La alegría en tiempos turbulentos

Los profetas de calamidades y los optimistas irresponsables son prototipos que se dan con demasiada frecuencia en épocas de complejidad cultura, social y económica como la que estamos viviendo. Para los primeros la alegría no tiene cabida, para los otros el “buenismo” se ha convertido en una filosofía de vida que nada tiene que ver con la alegría del corazón. Desde otro punto de vista, la sociedad tecnológica y de la comunicación ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, de fabricar farsa que distrae al personal y ofrece seguridades materiales que entusiasma en un primer momento, pero luego viene el tedio, la aflicción, la tristeza, la amargura y hasta llegar a la misma violencia.
No todo está fuera, también en el seno de algunas comunidades cristianas se ha perdido el sentido del gozo de la fe y un pesimismo contigioso inoperante paraliza la evangelización. Ello es debido a que se ha difuminado la centralidad de Dios en la vida personal y eclesial, a la ausencia de una visión sobrenatural de lo que acontece, y la pérdida de la dimensión escatológica ¡Sin fe en Dios y en la vida eterna, no hay alegría permanente! Recuperar la belleza y la alegría del ser cristiano, es una constante del pontificado de Benedicto XVI (cf. Porta fidei).
Nadie puede vivir sin alegría porque es lo que da “sabor” a la existencia. Es algo que está inscrito en el corazón de cada persona y es una aspiración constante en todas las culturas. Sólo cuando la persona es esclava de sí misma o del ambiente maléfico, no encuentra motivos para la alegría a su alrededor y puede llegar a pensar, que eso es pura ilusión, una escapatoria de los problemas de este mundo. Porque no hay mayor infelicidad que la de aquellos que viven cautivos del pecado.
El don de la alegría cristiana nos hace más libre y realista. Tiene su fundamento en el encuentro con el Dios-Amor que se manifiesta de modo pleno en el acontecimiento salvador de Jesucristo: ¡Él es la única fuente de nuestra alegría! “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor…Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud” (Jn 15,9.11). ).
En efecto, únicamente el amor produce en el hombre la perfecta alegría y solo disfruta de vera aquel que vive en la caridad. La alegría imborrable es fruto de la fe, es consecuencia de sentirse amado y acompañado por Dios y a la vez impulsado a dar ese amor. Por eso, en su día nos decía Juan Pablo II: “¡No apaguéis esta alegría que brota de la fe en Cristo crucificado y resucitado! ¡Testimoniad vuestra alegría! ¡Habituaos a gozar de esta alegría! (Aloc. 24.3. 1979).
La Iglesia nace con vocación de llevar la alegría al mundo, una alegría auténtica y duradera, aquella que anunció el arcángel Gabriel a María (Lc 1,28), la que experimentaron los pastores (Lc 2,11), alumbró a los Magos (Mt 2,10), transformó a Zaqueo (Lc 19,5-6) y que los discípulos la encontraron en el Resucitado (cf. Mt 28,8-9).
Esta alegría espiritual es gracia del Espíritu. No es intimista, sino que brota desde dentro hacia exterior. Tiene su matriz en la virtud teologal de la esperanza, exige la fidelidad diaria al Señor y el cumplimiento de los Mandamientos, los cuales nos conducen a una existencia feliz. Siempre ayudados por la Palabra de Dios y los Sacramentos, que nos renuevan y nos hacen ir creciendo en alegría y gozo hasta llegar a su plenitud en el Cielo.
No se trata de momentos de alegría, estados de ánimos o puras emociones, sino de aquel hábito y expresión que envuelve el ser cristiano, sin el cual el testimonio y el anuncio del Evangelio se vuelven opacos: “una persona alegre obra el bien, gusta de las cosas buenas, agrada a Dios y a los hermanos. En cambio, el triste siempre obra el mal” (Pastor de Hermas Mand. 10,1).
La fuerza de la verdadera alegría hace que pueda darse en medio de todas las pruebas, incluso en los momentos de oscuridad personal y en tiempos belicosos. El reguero de santos y mártires de la historia de la Iglesia testimonian lo que ya afirmaba san Pablo: “estoy lleno de consuelo, reboso de gozo en todas nuestras tribulaciones” (2Cor 7,4). La clave para no perder la alegría en nuestro peregrinar por “este valle de lagrimas”, se encuentra en la plena confianza en el Señor, en el sentir que nuestras vidas estás aseguradas en las manos de Él, en el saber que no estamos solos, sino que Alguien camina a nuestro lado, y que nada ni nadie nos puede separar “del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom 8, 39).
La espiritualidad del Adviento es una continua invitación a “estad siempre alegres en el Señor” (Filp. 4,4). La alegría perenne es sanadora, crea comunión y nos conduce a la misión. El evangelizador, en esta época tan depresiva y complicada, ha de brillar por la alegría de su fe, por la coherencia de vida y por saber llegar al alma del hombre triste y descreído. ¡Necesitamos misioneros entusiasmados para la nueva evangelización!

+Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

Mons. Juan del Río
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Mons. D. Juan del Río Martín nació el 14 de octubre de 1947 en Ayamonte (Huelva). Fue ordenado sacerdote en el Seminario Menor de Pilas (Sevilla) el 2 de febrero de 1974. Obtuvo el Graduado Social por la Universidad de Granada en 1975, el mismo año en que inició los estudios de Filosofía en el Centro de Estudios Teológicos de Sevilla, obteniendo el título de Bachiller en Teología en 1979 por la Universidad Gregoriana de Roma. Es doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (1984). Su ministerio sacerdotal lo desarrolló en la diócesis de Sevilla. Comenzó en 1974 como profesor en el Seminario Menor de Pilas, labor que ejerció hasta 1979. De 1976 a 1979 regentó la Parroquia de Sta. María la Mayor de Pilas. En 1984, una vez finalizados los estudios en Roma, regresó a Sevilla como Vice-rector del Seminario Mayor, profesor de Teología en el Centro de Estudios Teológicos, profesor de Religión en el Instituto Nacional de Bachillerato Ramón Carande y Director espiritual de la Hermandad de los Estudiantes de la Universidad sevillana. CARGOS PASTORALES En los últimos años como sacerdote,continuó su trabajo con los jóvenes e inició su labor con los Medios de Comunicación Social. Así, desde 1987 a 2000 fue capellán de la Universidad Civil de Sevilla y Delegado Diocesano para la Pastoral Universitaria y fue, desde 1988 a 2000, el primer director de la Oficina de Información de los Obispos del Sur de España (ODISUR). Además, colaboró en la realización del Pabellón de la Santa Sede en la Expo´92 de Sevilla, con el cargo de Director Adjunto, durante el periodo de la Expo (1991-1992). El 29 de junio de 2000 fue nombrado obispo de Jerez de la Frontera y recibió la ordenación episcopal el 23 de septiembre de ese mismo año. El 30 de junio de 2008, recibe el nombramiento de Arzobispo Castrense de España y Administrador Apostólico de Asidonia-Jerez. Toma posesión como Arzobispo Castrense el 27 de septiembre de 2008. El 22 de abril de 2009 es nombrado miembro del Comité Ejecutivo de la CEE y el 1 de junio de 2009 del Consejo Central de los Ordinarios Militares. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2017. Ya había sido miembro de esta Comisión de 2002 a 2005 y su Presidente de 2005 a 2009, año en que fue elegido miembro del Comité Ejecutivo, cargo que desempeñó hasta marzo de 2017. El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".