Paz, economía y familia

Mons. Braulio Rodríguez      Es casi un tópico, un lugar común afirmar que la familia está en crisis. Yo, sin embargo, no creo que sea así. La familia y el matrimonio que surgen de la Revelación de Dios no están en crisis, porque no dependen de definiciones o modas o campañas programadas por los que tienen poder para que estas realidades sean sentidas como distintas a como en la largísima tradición humana han sido vividas y se viven. El ser no se cambia; se puede adaptar a circunstancias, puede pasar por dificultades, pero está ahí.

La fiesta de la Sagrada familia es una celebración del ciclo litúrgico de Navidad-Epifanía que nos muestra la riqueza de esa familia tan singular, pero tan cercana a nosotros, que son Jesús, María y José. A ella le pedimos protección y valentía para vivir las virtudes que se aprenden en el hogar, las que no se olvidan porque han calado hondo. Esas virtudes son despreciadas muchas veces o, al menos, no apreciadas suficientemente. Lo cual trae sus consecuencias: «Quienes no aprecian suficientemente el valor de la vida humana y, en consecuencia, sostienen por ejemplo la liberalización del aborto, tal vez no se dan cuenta que, de este modo, proponen la búsqueda de una paz ilusoria. La huida de las responsabilidades, que envilece a la persona humana, y mucho más la muerte de un ser inerme e inocente, nunca podrá traer felicidad o paz». Sabias palabras del Papa Benedicto XVI en su mensaje para la Jornada de la Paz 2013.

Tampoco es justo codificar a escondidas, como si se pretendiera otra cosa, falsos derechos o supuestas libertades, que, basados en una visión reductiva y relativista del ser humano, con expresiones ambiguas, favorecen un pretendido derecho al aborto y la eutanasia, que amenazan el derecho, este sí, fundamental a la vida. «También la estructura natural del matrimonio debe ser reconocida y promovida como la unión de un hombre y una mujer, frente a los intentos de equipararla desde el punto de vista jurídico con formas radicalmente distintas de unión que, en realidad, dañan y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su papel insustituible en la sociedad». San también palabras lúcidas del Papa en ese mismo mensaje.

Yo entiendo que todo el universo relacionado con el matrimonio y la familia sea objeto de reflexión y que los gobiernos quieran influir en ambas instituciones, según sus ideologías. Pero, ¿con qué derecho? La familia es anterior incluso al Estado. Yo no pretendo decir que la legislación sobre este bien primordial de la sociedad que es la familia sea confesional, pero sí que se tenga en cuenta que se debe legislar sin olvidar la razón natural de las cosas, sin despreciar la estructura primordial de esa institución natural que es la familia, que no está a merced de lo que un parlamento decida por mayorías o minorías. ¿Qué bien ha reportado, por ejemplo, a la sociedad española el llamado «divorcio exprés»? Verdaderos dramas, odios y violencia machista; desasosiego en hijos y esposos que dejan de serlo; complicaciones económicas ingentes; derrota de cualquier esfuerzo por mantener una fidelidad, aunque sea difícil; conciencias alteradas. En fin, pocas consecuencias positivas.

Estamos ante principios que no son verdades de fe, ni una mera derivación a la libertad religiosa. Decimos que están inscritos en la misma naturaleza humana, se pueden conocer por la razón, y por tanto son comunes a toda la humanidad. ¿Por qué será tan difícil aceptar que cuanto los defienden los católicos no es porque tengan únicamente un carácter confesional, sino que se dirigen a todas las personas, prescindiendo de su afiliación religiosa? Cuando se niegan o no se comprenden estos principios, no se cae muchas veces en la cuenta que es una ofensa a la verdad de la persona y se pone en peligro la justicia y la paz.

Los matrimonios y familias católicas saben bien que, viviendo esta vocación a la vez humana y de fe de esposo y esposa, padre y madre, se contribuye también a la vida pacífica de los pueblos. Estamos, pues, a favor de elegir la libertad de testimoniar la propia religión, anunciar y comunicar su enseñanza, organizar actividades educativas, ser y actuar como organismos sociales. ¿Por qué hay que pensar que van a contribuir más a una sociedad más plural y justa aquellos que dicen no aceptar ningún principio ni ningún credo que los creyentes? Eso hay que probarlo. Vosotros podéis hacerlo con vuestra vida familiar, como esposas y esposos fieles, que os esforzáis en educar a vuestros hijos, sin que tenga que adoctrinarlos el gobierno de turno, eligiendo lo que creéis que es mejor para ellos. Dios os bendiga y os dé alegría y capacidad de lucha en el año nuevo, año del Señor 2013.

+Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
Acerca de Mons. Braulio Rodríguez 308 Artículos
Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.