Cardenal Rouco: “Aceptar la bendición de Dios es decisivo para poder recorrer el camino de la vida no como un camino de infortunio sino como un camino de felicidad”

En la solemnidad de Santa María, Madre de Dios y Jornada Mundial de la Paz, el pasado martes 1 de enero, el Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, presidió una Eucaristía en la Catedral de la Almudena. En su homilía, recordó que “ser felices el año que viene equivale a que el que perdió el trabajo que lo encuentre, que la familia que perdió la paz que la encuentre, que los niños que han sido maltratados vuelvan a ser queridos, que en España reinen sentimientos de fraternidad, unidad, concordia, justicia, de paz…, que Europa y el mundo vuelvan a encontrar mejores caminos de paz por los que ha transitado el año pasado”.

Para el Cardenal, “en el contraste con esas experiencias del año que acaba de terminar y queriendo superarlas nos deseamos un feliz año nuevo”, sin embargo, invitó a reflexionar sobre “las causas de la infelicidad y por aquello en qué consiste la felicidad y de dónde viene la felicidad”. A su juicio, algunas de estas causas “son permanentes, están en el origen mismo de la historia del hombre y de nuestra propia historia personal y se repiten y están vivas siempre, durante toda la vida”.

En este sentido, hizo referencia a “nuestra fragilidad física, la amenaza de la enfermedad, el horizonte de la muerte, el miedo a que el corazón se haga un corazón duro, donde no cabe la misericordia ni la bondad… También se podría completar este examen o esta consideración con que también hay en nosotros mismos y desde siempre unos impulsos y unos sentimientos y unas fuerzas que empujan y nos impulsan a querer superar la enfermedad, la muerte, la maldad…”

En cuanto a los propósitos para el año que comienza, el Cardenal se preguntó: “¿Podremos vencer la crisis en todos los aspectos en que ella se muestra? ¿Podremos conseguir que eso se note en nuestra vida personal y en nuestras familias, en la convivencia de todos, en el futuro de nuestra patria, nuestro pueblo?” Y respondió con otra pregunta: “¿cuál es de verdad la causa de los males del hombre de todos los tiempos y también del nuestro de una manera especialmente grave? Una realidad que se llama pecado y una comprensión del pecado como un no a Dios, una ofensa a Dios, una ruptura con Dios. Por ahí empieza el mal en la afirmación y sostenimiento de esa ruptura continúa, se desarrolla, y cuanto más se le niega más triunfa el mal sobre el bien”.

“Aceptar la bendición de Dios, dijo, es decisivo para poder recorrer el camino de la vida no como un camino de infortunio sino como un camino de felicidad”. En este sentido, afirmó que “el pecado que es el origen de toda la infelicidad es la negación de Dios, pero su consecuencia inmediata es la negación del hombre, de la dignidad. Las negaciones de la dignidad del hombre son tremendas, terribles…” y lamentó el reciente asesinato de una niña de 16 meses o que “no dejemos nacer a millones de hijos de los hombres que son hijos de Dios” porque “no reconocen de quién vienen y a dónde van, no se respetan”.

Finalmente, habló de que tanto dolor y tanta pobreza son “causas que tienen que ver con la conciencia moral, la negación de las obligaciones morales, sobre todo, relacionadas y vistas desde Dios”. Y concluyó pidiendo a la Virgen que “nos enseñe a reconocer en los pastores nuestro modo de ser misioneros de la bondad de Dios, de la gracia, de la verdad y del amor en este año que comienza”.

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