La alegría de la fe: JESUCRISTO (3)

Mons. Braulio Rodríguez      Lo que significó para los primeros cristianos la persona de Jesucristo, y la huella profunda que dejó en la comunidad que nacía, lo podemos comprender mejor si consideramos cómo el don inestimable que es Cristo se narra admirablemente en un célebre himno contenido en la carta a los cristianos de Filipos (Flp 2,6-11).

El Apóstol recorre, de un modo tan esencial como eficaz, todo el misterio de la salvación aludiendo a la soberbia de Adán que, aunque no era Dios, quería ser como Dios. Y a esta soberbia del primer hombre, que todos sentimos un poco en nuestro ser, contrapone san Pablo la humildad del verdadero Hijo de Dios que, al hacerse ser humano, no dudó en tomar sobre sí todas las debilidades del ser humano, excepto el pecado, y llegó hasta las profundidades de la muerte. A este abajamiento hasta lo más profundo de la pasión y de la muerte sigue su exaltación, la verdadera gloria, la gloria del amor que llegó hasta el extremo.

El himno acaba justamente con la glorificación de Jesús. Es justo –como dice san Pablo- que “al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra y en el abismo, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor! (Flp 2,10-11). Tiene en cuenta el Apóstol en estas palabras suyas una profecía de Isaías donde Dios dice: “Yo soy el Señor, que toda rodilla se doble ante mí en los cielos y la tierra (cf. Is 45,23). Vendría, pues, a decir san Pablo: esto vale para Jesucristo. Él, en su humildad, en la verdadera grandeza de su amor, es realmente el Señor del mundo y ante él toda rodilla se dobla realmente.

¡Es maravilloso y, a la vez, sorprendente este misterio! Nunca podremos meditar suficientemente esta realidad. Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, no quiso utilizar su naturaleza divina, su dignidad gloriosa y su poder como instrumento de triunfo y signo de distancia con respecto a nosotros. Todo lo contrario, “se despojó de sí mismo”, asumiendo la miserable y débil condición humana. Hay que señalar que san Pablo usa aquí un verbo griego muy rico de significado para indicar el abajamiento de Jesús. La forma divina se ocultó en Cristo bajo la forma humana, es decir, bajo nuestra realidad humana marcada por el sufrimiento, por la pobreza, por nuestros límites humanos y por la muerte.

Este compartir Jesús de forma radical y verdadera nuestra naturaleza, en todo menos en el pecado, lo condujo hasta la frontera que es el signo de nuestra finitud: la muerte. Y todo esto no fue fruto de un mecanismo oscuro o de una fatalidad ciega: fue, más bien, una libre elección suya, por generosa adhesión al plan de salvación del Padre. La muerte a la que se encaminó –añade san Pablo- fue la muerte en cruz, la más humillante y degradante que se podía imaginar. Todo esto el Señor del universo lo hizo por amor a nosotros: por amor quiso “despojarse de sí mismo” y hacerse hermano nuestro.

También ofrece san Pablo otro de los testimonios más antiguos acerca del amor de Jesucristo. Es un texto que justamente se lee en la llamada “Misa en la Cena del Señor” del Jueves Santo, y que narra lo que sucedió en el Cenáculo la víspera de su pasión. Estamos al inicio de los años 50; el Apóstol, basándose en lo que había recibido del entorno del Señor mismo, afirma: “El Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía” (1 Cor 11,23-25).

Estas palabras, llenas de misterio, manifiestan con claridad la voluntad de Cristo: bajo las especies del pan y del vino Él se hace presente con su cuerpo entregado y con su sangre derramada. Es el sacrificio de la alianza nueva y definitiva, ofrecida a todos, sin distinción de raza y cultura. ¿Tendremos toda esta realidad de entrega de Jesús por mí cada vez que celebra la Eucaristía, sobre todo los domingos y, de modo especial, cada Jueves Santo?

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.