“Ser sacerdote es una misión maravillosa”, confirma Monseñor Juan Antonio Martínez Camino, Obispo auxiliar de Madrid y Secretario de la Conferencia Episcopal Española

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Vuelve a casa siempre que sus obligaciones se lo permiten. En Marcenado (Siero) regresa a los orígenes de su infancia y vocación en Asturias. Su parroquia de Santa Cruz, sigue siendo para él todo un referente

¿Qué recuerdos tiene de la Navidad en su infancia, en Marcenado?

Lo primero que me viene a la cabeza es ir a coger ramas, musgo y piedras para hacer el belén, que poníamos en el portal de casa.  Al principio no teníamos figuras, sino que lo hacíamos con corchos y palillos. Recuerdo que tenía mucha naturaleza, mucho verde, muchos ríos con papel de plata, que sacábamos de las envolturas del queso tipo roquefort que hacía mi abuelo. Luego poco a poco fueron comprando mis padres el misterio, los reyes, y el belén iba creciendo. Era muy emocionante ir viendo cómo el belén cada vez tenía más figuras. También recuerdo la cena de Nochebuena en la cocina, con algún que otro disgusto porque no me gustaba el tomate y tenía que tomarlo a la fuerza, y teníamos de postre arroz con leche, mazapanes, y luego al día siguiente íbamos a la misa de Navidad. En aquel entonces no había costumbre de la misa del gallo.

¿Venían los Reyes Magos?

Por supuesto, y la noche antes dejábamos preparado un cajón de pienso para los caballos de los Reyes, que al día siguiente encontrábamos vacío. Había que irse pronto a dormir porque si no nos dormíamos los Reyes no venían. Siempre hubo Reyes para todos: era una mañana emocionante.

¿Ayudaba en los trabajos de la casa y del campo desde pequeño?

Sí, tanto en la casería que llevaba la familia de mi madre, donde tenían vacas, como en la fábrica de quesos fundada por mi abuelo paterno aquí en Marcenado. Ayudábamos desde bien pequeños. Primero allí, en la casería, atando la hierba, haciendo los tocaxios, los balagares, y la vara de hierba, que era ya lo supremo, porque tenía que aguantar todo un año. También cuidábamos las gallinas o  los conejos. Y aquí en la fábrica, veníamos todos los veranos un par de horas a hacer las cajas de madera para los envases del queso. Por cada caja nos daban una perrina. Sacábamos un dinerillo.

¿Qué hace un Obispo durante las vacaciones de Navidad?

En realidad los Obispos tienen mucho que hacer en Navidad. Yo como soy auxiliar tengo menos compromisos directos. La visita pastoral a las parroquias en Madrid se suspende. Hasta ahora, en  estos 5 años como Obispo he visitado ya 130 parroquias, de 500  que hay en Madrid. En Navidad el Obispo titular tiene mucha tarea: visita las cárceles, los hospitales, tiene otras actividades especiales, y nosotros ayudamos en lo que es posible. También dedico parte del tiempo libre a escribir. Además, siempre que vengo suelo ir con mis hermanos y amigos a la montaña a pasear, por aquí cerca, por Peñamayor, por las praderas.

¿Cómo ve, desde Madrid, la vida de la Iglesia en Asturias?

Directamente no la conozco mucho. Lo que sí veo con mucha satisfacción es que una parroquia tan pequeña como Marcenado nunca ha dejado de tener una vida muy bonita y muy activa. Tras mi ordenación episcopal vine aquí a tener una misa de acción de gracias y todo el pueblo y los de los pueblos vecinos estaban aquí, no se cabía ni en la Iglesia ni en el campo de la Iglesia. Y cuando me ordené de obispo en la catedral de la Almudena fueron tres autocares. Estas parroquias rurales como lo es ésta, son muy cercanas y viven muy unidas.

Además, estos días he estado en La Pola, y he celebrado la Navidad con las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, en la residencia Covadonga. Estas monjas las conozco desde pequeño, y puedo decir que, en parte, les debo la vocación a ellas. Tengo el recuerdo de que cuando yo era pequeño en Marcenado, venían dos monjas con un caballo y un carrillo y un par de ancianos acompañándolas, los más válidos, a pedir patatas y maíz y cosas del campo. Me llamaba mucho la atención su crucifijo grande y esto me ayudó a entender cómo la Iglesia y las personas consagradas están con los pobres y los necesitados. Con ellas comprendí cómo la Iglesia no está sólo en los templos, sino ayudando y acompañando, y en ellas eso era muy visible con su hábito y su crucifijo. Por eso estoy convencido de que la visibilidad de la consagración es una cosa muy importante.

Haga un retrato de un buen sacerdote.

Un buen sacerdote es sencillo, y a la vez muy comprometido. Es alguien que vive completamente para el Padre, como Jesús. Y desde ahí, en todo lo demás se notará que es sacerdote, que vive como Jesús. Un buen sacerdote es alguien enviado, como Jesús y por Jesús, para hacer presente su misión en el mundo. Luego se puede ser de muchas maneras, estar en una gran ciudad o en un pueblo, en una zona de minoría católica, o de misión. Pero ser otro Cristo es fundamental. Un sacerdote es sacramento del encuentro con Dios, por eso el nuestro no es un oficio como cualquier otro: es una misión maravillosa.

¿Qué ha cambiado en la Iglesia en estos 33 años que han pasado desde que se ordenó?

No es fácil de decir en una palabra. Cuando me ordené se estaba viviendo la renovación postconciliar de una manera muy entusiasta, y al mismo tiempo con una perspectiva todavía corta de tiempo. Ahora la perspectiva es mayor, estamos a 50 años del Concilio. Podemos dar gracias a Dios por lo mucho que significó y significa, y hacer al mismo tiempo balance de las cosas que se han ido haciendo, e integrar el Concilio en lo que había antes y lo que hubo después.

Y personalmente, ¿qué es lo que ha ido aprendiendo?

Lo que no sabía antes de ordenarme –lo sabía teóricamente, pero no en la práctica–, es que ser sacerdote o ser obispo es una misión de la Iglesia y para la Iglesia. No es una carrera que uno elige para sí o para desarrollarse, y te das cuenta de eso cuando ves que la gente espera de ti lo que el sacerdote les puede dar, y va a buscar al sacerdote y no a otro sitio. No esperan tus ideas, ocurrencias o cualidades, sino el perdón de Dios, la palabra de esperanza para afrontar la vida y la muerte.

¿Son los sacerdotes más paño de lágrimas que compañeros de alegrías?

Es posible, pero eso no es malo. La fe es un consuelo real, no un consuelo ilusorio. Somos paño de lágrimas ante la verdad de la propia vida, aunque ésta sea amarga o dura a veces. Delante de la verdad, las lágrimas, la mayoría de las veces son de liberación. A los sacerdotes se les suele hablar en verdad. Y en la verdad está la salvación.

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