguel Roca Cabanellas, obtuvo el grado de Doctor en Filosofía de la Universidad con una tesis sobre el pensamiento filosófico de don Miguel de Unamuno. De regreso a la actividad pastoral de la diócesis, colaboró en la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y, posteriormente, en la Delegación Diocesana de Enseñanza y Educación Religiosa, donde desempeñó el cargo de Coordinador de la Enseñanza Religiosa Escolar y Director de la Escuela Diocesana de formación del profesorado de Enseñanza Religiosa Escolar. Igualmente, fue adscrito a la Parroquia de Nuestra Señora del Socorro, de Valencia, donde ha venido trabajando pastoralmente hasta su ordenación episcopal. Durante seis años fue profesor de Filosofía en el C.E.U. San Pablo de Moncada y, desde 1988, profesor, jefe de estudios y posteriormente director de la Escuela Diocesana de Pastoral. Al erigirse en 1994, por el Arzobispo don Agustín García-Gasco, el Instituto Diocesano de Ciencias Religiosas, fue nombrado Director, recorriendo regularmente las distintas sedes del mismo, e impartiendo clases de Fe-Cultura y Teología Dogmática. Desde 1982 impartió diversas asignaturas en la Facultad de Teología «San Vicente Ferrer», de Valencia, haciéndose cargo, como profesor agregado de dicha Facultad, desde el curso escolar 1988-1989 hasta su nombramiento episcopal, de las asignaturas de Historia de la Filosofía Antigua, Historia de la Filosofía Moderna y Filosofía y Fenomenología de la Religión. También fue profesor de Antropología Filosófica en la sede española del Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia, desde su erección en la diócesis de Valencia. Desde 1988 es miembro de la asociación «Viajes a Tierra Santa con los PP. Franciscanos», habiendo dirigido y animado espiritualmente en numerosas ocasiones peregrinaciones a los lugares santos del cristianismo. Ha participado en varias reuniones y simposios sobre el diálogo, cristianismo y judaísmo. En 1999, don Agustín García-Gasco, Arzobispo de Valencia, le nombró canónigo de la Santa Iglesia Catedral Metropolitana, donde desempeñó el cargo de Secretario Capitular. Es autor de varios artículos de Filosofía y Teología de las Religiones, publicados en los números de la Revista Anales Valentinos de los años 1983, 1989, 1990, 1991 y 1999. Igualmente publicó, en 1994, el audiolibro en seis volúmenes Contenidos básicos de la fe cristiana, Valencia 1994, y el libro Creer es razonable. Introducción a la Filosofía y a la Fenomenología de la Religión, Valencia 1997. El 17 de noviembre de 2000, fue nombrado, por Su Santidad el papa Juan Pablo II, Obispo Titular de Thala y Auxiliar de Valencia, recibiendo la consagración episcopal el 13 de enero de 2001.