El Misterio de la Navidad alienta nuestra fe

Mons. Luis Quinteiro     Queridos hermanos y hermanas:

Es una verdadera alegría para mí, el poder dirigirme a vosotros restando pocas jornadas para la celebración de la gran fiesta de la Natividad del Señor.

El saludo que recorre en estos días los labios de todos es: ¡Feliz Navidad!

Os invito hermanos a estar vigilantes, para que este saludo no pierda su profundo valor religioso y la fiesta no sea absorbida por los aspectos exteriores que tan sólo tocan  las  fibras  del  corazón.  Efectivamente,  los  signos  externos  son  hermosos  e importantes siempre que no nos distraigan de lo importante, sino que nos ayuden a vivir la Navidad en su verdadero sentido sagrado y cristiano. Sólo así, lograremos que tampoco nuestra alegría sea superficial sino profunda.

Con la liturgia navideña la Iglesia nos introduce en el gran Misterio de la
Encarnación. La Navidad no es un simple aniversario del nacimiento de Jesús.

Es celebrar un Misterio que ha marcado y continua marcando la historia del hombre:
Dios mismo ha venido a habitar en medio de nosotros (cfr. Jn. 1,14) y se ha hecho uno de nosotros. Es este un Misterio que conmueve nuestra existencia desde la fe y que vivimos concretamente en las celebraciones litúrgicas particularmente en la Misa.

Cualquiera podría preguntarse: ¿cómo es posible vivir este suceso tan
lejano en el tiempo?, ¿Cómo puedo participar fructuosamente en el nacimiento del Hijo de Dios? En la Misa de la Noche de Navidad repetiremos como estribillo de respuesta  al  salmo  responsorial  estas  palabras:  Hoy  ha  nacido  para  nosotros  el Salvador. Este hoy, está referido al hecho del nacimiento de Jesús y a la salvación que la Encarnación del Hijo  de Dios viene a traer. En la Liturgia, la venida del Señor sobrepasa los límites espaciotemporales y se vuelve actual. Su efecto perdura en el transcurrir de los siglos, indicando que Jesús nace hoy. La Liturgia no usa una frase sin
sentido, sino que subraya que esta Navidad incide y envuelve toda la historia.

A nosotros, los creyentes, la celebración de la Navidad renueva la certeza de que Dios está realmente presente con nosotros todavía  carne  y no sólo lejano. Aún estando con el Padre está cerca de nosotros. Dios, en aquel Niño nacido en Belén, se ha acercado al hombre: nosotros lo podemos encontrar en un hoy que no tiene ocaso.

Me gustaría insistir sobre este punto porque al hombre contemporáneo,
hombre de lo experimentable empíricamente, se le hace cada vez más difícil abrir el horizonte  y  entrar  en  el  mundo  de  Dios.  La  Redención  de  la  humanidad  es  un momento preciso e identificable de la historia. Jesús es el Hijo de Dios, es Dios mismo que se ha hecho hombre y permanece hombre. El Eterno ha entrado en los límites deltiempo y del espacio para hacer posible el encuentro con Él. Los textos litúrgicos de este tiempo nos ayudan a entender que los eventos de la salvación realizados por Cristo son siempre actuales: Interesan a cada hombre y a todos los hombres. Cuando escuchamos o pronunciamos en las celebraciones litúrgicas este hoy ha nacido para
nosotros  el  Salvador,  no  estamos  utilizando  una  expresión  vacía,  sino  que, entendemos  que  Dios  nos  ofrece  hoy,  ahora,  a  mí,  a  cada  uno  de  nosotros,  la posibilidad de reconocerlo y de acogerlo.

La Navidad por tanto, mientras conmemora el nacimiento de Jesús en la
carne, es un evento eficaz para nosotros. El papa san León Magno, presentando el sentido profundo de la Fiesta de Navidad, invitaba a sus fieles con estas palabras:
Exultemos en el Señor, queridos míos, y abramos nuestros corazón a la alegría más pura, porque ha despuntado el día que para nosotros significa la nueva redención, la antigua preparación, la felicidad eterna. Se renueva en realidad para nosotros, en el ciclo anual que transcurre, el alto Misterio de nuestra salvación, que, prometido al inicio y otorgado al final de los tiempos, está destinado a durar para siempre (Sermón 22, In Nativitate Domini, 2,1: PL 54,193).

El Evento de Belén debe ser considerado a la luz del Misterio Pascual.

Uno  y  otro  son  parte  de  la única obra redentora de  Cristo.  La Encarnación  y  el nacimiento de Jesús nos invitan a dirigir la mirada sobre su muerte y su resurrección:
Navidad y Pascua son fiestas de la redención. La Pascua se celebra como victoria sobre el pecado y sobre la muerte: marca el momento final cuando la gloria del Hombre-Dios resplandece como la luz del día. La Navidad se celebra como el entrar de Dios en la historia haciéndose hombre para restituir el hombre a Dios: marca, por así decirlo, el momento inicial cuando se deja entrever el clarear de la salvación. Pero así como el alba precede y hace ya presagiar la luz del día, así la Navidad anuncia ya la Cruz y la gloria de la Resurrección.

En Navidad encontramos la ternura y el amor de Dios que se inclina
sobre nuestros límites, sobre nuestras debilidades, sobre nuestros pecados y se abaja hasta nosotros. San Pablo afirma que  Jesucristo siendo de condición divina […] se despojó  de  sí  mismo,  tomando  la  condición  de  esclavo,  hecho  semejante  a  los hombres (Fil. 2,6-7). Miremos a la gruta de Belén: Dios se abaja hasta ser acostado en un pesebre, preludio del abajamiento en la hora de su Pasión. El culmen de la historia del amor entre Dios y el hombre pasa a través del pesebre de Belén y del sepulcro de Jerusalén.

Con la Virgen Madre y San José, vivamos con alegría la Navidad. Vivamos
este acontecimiento maravilloso: el Hijo de Dios nace hoy. Dios está verdaderamente cercano a cada uno de nosotros y quiere encontrarnos, quiere llevarnos a Él. Vivamos la Navidad del Señor contemplando el camino del inmenso amor de Dios que nos ha elevado  hacia  Sí  a  través  del  Misterio  de  la  Encarnación,  Pasión,  Muerte  yResurrección de su Hijo, porque como afirma san Agustín  en Cristo la divinidad del Unigénito  se  ha  hecho  partícipe  de  nuestra  mortalidad,  a  fin  de  que  podamos participar  de  su  inmortalidad (Epístola  187,6,20).  Sobre  todo  contemplemos  y vivamos este Misterio en la celebración de la Eucaristía, centro de la Santa Navidad.

Allí se hace presente Jesús de modo real, verdadero Pan bajado del cielo, verdadero Cordero sacrificado por nuestra salvación.

Queridos diocesanos, Os deseo a todos vosotros y a vuestras familias, la
celebración  de  una  Navidad  verdaderamente  cristiana de  modo  que  también  los intercambios  de  saludos  y  de  presentes  a  lo  largo  de  estos  Días  Santos,  sean expresión del gozo de saber que Dios está cerca de nosotros y quiere recorrer con nosotros el camino de la vida.

Vuestro, afmo. en Jesucristo,

† Luis Quinteiro Fiuza
Obispo de Tui-Vigo

Mons. Luis Quinteiro
Acerca de Mons. Luis Quinteiro 48 Artículos
Don Luis Quinteiro Fiuza, nace en Sabrexo (Vila de Cruces-Pontevedra) en el año 1947. Ingresa en el Seminario Menor de Belvís de Santiago de Compostela en 1958. Unos años después, en 1966, siendo seminarista mayor, comienza sus estudios teológicos en la Pontificia Universidad de Comillas (Santander) y, trasladada esta universidad a Madrid, obtiene el grado de Licenciado en Teología y realiza los cursos de doctorado. En Junio de 1971 es ordenado presbítero en Madrid, en la Iglesia de I.C.A.I. de los Padres Jesuitas. En 1978 va a Roma para ampliar estudios en la Pontificia Universidad Gregoriana. Durante esta estancia en la Ciudad Eterna, se especializa en Filosofía Contemporánea y realiza varios cursos y seminarios sobre el estudio y pensamiento de Karl Marx En 1981 asiste en Alemania a unos cursos da Hochschule für Philosophie de Munich. Es Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidade Gregoriana de Roma, con una tesis sobre el Realismo Transcendental, en la que obtiene la cualificación de Summa cum laude. En su diócesis de origen ha desarrollado una intensa labor pastoral e intelectual: coadjutor de la Parroquia de San Juan, Director de la Residencia Universitaria “Burgo de las Naciones”, Formador y Profesor del Seminario Menor y Capellán de de la Residencia Universitaria “Padre Míguez” de las religiosas Calasancias de la Divina Pastora. En el año 1982 es nombrado Profesor del Instituto Teológico Compostelano y director del Centro de Formación Teológica de Seglares de la Archidiócesis. En el año 1992 será Director del Instituto Teológico Compostelano y en 1997, Rector del Seminario Mayor de Santiago de Compostela. En 1999 el Papa Juan Pablo II le nombra Obispo titular de Fuerteventura y Auxiliar de Santiago de Compostela, siendo ordenado el 19 de junio siguiente. Su lema episcopal “Beati Misericordes” (Mt 5,7), recoge una de las Bienaventuranzas, en la cual el Señor invita a sus discípulos a recorrer el camino de la misericordia que tiene su punto de partida en la misericordia de Dios manifestada en su Hijo Jesucristo. En el año 2002 se le designa Obispo de Ourense, diócesis en la que ha permanecido siete años. Pertenece en la Conferencia Episcopal Española a la Comisión Episcopal de la Doctrina de la Fe y a la de Migraciones; siendo en esta última el Obispo Promotor del Apostolado del Mar. El 28 de enero del presente año se hizo público su nombramiento como Obispo de Tui-Vigo. En la Santa Iglesia Catedral de Tui, toma posesión el día 24 de abril de 2010; y en el día siguiente realiza la entrada en la Con-Catedral de Vigo.