“Ojalá escuchéis hoy su voz”

Mons. Eusebio Hernández Sola     Adviento es tiempo de esperanza. El tiempo del cristiano es siempre un tiempo de esperanza. Esa “esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,3).

Todo tiempo es bueno, lleva en sí mismo la capacidad de escuchar al Señor, nuestra esperanza. “Ojalá escuchéis hoy su voz” (Sal 94). Y en nuestro ‘hoy’, quiero invitaros, hermanos y hermanas, a escuchar la voz del Señor en el espíritu y clima cristiano de esperanza, que viene de Dios y en Él tiene su fundamento indestructible. Ayer, hoy y mañana, el Señor fue, es y será nuestra Esperanza. Cristo es “nuestra esperanza” (1 Tim 1,1).

1.-AYER, HOY, MAÑANA

Quienes llevamos un tiempo, más o menos largo, vivido, tendemos, casi instintivamente, a ensalzar el ayer, el pasado. Todo era, o nos parecía, mejor. Cualquier tiempo pasado fue mejor. Y lo aplicamos también al tiempo pasado de la fe, de la Iglesia. Pensamos que en otro tiempo la Iglesia tenía más ‘autoridad’, que era más escuchada, más respetada. Éramos un ‘pueblo católico’, nuestros templos se llenaban, ‘todo el mundo’ se bautizaba, se casaba por la Iglesia… Y como colofón, las actitudes condenables de algunos sacerdotes que nos han devuelto a la realidad de una Iglesia santa y pecadora. Santa por ser la esposa del Señor y madre de hijos realmente fieles; pecadora por la infidelidad o rutina de muchos de sus hijos y de sus estructuras, no siempre fieles reflejos del espíritu de Jesús.

Añorar el tiempo pasado no es de hoy. Siempre la persona humana ha exagerado la ‘bondad’ del tiempo que ya no existe. Ya San Agustín, en el siglo IV, decía: “Es verdad que encuentras hombres que protestan de los tiempos actuales y dicen que fueron mejores los de nuestros antepasados; pero esos mismos, si se les pudiera situar en los tiempos que añoran, también entonces protestarían. En realidad juzgas que esos tiempos pasados son buenos, porque no son los tuyos…. ¿Por qué, pues, has de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor que los actuales? […]. Tenemos más motivos para alegrarnos de vivir en este tiempo que para quejarnos de él”.

El hoy, nuestro hoy, por el contrario, tendemos a dramatizarlo, a detenernos solamente en lo negativo. También los jóvenes, que aún no tienen pasado, pueden contaminarse de este sentimiento, a pesar de su energía vital. Ciertamente el presente tiene no pocos aspectos negativos o cuando menos problemáticos. Y necesitamos ser conscientes de ellos para comprometernos en su solución, en lo que cada uno de nosotros puede aportar.

No podemos negar, por ejemplo, la crisis que estamos atravesando los países enriquecidos. Crisis, decimos, de valores. Y es cierto. Pero quedarnos en ese juicio es insuficiente. La crisis de valores tiene sus víctimas concretas en muchos de nuestros hermanos y hermanas. Crisis de valores significa que el dinero se ha colocado por encima de la persona humana. Esa crisis de valores hace que se salve el dinero y a quienes abusaron de él, y se condene a mayor pobreza, siempre injusta, a las personas que conservan su dignidad humana y su dignidad de hijos de Dios, muy por encima del dinero. Toda reforma que salve al dinero y olvide a las personas no sanará la crisis de valores, sino que la profundizará. Esto sí es negativo, se mire por donde se mire.

¿La Iglesia? ¿La fe? También juzgamos este tiempo como negativo. Desde esta percepción, corremos el grave riesgo nada cristiano de resaltar obsesivamente lo que interpretamos como el lado negro de la realidad. Perdemos la mirada del Padre siempre misericordiosa. Sólo desde esta mirada misericordiosa y realista podremos interpretar nuestro tiempo con posibilidades diferentes. Estamos en un tiempo nuevo, diferente. No es mi intención hacer una descripción de la realidad de nuestro tiempo actual. Todos lo observamos y hemos leído, probablemente, artículos sobre la realidad que nos rodea.

Sí considero más que oportuno, ofreceros este conocido mensaje de la Palabra de Dios, como criterio cristianamente esperanzado ante cualquier crisis o situación negativa que nos pueda rodear y afectar: “No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino en el desierto, corrientes en el yermo” (Is 43,18-19). Esta es la mirada de Dios. Esta debe ser nuestra mirada al hoy, iluminados por la mirada de Dios: ver los brotes de esperanza que nos rodean y decidirnos a colaborar en ellos para su profundización.

El hoy hunde sus raíces en el pasado, de él aprendemos, y nos proyecta al futuro para que sea mejor. Nuestro ayer cristiano más inmediato se llama Concilio Vaticano II, “la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX”, como lo ha descrito Benedicto XVI2 y cuyo 50 aniversario de su inauguración estamos celebrando. Nuestro ayer cristiano próximo es el Catecismo de la Iglesia Católica. Estamos celebrando su 20 aniversario.
En nuestro hoy estamos celebrando el Año de la fe que hemos comenzado siguiendo la iniciativa del Papa. Nuestro hoy es también el Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización. Nuestro hoy, por fin, es la declaración como Doctor de la Iglesia de San Juan de Ávila, presbítero diocesano español y Patrono del Clero Español, como lo declaró el Papa Pío XII, y que tiene mucho que decirnos a los laicos, religiosos y presbíteros de hoy.

Estos acontecimientos, todos ellos regalos del Padre a su Iglesia, nos convocan a todos los cristianos a una esperanza renovada. Sin embargo, estos hechos y celebraciones, por sí solos, no obran milagros. No son mágicos, pero tampoco son inútiles. Son ocasión, gracia del Padre, para renovar, agradecer y comprometer nuestra fe. Esta misión de la fe es de hoy y de siempre: ponerla al servicio de nuestras comunidades cristianas y de todos los hermanos y hermanas que quieran acoger el Mensaje Salvador que les ofrecemos con nuestras obras y palabras. Para que lleguen a disfrutar y vivir la alegría de creer y acoger a Jesús como nosotros la vivimos, en medio de nuestras debilidades.

2.-“MI VIDA DE AHORA, LA VIVO EN LA FE DEL HIJO DE DIOS”

San Pablo, en esta breve e intensa afirmación de Gal 2,20, nos presenta su vida como fundamentada totalmente en la fe en Jesús, Hijo de Dios. Una frase que nos ofrece su experiencia personal vivida en intensa relación con Jesús. Su vida ha encontrado sentido total en la relación personal, íntima, profunda con Jesús. Jesús es para él experiencia de vida.

Esta es la finalidad para la que Benedicto XVI nos ha convocado a todos, a toda la Iglesia, en este Año de la fe: “la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo… Una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor…”

Un año pasa, tiene un comienzo y un final determinado. La fe es lo permanente. Unir un año y la fe pretende invitarnos a dar profundidad y renovar nuestra fe personal y eclesial. Todos lo necesitamos. En ello nos va la sinceridad y la renovación de nuestra vida. Porque la fe no es algo estático, que se adquiere de una vez por todas y para siempre. La fe es viva y vida. Es un encuentro permanente con el Señor que nos llama a la conversión. Y esto es algo vivo, siempre nuevo. Estamos siempre en proceso de fe: avanzamos, retrocedemos, dudamos, crecemos… Lo peor que le puede suceder a nuestra vida de fe es que la creamos inmutable, invariable, perfecta, segura… Dios ya no sería para nosotros el Viviente que nos acompaña y renueva. Una fe segura corre el riesgo evidente del fundamentalismo que quiere imponer ‘su’ fe a los demás. Una fe vivida como segura se cierra a la conversión, a la renovación, al crecimiento.

La celebración de este Año, es la ocasión propicia para preguntarnos, ¿Cómo es nuestra fe? ¿Cómo la estamos viviendo? Creer por tradición familiar, cultural, ambiental, no supone haber pasado por el encuentro personal con Cristo. Hacer de la fe una costumbre la convierte en ineficaz y la cierra a la conversión permanente para un mejor seguimiento de Cristo en nuestra vida. Convertir la fe en pura profesión o conocimiento de verdades es reducirla en su capacidad de cambiar la vida, en su fuerza salvadora y transformadora. Una fe sin vida no es fe cristiana. La fe es, sobre todo, un modo de vivir. la fe que salva no es una mera creencia, sino una fuerza transformadora de la persona. No puede haber separación entre la fe que decimos profesar y la manera cómo vivimos cada día en la familia, en el trabajo, en la sociedad. la fe que no produce transformación de la propia persona, en realidad es una fe engañosa (cfr. Sant. 2,14). La fe no nos permite descansar en lo conocido o conseguido. Más que lugar de tranquilidad es camino de búsqueda y de vida. Si alguna de estas fuera nuestra situación personal ante la fe, estamos llamados hoy a transformarla en una opción libre y decidida por Cristo, el Señor.

Encuentro personal con Cristo

Aquí tiene su comienzo la verdadera fe. Dios sale a nuestro encuentro en el camino de la vida. Habita en nuestro interior más profundo, allí donde está lo que verdaderamente buscamos para vivir una vida con sentido. Y Jesús se acerca a nosotros y nos entrega su vida. En su Palabra, la Biblia, lo encontramos hablándonos y ofreciéndonos su amor liberador. Y desde esa experiencia vivida, Él da sentido a nuestras vidas. La presencia del Señor en lo más íntimo de nuestro ser, nos concede una mirada nueva ante todas las cosas, capacidad de lucha y de transformación: Él nos capacita para responder. La fe es la respuesta a este encuentro personal con Él. Creer en cristiano es, pues, amar y seguir a Jesús, conocerlo, confiar en Él. La fe es la actitud fundamental de confianza en Dios y de entrega sin condiciones a Él, de ponerse confiadamente en sus manos. En Él encontramos la razón más profunda que da sentido a nuestra vida. Y en Él descubrimos al Padre que lo ha enviado, nos lo ha regalado.

Nuestra confianza en el Padre, revelado por Jesús, es fruto de la acción del Espíritu Santo en nosotros. Esto es lo que nos ha sucedido de un modo real y profundo a cada uno de los que creemos en Jesús. Quizás no sabremos explicarlo, pero lo vivimos en nuestra vida transformada e iluminada por Jesús y su Palabra. Esta es la experiencia que vivimos cada uno de nosotros cuando nos sentimos acompañados por Jesús. Y diremos con San Pablo: “Es Cristo quien vive en mí. Ahora, en mi vida terrena, vivo creyendo en el Hijo de Dios que me amó y se entrego por mí. No quiero hacer estéril la gracia de Dios en mí” (Gal 2,20-21).

La alegría de la fe

Este encuentro con Cristo tiene una de sus primeras manifestaciones en la alegría que sentimos nacer y permanecer en nosotros. La alegría serena de quien se sabe amado, acompañado, salvado, perdonado. Una alegría misteriosa, pero no complicada, que permanece en nosotros en todos los momentos, claros u oscuros, de nuestra vida. En el gozo y en el dolor, en los momentos fáciles y en los más complicados de nuestra, cuando sonreímos y cuando lloramos, si nos aman o nos rechazan, en el éxito o en el fracaso… nadie nos podrá quitar nuestra alegría (cfr. Jn 16,23).

La fe, la confianza amorosa en Dios, nos dice Jesús, conduce a esa alegría por la que se vende todo para conseguir el tesoro y la perla preciosa que es el Evangelio, el Reino de Dios (cfr. Mt 13,44-46). Esto debe manifestarse claramente en nuestra vida: el Evangelio nos hace felices y nos lleva a comunicar a todos la alegría de creer. “Hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe”.

“¡Alegraos siempre en el Señor, os lo repito, alegraos!” Es la exhortación de San Pablo a los filipenses (4,4). La fe es alegría, no solo comunica alegría. Una fe alegre muestra sin palabras la alegría y el gozo de creer. El cristiano sabe disfrutar de la vida y gozar de la belleza de la creación y de todo lo que Dios creó y “vio que era bueno… muy bueno” (Gn 1,10.12.18.21.25.31). Y el Evangelio es buena noticia, ¡la Buena Noticia! (cfr. Lc 4,18-21). Su finalidad es comunicar y provocar alegría. “El Espíritu es el sí, del mismo modo que Cristo es también el sí. A esto corresponde el énfasis que pone Pablo en la alegría. El Espíritu,  podemos decir partiendo de ahí, es Espíritu de alegría, buena, nueva. Una de las ideas fundamentales del discernimiento de espíritus podría rezar: donde hay tristeza, donde muere el humor, allí no está ciertamente el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesucristo. Al revés, la alegría es una señal de gracia. Quien se alegra profunda y cordialmente, quien ha sufrido y no ha perdido la alegría, no está lejos del Dios del evangelio, del Espíritu de Dios, que es el espíritu de la alegría eterna”.

“Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús” (Fil 2,5)
Creer en Jesús tiene una trayectoria en nuestra vida: ir avanzando en el seguimiento de Cristo. Seguimiento que es un proceso de identificación con los ‘sentimientos’ de Cristo: confianza total en el Padre, tratar a los demás como hermanos, misericordia, bondad, acogida, perdón, entrega de la vida, identificación con los pobres… Y, por encima de todo, el amor que dio unidad a la vida de Cristo y debe darla a la nuestra (cfr. Col 3,14), “porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito” (Jn 3,16). Por eso la vida de fe y en fe se concreta en el Mandamiento Nuevo de Jesús para vivir como Él vivió:
“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros.” (Jn 13,34-35).

Podíamos aplicar a nuestra vida de fe lo que el Concilio Vaticano nos dijo de manera bellísima sobre Jesús: “El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre”.  Parafraseando al Concilio, podíamos decir: El cristiano, por el bautismo, ha sido unido a Jesús. El cristiano ha de trabajar como Jesús trabajó, pensar con la inteligencia de Jesús, obrar como Jesús obró y amar como Jesús amó. Es lo que estamos llamados a renovar en este Año de la Fe.
5 Joseph Ratzinger. EL DIOS DE LOS CRISTIANOS. Sígueme. Salamanca 2005, pág. 117. 6 Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo, Gaudium et Spes.

Para ello, necesitamos alimentar con mayor intensidad nuestra vida cristiana con la oración personal, con la lectura creyente y orante de la Palabra de Dios, con la celebración deseada y participada de la Eucaristía y con la vivencia de la Caridad. En nuestras reuniones y encuentros pastorales o de formación, estamos llamados a compartir fraternal y confiadamente nuestra fe, unidos a la Iglesia de cuya fe vivimos y con ella compartimos. Nuestra fe no es individualista, es eclesial y nos tiene que lanzar al encuentro con el hermano, especialmente, al más necesitado. Creemos y vivimos en la fe de la Iglesia.

3.-DISPUESTOS A DAR RAZÓN DE NUESTRA ESPERANZA (cfr. 1 Ped 3,15)
Nuestra fe nos lleva naturalmente a ofrecerla a todos. La alegría de la fe no es para guardarla, sino para compartirla “con delicadeza y respeto, teniendo buena conciencia, para que, cuando os calumnien, queden en ridículo los que atentan contra vuestra buena conducta en Cristo” (1 Ped 3,16).

La llamada a la evangelización no es nueva. Viene de Cristo: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28,19-20). San Pablo se lo tomó bien en serio y nos dejó dicho y escrito para siempre la urgencia de evangelizar, de llevar la Buena Noticia de Jesús a todos los pueblos. Lo sintió como urgencia del corazón, como una urgencia de agradecer lo que él había recibido y se dijo a sí mismo y a todos: “El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es mi paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde” (1 Cor 9,16-18). San Pablo nos ofrece la espiritualidad profunda de la evangelización: siente en su interior la necesidad de evangelizar como fruto de la entrega de Cristo por él y por todos, como si le quemara por dentro; no siente orgullo humano porque es algo que ha recibido; es un trabajo duro que ha de vencer su propio gusto; lo hace gratuitamente porque gratuitamente lo ha recibido; su paga, su gozo, es dar a conocer el Evangelio, colaborar con el Señor. Meditar personalmente este texto nos llevará a acoger toda su profundidad. La urgencia de llevar el Evangelio a todos es obra del Espíritu en nosotros y sólo en el Espíritu podemos comprometernos con ella.

Pablo VI expresó en el año 1975 con claridad insuperable la centralidad de la evangelización en la vida de la Iglesia y de cada cristiano. No podemos olvidar sus palabras:

“Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar” (EN. 14).7 Pablo VI se hace eco de la afirmación del Vaticano II: “La Iglesia entera es misionera, y la obra de la evangelización, un deber fundamental del pueblo de Dios”.8 Dicho en negativo: la Iglesia que no evangeliza no es la Iglesia de Jesús, cuya dicha, vocación, identidad y finalidad es precisamente evangelizar. La Iglesia no existe para sí misma, sino para el mundo, para llevarle lo que ella ha recibido.
La Conferencia Episcopal Española nos recordó en 1985:

“La hora actual de nuestras Iglesias tiene que ser una hora de evangelización”. Esta frase de los obispos españoles refleja la necesidad de la Iglesia de entrarse en lo que realmente es su misión de siempre. A partir de 1983, se comenzó a añadir al nombre y concepto evangelización el adjetivo ‘nueva’. Fue el año en que Juan Pablo II lo anunció en Puerto Príncipe (Haití). Esta propuesta del Beato Juan Pablo II, que se ha extendido por toda la Iglesia, nos ha ayudado a todos a centrarnos más en lo esencial: la evangelización, misión, gozo y finalidad de la Iglesia. Esta expresión debemos entenderla correctamente, llenarla de contenido, de vida, y no solamente repetirla como una frase más que decimos sin compromiso real en nuestra vida. Estamos en una época nueva de evangelización, en unos tiempos nuevos y distintos que nos están pidiendo un cambio no en el contenido de nuestra fe, sino en el modo de presentarla porque el tiempo, la cultura, la situación actual del mundo ha cambiado. Estamos en un tiempo nuevo para la evangelización. O, en frase de Benedicto XVI, ante la “necesidad de un nuevo tiempo misionero para todo el Pueblo de Dios”.

Querría en este momento recordar brevemente lo que este tiempo nuevo de evangelización nos está pidiendo. Son pinceladas que os invito a reflexionar, profundizar y ampliar en la oración, en la reflexión comunitaria, en la actividad pastoral que cada uno realizamos en y con la Iglesia por la gracia y la llamada del Padre.

Renovar nuestro compromiso evangelizador.

Este tiempo distinto en el que vivimos con sus grandes posibilidades y sus no menos evidentes dificultades, es un tiempo en que el Espíritu Santo nos recuerda que la fe la hemos recibido por pura gracia de Dios para comunicarla y transparentar a los demás con nuestra vida y nuestras palabras para dar razón y comunicar a los demás nuestra esperanza. Evangelizar no es la misión de unos pocos en la Iglesia: obispos, presbíteros, religiosos y laicos que trabajan en las comunidades cristianas. Evangelizar no es una ‘especialidad’ de algunos; evangelizar es misión de todo cristiano. Extender este mensaje a todos los cristianos ya sería un objetivo a trabajar y desarrollar. Que, poco a poco, todos los cristianos conscientes y agradecidos por el don de la fe, llegáramos a decir con San Pablo: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” Recordemos con el Concilio Vaticano II que evangelizar es misión de todo bautizado, que no es una opción como cualquier otra, ni una especialidad u obligación de unos cuantos.

Quien nos envía es el Señor. Profundizar en este mensaje es imprescindible hoy, lo fue ayer y lo será mañana. Sentirnos y sabernos enviados por el Señor, y en el Señor por la Iglesia, es la razón del corazón cristiano. Y las razones del corazón son las que más atraen y mejor fundamentan nuestras decisiones en la vida.

Nuestra actitud evangelizadora y misionera solo puede nacer en personas enamoradas de Cristo como Señor y Salvador, de un encuentro personal con Él, de una vida transformada por su presencia y su palabra, de confianza total en el Espíritu, de una persona que siente la Iglesia como la comunidad que cuida la fe recibida, la celebra, la comparte y la testimonia con su vida y estructuras. “La fe crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe como experiencia de gracia y gozo”.

Mirar al mundo con ojos serenamente positivos

El mundo es la obra de Dios. Y la obra de Dios no puede ser mala(“Y vio Dios que era bueno,”, dice el Génesis). Dios no hace ‘regalos malos’. Esta sola afirmación de fe nos lleva a mirar al mundo con los ojos de Dios. Si nuestras reflexiones sobre el mundo que nos rodea comenzaran por esta convicción, lo primero que resaltaría nuestra mirada será lo mucho bueno que nos rodea. El cristiano mira al mundo con simpatía, la simpatía de contemplar la obra de Dios. Mirar con los ojos de Dios para descubrir los signos de los tiempos. Así nos lo dijo Jesús: “Si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, pues ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que es justo?” (Lc 12,56-57) Los signos de los tiempos, como solemos decir hoy en lenguaje aceptado por la Iglesia.

Mirar el mundo con los ojos de Dios no impide que veamos lo negativo que nos rodea o que nosotros mismos hacemos. Más bien, lo vemos con nueva luz y, si cabe, con mayor profundidad. Y son precisamente los aspectos negativos los que nos urgen a anunciar la buena Noticia. La evangelización exige mirar y aceptar al mundo con simpatía crítica, con amor crítico. Solamente el amor salva y busca respuestas que salvan y las ofrece generosa y gratuitamente. ¿No es eso lo que quiere decirnos Jesús cuando le dice al Padre: “No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno”? (Jn 17,15) 

 Los cristianos ni huimos del mundo ni lo condenamos, porque en él actúa el Espíritu Santo, y buscamos la presencia del Espíritu en él. No solo en la Iglesia habita el Espíritu. De ahí que el pluralismo ideológico y religioso estemos llamados a interpretarlo como algo propio y natural en el ser humano, como campo de diálogo y de mutuo enriquecimiento, como situación normal precisamente para que la opción de fe sea libre. Esto nos pide con urgencia pasar de la confrontación al diálogo; de la voluntad de imponerse a la de ofrecer la Buena Noticia de Jesús; del intento pretencioso de ‘controlar’, a la postura evangélica de servir… Todo esto hemos de hacerlo ‘espíritu’ de nuestra relación normal con todos, de nuestras predicaciones y reflexiones. Hay cosas accidentales que están a merced de los cambios culturales, sociales y hasta económicos, pero 2000 años después, el mensaje de Jesús es invariable: Dios ama y libera a su pueblo.

Es necesario centrarnos en lo esencial, lo que no cambia.
Eso será siempre lo que nos una como cristianos: ser testigos
del amor de Dios a los hombres y mujeres de este mundo.

Ir a lo esencial de nuestra fe

Se ha dicho que la causa principal, entre otras, de nuestra falta de credibilidad en el mundo de hoy se atribuye a la falta de una evangelización en la que Cristo y su Palabra estén en el centro del anuncio. Ya nos lo dijo el Vaticano II refiriéndose a las causas del ateísmo: “En esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión”.

Ir a lo esencial consiste en centrarnos en Jesús y su mensaje. Ir a lo esencial también en lo que se refiere a las grandes preocupaciones humanas, a las grandes preguntas. Preguntas en gran parte distintas a las de otros tiempos y a las que no se les pueda dar la misma respuesta de siempre; no
12 Gaudium et spes, vayamos a estar respondiendo a preguntas que nadie nos hace ni se hace.

Estos dos textos de Pablo VI nos pueden ayudar a entender qué es eso de ir a lo esencial: “Evangelizar significa llevar la buena nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad… convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambientes concretos”. “No hay evangelización verdadera mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el Reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios” los cristianos, por tanto, no anunciamos una moral o una ética por muy perfectas que nos parezcan en contraposición con otras éticas o morales. El modo cristiano de vivir es consecuencia de un encuentro que ha transformado nuestras vidas y nos lanza a vivir sólo desde el Amor. Y es que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.

Ir a lo esencial supone, también, distinguir entre lo que es fundamental y central en la fe, de lo que es pasajero o fruto de una concepción particular o de un momento histórico. Esto tiene una consecuencia natural y central para nuestros pueblos llenos de buenas tradiciones populares religiosas. Las hemos de convertir, las comunidades parroquiales, en ocasión para ofrecer siempre algún aspecto esencial de nuestra fe, no siempre claro en esas tradiciones.
En definitiva, se trata de anunciar el amor del Padre manifestado en Jesucristo en la acción del Espíritu Santo en nosotros, para llevarnos a una vida plena, auténtica, en este mundo y a una vida eternamente feliz gozando de su presencia.

Anunciar la fe de la Iglesia y con la Iglesia

Me limito en este punto a ofreceros unos textos clarísimos de Pablo VI: “Enviada y evangelizada, la Iglesia misma envía a los evangelizadores. Ella pone en su boca la Palabra que salva, les explica el mensaje del que ella misma es depositaria, les da el mandato que ella misma ha recibido y les envía a predicar. A predicar no a sí mismo o sus ideas personales, sino un evangelio del que ni ellos ni ella son dueños y propietarios absolutos para disponer de él a su gusto, sino ministros para transmitirlo con suma fidelidad”.

Nuestra misión, como miembros de la Iglesia, es anunciar a Cristo tal como es acogido, entendido y predicado por la Iglesia. Porque la Iglesia no se crea a sí misma, sino que viene del Señor. Y es a Cristo, su Señor, a quien debe anunciar.

“Evangelizar no es para nadie un acto individual y aislado, sino profundamente eclesial… Esto supone que lo haga (el evangelizador) no por una misión que él se atribuye o por inspiración personal, sino en unión con la misión de la Iglesia y en su nombre. Si cada cual evangeliza en nombre de la Iglesia, que a su vez lo hace en virtud de un mandato del Señor, ningún evangelizador es el dueño absoluto de su acción evangelizadora, con un poder discrecional para cumplirla según los criterios y perspectivas individualistas, sino en comunión con la Iglesia y sus Pastores”.

Esto equivale a decir que se evangeliza desde la comunión. Comunión que pidió Cristo al Padre: “para que el mundo crea” (cfr. Jn 17). Comunión de escucha y propuesta de la Iglesia encarnada en personas, propuestas y medios compartidos.

La evangelización comienza hacia el interior de la Iglesia

Sería una de nuestras más graves equivocaciones pensar que la evangelización se reduce a ofrecer a los demás el mensaje del Evangelio para que lo acepten y lo vivan. La evangelización comienza en el interior de la Iglesia, cuando
Evangelii Nuntiandi,  Idem, ésta ya está establecida, como sucede en nuestra Diócesis de Tarazona. Para evangelizar, llevar el Evangelio, a los demás, debemos dejarnos evangelizar nosotros cada uno personalmente, nuestras comunidades parroquiales, toda la Diócesis. Desde la infidelidad o la escasa convicción creyente llevada a la vida, no es posible la evangelización. Caeríamos en lo que Jesús tan fuertemente criticó (Cfr. Mt 23).

La Iglesia no es solo evangelizadora, debe ser evangelizada. Porque la distancia entre lo que la Iglesia es y lo que debería ser siempre existirá. “En ella, la vida íntima -la vida de oración, la escucha de la Palabra y de las enseñanzas de los Apóstoles, la caridad fraterna vivida, el pan compartido-no tiene pleno sentido más que cuando se convierte en testimonio, provoca la admiración y la conversión, se hace predicación y anuncio de la Buena Nueva. Es así como la Iglesia recibe la misión de evangelizar y como la actividad de cada miembro constituye algo importante para el conjunto. Evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma. Comunidad de creyentes, comunidad de esperanza vivida y comunicada, comunidad de amor fraterno, tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor […]. En una palabra, esto quiere decir que la Iglesia siempre tiene necesidad de ser evangelizada, si quiere conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el Evangelio”.

El testimonio de vida, primer medio de evangelización. Así lo llama Pablo VI en Evangelii Nuntiandi. La persona humana siempre ha valorado más la autoridad que procede de un testigo que vive lo que dice. La calidad de un mensaje se mide por la calidad de vida de quien lo propone. Esto es especialmente válido para la evangelización, aunque siempre hay que contar con la acción libre del Espíritu. Porque en definitiva quien convierte es el Espíritu, no nosotros ni la Iglesia.

Evangelii nuntiandi, El testimonio prueba la fidelidad de lo que se anuncia. Porque el testimonio es presentar en la práctica lo que se anuncia en teoría. Cuando no se da ese testimonio de identidad cristiana, se está negando en la vida lo que se proclama con la palabra.

El testimonio se realizará por la acción y la palabra. Al hombre moderno, tocado de increencia y de pragmatismo, sólo le puede provocar el testimonio de unos creyentes que viven gozosa y responsablemente una fe para él “inútil” para esta vida.

Pero para que la acción sea evangelizadora, ha de ir acompañada del anuncio, de la palabra que explicite la razón profunda de por qué se actúa así. La palabra sólo es vehículo de evangelización cuando va acompañada de hechos que la hacen verdadera. Por ello, nuestra acción ha de ir acompañada de una confesión pública de la fe, que sea, desde los hechos, palabra crítica y servicio auténtico a la construcción de una sociedad justa y fraterna.

El verdadero testimonio brota de manera espontánea y sencilla de la experiencia de fe, del encuentro personal con Jesucristo, cuando es vivido con fidelidad y gozo verdaderos. De ahí que el testimonio personal de vida sea el medio evangelizador que absolutamente todos podemos ofrecer a nuestro mundo. Es el medio más adecuado para nuestros cristianos sencillos, pero profundamente creyentes, de los pueblos de nuestra Diócesis. Y, entre todos los testimonios, el  “En efecto, cuando según la opinión de muchos la fe católica ha dejado de ser patrimonio común de la sociedad, y se la ve a menudo como una semilla acechada y ofuscada por “divinidades” y por los señores de este mundo, será muy difícil que la fe llegue a los corazones mediante simples disquisiciones o moralismos, y menos aún a través de genéricas referencias a los valores cristianos. El llamamiento valiente a los principios en su integridad es esencial e indispensable; no obstante, el mero enunciado del mensaje no llega al fondo del corazón de la persona, no toca su libertad, no cambia la vida. Lo que fascina es sobre todo el encuentro con personas creyentes que, por su fe, atraen hacia la gracia de Cristo, dando testimonio de Él. Me vienen a la mente aquellas palabras del Papa Juan Pablo II: “La Iglesia tiene necesidad sobre todo de grandes corrientes, movimientos y testimonios de santidad entre los ‘fieles de Cristo’, porque de la santidad nace toda auténtica renovación de la Iglesia, todo enriquecimiento de la inteligencia de la fe y del seguimiento cristiano, una reactualización vital y fecunda del cristianismo en el encuentro con las necesidades de los hombres y una renovada forma de presencia en el corazón de la existencia humana y de la cultura de las naciones”. Alguno podría decir: “La Iglesia tiene necesidad de grandes corrientes, movimientos y testimonios de santidad…, pero no los hay”. (Benedicto XVI. Discurso a los Obispos Portugueses. Fátima, 13 mayo 2010. Zenit)
más válido, necesario e imprescindible es el testimonio de la caridad.

CONCLUSIÓN:

Y SIEMPRE LA ESPERANZA

Quiero terminar con lo que casi he comenzado. Se trata de algo que pertenece al ser interior y testimonial de cada uno de nosotros como cristianos. Pertenece, sí, a lo permanente, pero, además, creo que hoy debemos darle una centralidad importante tanto en nuestra actitud personal como en la vida eclesial para servicio del mundo que, ciertamente, sí la necesita: ESPERANZA.
Esperanza como actitud espiritual de cada uno de nosotros. Los cristianos somos siempre personas de esperanza porque estamos enraizados en Dios, y no nos sentimos aturdidos, desilusionados, cansados, ante la resistencia al Mensaje, los desprecios e incluso las derrotas concretas, con las que hemos de saber convivir cada día.

La actitud de esperanza cristiana nace y se afianza en el amor del Padre, en Cristo muerto y resucitado y en el Espíritu Santo. Se anima buscando lo que de positivo hay en toda situación social y religiosa, por tanto también en la actual. Hoy sigue actuando el Espíritu Santo en la Iglesia y en el mundo; sin olvidar lo negativo; pero siempre desde la fidelidad al Espíritu y desde el servicio gratuito a nuestros hermanos. Esperanza que no se cruza de brazos esperando todo del cielo ni se queda plantada mirando al cielo (cfr. Hch 1,11), sino que reflexiona y ora, planifica y trabaja, confía y se compromete. La esperanza, cuando existe en una persona, es así, se manifiesta así.

Esperanza para todas las personas también hoy. La crisis que atravesamos con tantas víctimas, el vacío que muchos hermanos nuestros experimentan en su vida, la ausencia de sentido en muchas vidas jóvenes y adultas, la situación de nuestros pueblos, la pobreza que sigue avanzando en el mundo… son situaciones a las que los cristianos estamos llamados a aportar esperanza. No la esperanza barata e inútil de palabras bellas, sino la esperanza hecha compromiso con todos los que sufren, justamente para que encuentren la fuerza y las oportunidades necesarias para combatir su injusta situación. De ahí que Iglesia evangelizadora equivale hoy a Iglesia esperanzada y que comunica esperanza. Esperanzada porque es una comunidad en la que habita la esperanza, don que el Espíritu Santo da a los hombres, a su pueblo. Una comunidad en la que habita Dios y de ella recibe la fortaleza. Que comunica la da y trabaja por ella. Porque esperar en cristiano es aguardar actuando. La esperanza es tarea activa.

Son, por tanto, momentos de recordar que la Iglesia de Jesucristo tiene en medio de la historia una tarea permanente, fruto de lo que es y de la misión recibida, la responsabilidad de la esperanza: despertar la esperanza, animarla, plantarla y darle crecimiento, convertirla en fuerza motriz de la historia hacia un futuro mejor que se vaya pareciendo al proyecto de Dios. Porque si la evangelización no comunica esperanza a la persona y al mundo, no es evangelización.

Despertaremos la esperanza de modo claro cuando acojamos nuestra misión evangelizadora con entusiasmo y alegría. El mundo podrá vivir con renovada sorpresa la alegría de encontrar testigos del Evangelio que, con la simplicidad y la credibilidad de la propia vida muestran la fuerza transformadora de la fe cristiana y colaboran a crear un mundo más justo y solidario, con el anuncio, la denuncia y también, en muchas ocasiones, la renuncia.

Por tanto, “sea ésta la mayor alegría de nuestras vidas entregadas. Y ojalá que el mundo actual – que busca a veces con angustia, a veces con esperanza – pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo, y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo”.19
19 PABLO VI, Evangelii nuntiandi, 80.

Ahora sí, termino, como comencé al principio, con este texto del profeta Isaías: “No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino en el desierto, corrientes en el yermo”

(43,18-19). Al que añado la frase que tantas veces nos sigue diciendo hoy el Señor: “No temáis” (Mt 14,27). Es la palabra del Señor que sostiene nuestra fe y nuestra misión evangelizadora y testimonial, y que comunica fuerza y entusiasmo.

Con mi afecto y bendición,

+ Eusebio Hernández Sola, OAR
Obispo de Tarazona

Mons. Eusebio Hernández Sola
Acerca de Mons. Eusebio Hernández Sola 203 Articles
Nació en Cárcar (Navarra) el 29 de julio de 1944. Sus padres, Ignacio (+ 1973) y Áurea. Es el mayor de cuatro hermanos. Ingresó en el seminario menor de la Orden de los Padres Agustinos Recoletos, en Lodosa, el 12 de septiembre de 1955. En 1958 pasó al colegio de Fuenterrabía donde completó los cursos de humanidades y los estudios filosóficos. A continuación (1963-1964) ingresó en el noviciado del convento de la orden en Monteagudo (Navarra), donde hizo la primera profesión el 30 de agosto de 1964, pasando posteriormente a Marcilla donde cursó los estudios teológicos (1964-68). Aquí hizo la profesión solemne (1967); fue ordenado diácono (1967) y presbítero el 7 de julio de 1968. Su primer oficio pastoral fue el de asistente en la Parroquia de "Santa Rita" de Madrid, comenzando al mismo tiempo sus estudios de Derecho Canónico en la Universidad de "Comillas", de la Compañía de Jesús. Al curso siguiente (1969) fue traslado a la residencia universitaria "Augustinus", que la orden tiene en aquella ciudad. Se le confió la misión de director espiritual de sus 160 universitarios, continuó sus estudios de derecho canónico, que concluyó con el doctorado en 1971, e inició los de Derecho en la universidad complutense de Madrid (1969-1974). Durante el curso 1974-75 hizo prácticas jurídicas en la universidad y en los tribunales de Madrid. El 3 de noviembre de 1975 inició su trabajo en la Congregación para los Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica. Desde 1976 fue el director del departamento de la formación y animación de la vida religiosa, siendo el responsable de la elaboración y publicación de los documentos de la Congregación; además dirige una escuela bienal de teología y derecho de la vida consagrada. Desde 1995 es "capo ufficio" del mismo Dicasterio. Por razones de trabajo los Superiores de la Congregación le han confiado multitud de misiones en numerosos países del mundo. Ha participado en variados congresos de vida consagrada, de obispos y de pastoral vocacional. Durante este tiempo ha ejercido de asistente en el servicio pastoral de la orden en Roma. El día 29 de enero de 2011 fue publicado su nombramiento como Obispo de Tarazona y fue ordenado el 19 de marzo, fiesta de San José, en la Iglesia de Ntra. Sra. de Veruela.