“Fijos los ojos en Jesús, que inició y completa nuestra fe”

 Mons. Miguel Asurmendi     Introducción.

En la breve Carta con motivo del Inicio del Curso (8 de septiembre), anuncié que pronto volvería a escribir sobre algunos temas de la vida eclesial y pastoral de la diócesis. Ahora, inminente el Adviento y cercana la Navidad, deseo compartir con todos algunas reflexiones y exhortaciones, a fin de renovar la adhesión a la persona de Jesucristo, y la dedicación a la misión evangelizadora de la Iglesia.

Son muchas las acciones e iniciativas que fieles, grupos y comunidades desarrollan habitualmente, impulsados por la energía que proporcionan la llamada de Cristo y la presencia de su Espíritu. Consciente de ello, solicito ahora vuestra atención sobre estos temas que merecen una consideración especial:

La clausura del Año Jubilar por los 150 años de vida de la diócesis de Vitoria;

El Año de laFe, recién inaugurado por el Santo Padre;

La continuación de la puesta en marcha del Plan Dioce­sano de Evangelización.

 

Hay, además, un tema amargo que, seguro, está en la mente, en el corazón y en la preocupación de todos. Se trata de los dolorosos impactos, en personas y grupos, de esta larga situación de crisis económica, social y moral.

1.– Clausura y pistas de evaluación

del Año Jubilar 2012.

El próximo 8 de diciembre tendrá lugar la solemne clausura del Año Jubilar con motivo de los 150 años de la creación de la diócesis de Vitoria. Os reitero la invitación a participar en la celebración eucarística en la Catedral de María Inmaculada.

Al culminar las celebraciones programadas, se abre un tiempo para la reflexión y la revisión sobre lo acontecido y celebrado durante este Año Jubilar. Sobre todo, interesa realizar un análisis y revisión en el ámbito que tiene que ver con nuestra condición y calidad de creyentes y miembros de la comunidad diocesana. Los actos desarrollados han tenido identidad y valor en si mismos. Sin embargo, todos ellos respondían a un proyecto eclesial y pastoral más amplio.

En la Carta que dirigí a la diócesis en noviembre de 2011, manifesté que en ella deseaba ofrecer “unas pautas de reflexión para el impulso de nuestra conciencia eclesial desde una triple mirada” (Introducción, 3). La primera mirada era hacia nuestro pasado para reconocer nuestras raíces y agradecer a quienes nos precedieron en la fe y nos la transmitieron. La segunda se dirigía hacia el hoy de la vida diocesana, para resaltar los elementos que desde dentro hacen de esta diócesis la expresión de la Iglesia de Jesucristo en un determinado tiempo y lugar. Por último, la tercera mirada, hacia delante, señalaba algunas prioridades a tener en cuenta para desarrollar, con fidelidad y fecundidad, la misión que el Resucitado confirió a los apóstoles y discípulos: “Id al mundo entero, y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15).

A la luz de estas indicaciones eclesiales y pastorales, se trata de dirigir ahora una nueva mirada sobre el Año Jubilar que termina, a fin de estimar si de verdad lo hemos aprovechado, y ha contribuido a esclarecer y arraigar nuestra identidad cristiana, a incrementar y consolidar la comunión y corresponsabilidad eclesiales, así como a extender y vigorizar la misión evangelizadora, tal como se expresaba en el título de la Carta Pastoral de hace un año.

Se trata, pues, de analizar y de analizarnos con ánimo positivo y con esperanza. Tanto los logros como las deficiencias que podamos detectar con lucidez y sinceridad, los tomaremos como estímulo y posibilidad de progreso en el desarrollo personal y eclesial de la vida cristiana. Desde la perspectiva del seguimiento y del apostolado todo es aprovechable si se acoge con sentido crítico constructivo y con discernimiento tonificante. El Señor nos apoya, como en su momento al apóstol Pablo: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad” (2Cor 12, 9).

2.– El Año de la Fe.

1.– Una iniciativa oportuna.

Benedicto XVI ha convocado para toda la Iglesia un Año de la Fe que ha comenzado el 11 de octubre pasado, y se prolongará hasta el domingo 24 de noviembre de 2013, solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.

Hace un año, el Santo Padre anunció lo que se desea y se espera conseguir en esta ambiciosa iniciativa. Lo hizo mediante su Carta Apostólica Porta Fidei (La Puerta de la Fe) de 11 de octubre de 2011. Es un texto breve y sugerente cuya lectura, personal y compartida, recomiendo.

El deseo de Benedicto XVI es dedicar un año “para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe”(Porta Fidei 4; en adelante PF), de modo que este proceso se vea acompañado y completado por una renovación de la Iglesia mediante el testimonio ofrecido por la vida de los propios creyentes (PF 6). A tal fin, el Santo Padre indaga en el proceso interior de la fe y de los creyentes para, a continuación, alzar la vista hacia la necesaria proyección exterior de la fe, es decir, hacia el horizonte vital y social donde una fe arraigada y activa ha de expresarse y manifestarse.

De forma especial, es una oportunidad para que los creyentes tratemos de tomar conciencia y de comunicar la propia experiencia de fe, de testimoniarla en los espacios públicos y privados de la vida ordinaria y, sobre todo, de llevar una vida según el Evangelio de Cristo (cf Fl 1, 27). Serán bienvenidas las iniciativas que desde cualquier instancia diocesana, mejor si es en coordinación con otras, contribuya para que el Año de la Fe sea un tiempo para robustecer la identidad cristiana, madurar la comunión eclesial e incrementar la misión evangelizadora.

A.– La puerta y el camino de la fe.

La fe cristiana nace del insustituible encuentro con una Persona: Jesucristo, el Señor. Se alimenta de su Palabra y de su presencia viva en la Iglesia y los sacramentos, en especial, en la Eucaristía. La fe se vive y manifiesta, crece y se purifica por el camino del seguimiento de Jesús, de modo que el fiel creyente, cada uno a su ritmo, se va transformando en discípulo suyo. Es imprescindible una constante vinculación con Cristo y una permanencia en Él como los sarmientos a la vid (cf Jn 15, 1-8). Asimismo, la pertenencia a Cristo sólo es posible mantenerla en unión con quienes le siguen y le sienten como el Camino, la Verdad y la Vida (cf Jn 14,6). De esta forma, la vida de cada creyente se transforma en fuente de fecundo testimonio de la Persona y del mensaje de amor salvífico de Jesucristo Salvador.

En este proceso, el momento principal es también el primero: Jesús es la puerta por la que se accede a la fe, y es también el contenido y el camino de la fe. De ahí la importancia de cuidar los términos del encuentro inicial con Él. Atravesar la Puerta de la Fe es encontrar a Cristo y dar una respuesta a su llamada concreta y personal. Si la respuesta es libre y afirmativa, el creyente

inicia un camino de seguimiento y de adhesión personal y eclesial a su Persona, y una complicidad respecto a su proyecto salvífico de construir el Reino de Dios entre nosotros. En último término, la adhesión a Jesús y su mensaje es un acto de libertad, constantemente renovado. Y para ejercer algo con plena libertad es preciso conocer y hacerse cargo de los términos y de las implicaciones de esa decisión.

B.– Cuidar y fomentar la propia fe.

La fe cristiana conlleva y es origen de múltiples elementos que conforman un mundo de afectos, referencias y contenidos propios del fenómeno religioso. Se generan adhesiones y querencias, empeños y compromisos, proyectos y programas de acción, orientaciones vitales y éticas, procesos interiores y celebraciones comunitarias, etc. Pero todo ello carece de sentido si no está constantemente sostenido y avalado por la experiencia original del encuentro con Jesucristo y con el Dios que, según su testimonio, es Padre nuestro (cf Mt 6, 9). “No seremos capaces, afirma Benedicto XVI, de dar respuestas adecuadas sin una nueva acogida del don de la gracia; no sabremos conquistar a los hombres para el Evangelio a no ser que nosotros mismos seamos los primeros en volver a una profunda experiencia de Dios” (Discurso a la Asamblea de la Conferencia Episcopal Italiana, 24.05.2012). Hoy más que en otras circunstancias sociales y culturales, vivimos en un ambiente con amplios sectores refractarios y críticos ante creencias y sentimientos de índole religiosa. Se hace, pues, necesaria una fe adulta que sepa dar razón de si misma (cf 1Pt 3, 15): personas creyentes que conocen a Cristo porque lo aman, y lo aman porque lo conocen, y por ello son capaces de vivir y de comunicar su fe con motivos y razones sólidos y congruentes.

C.– Una fe que no se comparte, se diluye.

Asimismo, la fe cristiana es esencialmente eclesial y comunitaria. Es cierto que nace en el interior de cada creyente; sin embargo, la llamada de Cristo es la llamada a formar parte del grupo de sus apóstoles y discípulos, de la comunidad de los llamados y congregados por Él (cf Jn 1, 35ss; Hech 2, 41 y 47). No se forma parte del grupo que cada cual elige, sino de la comunidad de quienes son llamados y convocados por Él: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido…” (Jn 15,16; cf Ef 1, 3-5). No en vano, el mismo Señor nos enseñó a invocar a Dios con la fórmula fraterna de Padre nuestro, y a expresarle nuestros deseos y peticiones con el plural propio de la oración, que siendo personal, se hace y se vive en fraternidad: danos, perdónanos, no nos dejes… (cf Mt 6, 9-13 y Lc 11, 2-4). Es, de verdad, el Padre de cada uno de nosotros, pero considerados como miembros de un mismo y único Cuerpo (cf 1Cor 12, 12-13) compartiendo llamada, pertenencia y seguimiento de Jesucristo.

De esta común vinculación brotan la comunión y la comunidad eclesial de los creyentes en el Señor, que comparten los empeños y las consecuencias a las que conduce su verdad, su mensaje y su proyecto. El camino de la vida de fe consiste en conocerle personalmente y seguirle formando parte de los suyos, pues sólo Jesús es “el que inició y completa nuestra fe” (Heb 12, 2). Un criterio para verificar la coherencia y la consistencia de la fe es su eclesialidad, la vinculación comunitaria entre quienes confiesan una misma fe. Compartiendo y discrepando, con tensiones y satisfacciones, con luces y sombras, plenitudes y vacíos, con caídas y remontadas, con dudas y confianzas, con cruz y con gloria… así se va perfilando el itinerario de la vida creyente, desde el mismo grupo inicial de apóstoles y discípulos, según nos refieren los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles.

D.– Confesar, celebrar, vivir y rezar la fe.

En este año, continúa el Santo Padre, tendremos la oportunidad de confesar y celebrar la fe (PF 8 y 9) en los Sacramentos y, de modo particular, en la Eucaristía, que es la fuente y la cumbre de la vida cristiana y de la Iglesia (cf Sacrosantum concilium, 10). La profesión pública de la fe a través del Credo, además de una forma de oración personal y comunitaria, es una proclamación (confesión) de lo que creemos “para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre” (PF 8). Así ha sido siempre en la Iglesia. Desde los comienzos, los creyentes han guardado con gran aprecio las predicaciones de los Apóstoles, en especial de Pedro y Pablo, que compendiaban los hechos y las creencias fundamentales sobre los que descansa la fe en el Señor Resucitado (cf Hechos 2, 22-24 y 27-39; 3, 13-16; 10, 36-43; 13, 26-37).

Recitar o confesar las frases que conforman el Credo no es un mero ejercicio de memoria. Benedicto XVI subraya con énfasis la coherencia que ha de existir entre las palabras que se pronuncian externamente con la boca y los movimientos internos del corazón y de la mente. “Existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento” (PF 10). Creer y seguir a Cristo es sumergirse vitalmente en la historia de lo que Dios, desde el principio, ha propiciado y realizado para que le conozcamos a Él y sus planes de salvación universal. El acontecimiento central y definitivo es Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, que se revela en nuestra carne (cf Jn 1, 14). Estos hechos se encuentran definidos y condensados en el Credo. En consecuencia, su lectura y proclamación deben evocar en el creyente, como cualquier otra oración, los sentimientos y actitudes que le reafirman en la fe, en la confianza y en el seguimiento de Cristo, haciendo realidad la frase del evangelio: “De lo que rebosa el corazón, habla la boca” (Mt 12, 34). Ojalá, aprovechemos esta invitación de Benedicto XVI para reflexionar y profundizar en el Credo y sus contenidos como una

forma más de oración, de formación y, sobre todo, de adhesión personal a Cristo.

E.– La fe que se expresa en la caridad.

La fe profesada, celebrada y orada necesita, por su propio carácter y dinamismo, manifestarse y extenderse por medio del testimonio de vida de los creyentes (PF 9). Necesita crecer y dilatarse por medio de las obras y del estilo de vida propio del creyente, ya que “la fe, si no tiene obras, está muerta por dentro” (St 2, 17). Si se mira la fe y sus consecuencias en la dirección positiva, se percibe que las obras de la fe pueden ser muchas, y que todas se sustentan en la caridad. La Palabra de Dios no alberga dudas; es unánime y reiterativa a la hora de vincular la fe con las obras según la caridad (cf Mt 25, 35-36; 1Cor 13,13; St 2, 14-18). Y el Santo Padre recuerda que “la fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y la caridad se necesitan mutuamente de modo que una permite a la otra seguir su camino” (PF 14). La caridad es la prolongación natural de la fe que quiere crecer; y la fe es el motor que genera y dinamiza la caridad que constantemente necesita ejercerse. “La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo” (PF 7).

Son muchos los motivos evangélicos y teologales que avalan esta vinculación e identidad entre ambas. Esta Carta de Benedicto XVI, sin ser exhaustiva, recuerda los dos fundamen-tales: la solicitud por los hermanos en situación de precariedad, y el compromiso por un mundo más justo y fraterno (PF 14):

En el marginado, el excluido… se refleja para el creyente el rostro del mismo Cristo. La fe permite reconocer a Cristo y socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida.

Y la fe permite mirar con esperanza nuestro compromiso en el mundo aguardando “unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia” (2Pe 3, 13; cf Ap 21,1).

 

Un año dedicado a la fe debe ser un año dedicado a sus obras. La vida creyente describe así el ciclo en el que Cristo está siempre presente: su llamada es el inicio, y si su desarrollo y maduración es el adecuado, esa fe permite detectar al Señor en su Iglesia, en cada hermano y hermana, en cada ser humano que al nacer “trae consigo al mundo una particular imagen y semejanza de Dios mismo” (Juan Pablo II, Evangelium vitae, 43) y, sobre todo, en aquellos que por su precaria situación necesitan y exigen justicia (cf Lc 6, 30-35) y misericordia (cf Lc 10,37).

2.– El Concilio Vaticano II.

La fecha de apertura del Año de la Fe ha coincidido, a propósito, con el 50 aniversario de la inauguración del Concilio Vaticano II (11 de octubre, 1962). Así lo ha deseado el Santo Padre, ya que para él este Año de la Fe es una “consecuencia y exigencia posconciliar” (PF 5). Al mismo tiempo, anuncia que este año “puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares (…) no pierden su valor ni su esplendor” (PF 5).

Un concilio ecuménico, como lo es el Vaticano II, señala un antes y un después en la continuidad de la fe de los fieles y de la vida de la Iglesia. Pasados ya 50 años, no somos aún capaces de comprender del todo la riqueza con que el Espíritu Santo nos ha bendecido a través del Concilio y el posconcilio. Juan Pablo II y Benedicto XVI son testigos privilegiados de ello, tanto por su activa participación en los trabajos y sesiones conciliares, como por su protagonismo magisterial y pastoral en el posconcilio. Ambos han elogiado y subrayado lo que el Concilio significa en el hoy de la Iglesia y de la fe cristiana. Son, asimismo, quienes señalan el camino seguro y adecuado para la acogida y recepción correctas de las aportaciones, enseñanzas y directrices conciliares.

Para Juan Pablo II, el Vaticano II es “la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza”(Novo millenio ineunte, 57; con fecha de 6.01.2001). Por su parte, también Benedicto XVI, en su calidad de experto conciliar, conoció por dentro y en profundidad el desarrollo del Concilio. Desde su experiencia, no duda en señalar que “como todos los grandes acontecimientos de la historia de la Iglesia, (el Concilio) brotó del corazón de Dios, de su voluntad salvífica”(Mensaje con ocasión del Congreso sobre ‘El Vaticano II en el pontificado de Juan Pablo II’, 28.10.2008). La intención de todo el esfuerzo del concilio y “su magisterio de carácter prevalentemente pastoral” (Juan XXIII, Discurso de apertura 11 de octubre 1962) no era otro que hacer accesible a los hombres y mujeres de hoy la salvación que anuncia y proporciona Jesucristo. Conducir a todos, en el mundo de nuestro tiempo (cf GS 1), hacia la búsqueda, el conocimiento y la acogida del amor de Cristo que proporciona plenitud (cf Ef 3, 19). Aunque hayan transcurrido 50 años, el Santo Padre reconoce que “los documentos conciliares no han perdido su actualidad con el paso de los años; al contrario, sus enseñanzas se revelan particularmente pertinentes ante las nuevas instancias de la Iglesia y de la actual sociedad globalizada” (Benedicto XVI, Ibidem.).

Una clara consecuencia de las manifestaciones de ambos Pontífices es que cualquier acción apostólica y pastoral, todo proyecto evangelizador ha de emanar y estar vinculado e identificado con la doctrina del Concilio Vaticano II. Se hace necesario leer y releer sus documentos, meditarlos en profundidad, empaparse de nuevo de su vigor y entusiasmo por Cristo, por su proyecto y su Buena Noticia, impregnarse del amoroso interés por la vida y las situaciones

concretas de los hombres y mujeres, de los pueblos y culturas de nuestro tiempo, etc. Una Nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe (Ver en el Anexo) contiene varias indicaciones pastorales dirigidas a profundizar en el conocimiento y la profundización, el estudio científico-teológico y la divulgación, etc., del acontecimiento conciliar y, sobre todo, de sus documentos. Es una recomendación que pretende lograr una eclesial familiarización de todos con los textos conciliares. Que todo creyente los conozca, los lea, los consulte y de ellos extraiga luz y vigor para su vida de fe, esperanza y caridad. Asimismo, que estos textos estén presentes en las actividades y proyectos de grupos, comunidades y parroquias. Que junto a la Palabra de Dios formen parte del patrimonio íntimo y de la vida cotidiana de creyentes y comunidades.

3.– El Catecismo de la Iglesia Católica.

El 11 de octubre es también la fecha de la promulgación, hace 20 años, del Catecismo de la Iglesia Católica (en adelante CIC). Es otro de los importantes frutos del Concilio (cf PF 11) y de él recibe su savia y su energía. Benedicto XVI lo ofrece como “verdadero instrumento de apoyo a la fe” (PF 12). Su finalidad apunta a la presentación, sistemática y exhaustiva, de los contenidos esenciales y fundamentales de la fe y de la vida cristiana a la luz del Concilio Vaticano II y del conjunto de la Tradición de la Iglesia (cf CIC, 11). Así contribuye eficazmente a la construcción de creyentes adultos, conscientes y respon-sables con su fe, y a la misión de la Iglesia de Cristo en el tiempo presente.

El Catecismo contiene una pormenorizada exposición de los grandes temas de la fe, así como el modo en que estos inciden en la vida cotidiana del creyente y de la Iglesia. “A través de sus páginas, enseña Benedicto XVI, se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia” (PF 11c). Tal riqueza de contenido hacen del Catecismo un “subsidio precioso e indispensable” (PF 11) para facilitar el conocimiento profundo y sistemático de la fe y sus efectos en la vida creyente y de la Iglesia. Las indicaciones pastorales de la citada Nota de la Congregación de la Doctrina de la Fe sugieren la presencia de esta obra en los programas de estudio, formación, y profundización de la fe, así como su recepción e integración en la vida y misión de las iglesias locales, facilitando la labor de catequistas, ministros de la Palabra y agentes de Pastoral.

3.– El Plan Diocesano de Evangelización (2009-2014).

Año tras año, la diócesis cuenta con esta importante referencia eclesial y pastoral. El Plan Diocesano de Evangelización (en adelante PDE) es, de alguna manera, una orientación y una realización del Espíritu en el ámbito de

la Iglesia diocesana. Así nació hace casi ya cuatro años (enero 2009), y como tal lo hemos de valorar y poner en práctica a lo largo del año, junto a las orientaciones, muchas de ellas convergentes, emanadas del Añodela Fe.

El actual PDE presenta un Objetivo General ambicioso: Renovar evangélicamente nuestras comunidades, para que la Iglesia diocesana y todos sus miembros puedan desarrollar, en las mejores condiciones posibles, la misión que le corresponde: Evangelizar (cf Evangelii nuntiandi, 14). En resumen, se trata de renovar evangélicamente, para mejor evangelizar. Esta repetitiva expresión no es superflua. Indica que todo lo que realicemos guarde estrecha y directa vinculación con el Evangelio y su Persona central: Jesucristo, el Señor.

Renovar evangélicamente es un plan a realizar según los valores, criterios, cauces y caminos propios del Evangelio. El PDE así lo considera cuando señala que la renovación se lleva a cabo “mediante el impulso de la vocación, la comunión y la misión de todos los que formamos la Iglesia” (PDE, pg. 6). Renovar las comunidades comprende, de forma indispensable y simultánea, nuestra propia renovación evangélica, pues “nuestro hombre viejo fue crucificado con Cristo” (Rom 6,6).

Renovar y renovarse significa hacer, como de nuevo, algo,y también dar nueva energía a algo. La acción apostólica y pastoral requiere constantemente capacidad y esfuerzo para renovarse. Y no faltan los apoyos. Contamos, en primer lugar, con Aquel que hace nuevas todas las cosas (cf Ap 21,5). Tenemos, además, el ejemplo y el testimonio de quienes, antes que nosotros, afrontaron la misión de anunciar al Señor en circunstancias y ambientes difíciles y cambiantes. San Pablo, por ejemplo, utilizó distintos argumentos y recursos según evangelizaba entre judíos (cf Hechos 13, 16-34) o entre gentiles (cf Hechos 17, 22-34); siempre “por causa del Evangelio” (Hechos 9, 23; cf 9,19-23). Y contamos, sobre todo, con el Espíritu del Señor que, según su promesa, nos guiará (cf Jn 16,13) e indicará hacia donde ‘echar las redes’ (cf Lc 5,5).

– Renovarnos para renovar.

El actual PDE, al igual que el anterior (2002-2007) dedica varias páginas a esclarecer la realidad social y cultural en que la iglesia diocesana vive y trata de evangelizar. Es recomendable releer estos textos, y añadir, si es oportuno, nuevos datos o claves que, por recientes, no están recogidos. Conocida la realidad, el PDE señala el horizonte eclesial y los objetivos pastorales para una adecuada acción evangelizadora. Pero en este recorrido hemos de considerar también nuestra realidad personal como creyentes y discípulos del Señor, y como actores de la acción evangelizadora. Hemos de vernos necesitados de constante renovación y conversión al Señor y su misión. “La renovación no consiste en crear otros creyentes y otras comunidades, sino en hacer que estos creyentes y estas comunidades sean “otros”, es decir, más impregnados de la pasión por Dios, más tocados por la debilidad de los

pobres, más modelados en su conducta por los valores evangélicos, más auténticos testigos de la fe” (Carta Pastoral Conjunta, Renovar nuestras comunidades. Cuaresma-Pascua 2005, 2).

Al inicio del milenio, Juan Pablo II recordaba una verdad elemental: “poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad, es una opción llena de buenas consecuencias”(Novo millennio ineunte, 31). No tengamos, cada uno, reparo en explorar nuestro interior, personal y comunitariamente, y descubrir nuestra postura e implicación ante el plan diocesano en tanto camino de santidad.

– Cualidades y actitudes para la renovación.

Cualquier plan pastoral precisa de la implicación de creyentes activos y dotados de las cualidades necesarias. En el caso del PDE, cualidades y actitudes de cuño evangélico que se reciben como un don de la gracia del Espíritu, se acogen por voluntad del creyente, y se maduran y fortalecen en el seno de la comunidad eclesial. Permitidme que recuerde algunas.

* La identidad cristiana nace cuando el creyente se hace consciente de la acción de Dios en su vida, acoge esta llamada o vocación, y libremente inicia el camino del seguimiento, aceptando con voluntad positiva y coherencia sus conse-cuencias. Nace entonces una relación de confianza en la persona de Cristo y en el camino de su seguimiento.

Las personas buscamos, para el presente y el futuro, una cierta seguridad que apoyamos en la presunta fortaleza de nuestras posibilidades y medios. De alguna manera, necesitamos asegurar éxito y control para nuestra vida y proyectos. Sin embargo, desde la fe y el Evangelio se nos invita a ‘despojarnos’ de estos afanes, para ‘revestirnos’ de confianza en Aquel que, por amor, nos lo dio todo y nos invita a imitarle. No se trata de ser irresponsables o inactivos ante la vida y el futuro. Al contrario, la confianza es un dinámico motor que impulsa a realizar con esperanza activa lo que corresponde y es coherente con la persona de Cristo, su mensaje y el Reino que predicó.

La esperanza no es solamente una idea que nos propone imaginar un futuro mejor. Es sobre todo una actitud y, en perspectiva creyente, una virtud evangélica que impide quedar paralizados en la nostalgia del pasado, en la pasividad del desencanto o en la apatía del derrotismo. Expresada en positivo, la esperanza es vida motivada y actuada desde una confianza que va más allá de nuestras obras y posibilidades; que con realismo percibe que lo que somos y podemos proviene de la presencia del resucitado (cf Jn 21, 3-6) y de la templada audacia que transmite su Espíritu (cf Hechos 2,1-4).

* La comunión eclesial forma parte constitutiva de la vocación recibida y de la identidad aceptada. El seguimiento es una decisión personal que conlleva incorporarse a la comunidad de los llamados y reunidos por Él. La

comunión gira en torno a Jesucristo que llama y a su Espíritu que congrega. No la creamos nosotros; es el Espíritu quien la genera en nosotros. Acogerla, apreciarla, cuidarla y robustecerla es indispensable para que, en ella y por ella, Jesucristo se haga presente y visible en la Iglesia y en el mundo.

La pertenencia a esta comunidad proporciona amparo y satisfacciones; también, esfuerzos y dificultades a superar. La convivencia, el trabajo en común, la relación cercana, etc., no siempre son fáciles, pero merecen la pena. La experiencia nos enseña que la comunión se construye a través de la disponibilidad y la colaboración generosas, de la disposición al trabajo en común, de la renuncia al protagonismo o al personalismo. De este modo, la vida eclesial es “casa y escuela de la comunión” (Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 43) y camino de santidad (cf Ibidem, 31).

Es importante respetar, apreciar y acoger a quienes comparten una misma fe y esperanza. La aceptación de los demás, con sus excelencias y deficiencias, pero que también han sido elegidos por Él, exige con frecuencia una verdadera conversión, personal y comunitaria; o mejor una actitud de permanente conversión al Señor, que se nos manifiesta en cada uno de sus hijos. “Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un don para mi” (Ibidem., 43).

* La misión evangelizadora forma parte del seguimiento de Jesús que “llamó a los que quiso (…) para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 13-14). El seguimiento, si es auténtico, necesita expresarse en dar y comunicar a otros lo que de Dios se ha recibido gratis (cf Mt 10,8). Responde a esa noble necesidad de hacer extensivo y compartir aquello que nos hace bien, nos ilumina, orienta y enriquece, como en este caso, la fe y la vinculación a Cristo que salva y a los hermanos. Al mismo tiempo, la misión evangelizadora es un instrumento del que Dios se sirve para hacerse presente en la vida actual de la huma-nidad, y poder transformarla según los valores del Reino de Dios.

La elaboración y, ahora, la puesta en práctica del PDE es la respuesta a estas realidades y necesidades de la vocación y del seguimiento por parte de la comunidad diocesana. Sin olvidar los contenidos de los objetivos y de las acciones, merece la pena atender con detalle el modo cómo se deben realizar. Si las metas y las acciones son importantes, también lo son el modo y el estilo de realizarlas. Hay que superar la tentación de imitar y de aplicar a la vida eclesial y a la misión evangelizadora pautas y criterios de cantidad o eficacia que pueden ser adecuados en otras áreas de la vida, pero que no lo son para los proyectos y planes evangélicos.

La fecundidad evangélica tiene cauces y criterios específicos. No olvidemos que en la fuente, en los recorridos y en las metas se debe

manifestar constantemente la presencia de Cristo y el actuar propio de Dios. La acción evangelizadora requiere y, al mismo tiempo es fuente, de actitudes y valores propios del proyecto de Jesús, propios de quienes buscan el Reino de Dios y su justicia (cf Mt 6, 33). Actitudes y valores como el respeto, la estima y la aceptación fraternas, la corresponsabi-lidad y la voluntad de acuerdo y colaboración, etc., impregnan la actividad pastoral y la cualifican de evangélica y evangelizadora.

No olvidemos, por último, que tanto la Iglesia como cada uno de los creyentes realizan una acción explícita de testimonio y evangelización a través de su propio estilo de vida. La sociedad actual es muy sensible ante la coherencia o la hipocresía que personas, grupos e instituciones manifiestan a través de su modo de estar y de vivir reales. La ejemplaridad de vida, es decir, la coherencia entre lo que creemos, anunciamos y practicamos es la primera y más impactante manifestación y ejercicio de la misión evangelizadora.

4.– Renovarse evangélicamente en medio de la crisis.

“Fijémonos los unos en los otros, para estímularnos a la caridad y a las buenas obras” (Hb 10,24). Benedicto XVI toma pie en esta frase del NT para reflexionar y recordar a los creyentes que no es posible una renovación de la fe y de la vida eclesial sin la caridad, que es el corazón de la vida cristiana. (cf Mensaje para la cuaresma 2012).

– La caridad, motor y corazón de la vida cristiana.

La atención y la solicitud fraternas con los hermanos en la fe y en la común humanidad, es la actitud y disposición que genera en el creyente la experiencia de sentirse acogido, atendido y querido por el Dios, Padre de Jesucristo. También, la caridad fue desde el inicio de la vida de la Iglesia el rasgo que caracterizaba a los cristianos (cf Hechos 3, 44-47a). Benedicto XVI recuerda que la caridad (cf Dios es amor, 20) no es un rasgo más de aquella comunidad de Jerusalén, sino que lo que se nos describe en Hechos 2, 44-45 (“Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común”) y en Hechos 4, 32-37 (“se distribuía a cada uno según lo que necesitaba”), forma parte de la definición de la Iglesia, como elemento constitutivo e imprescindible. La comunión en lo material es parte necesaria de la comunión en la fe, la esperanza y la caridad.

Este núcleo esencial de la vida creyente y eclesial adquiere especial relevancia en momentos como el presente, cuando la denominada crisis económica se sigue manifestando con efectos devastadores, probablemente irreversibles, para capas más amplias de personas, familias y colectivos. La crisis está durando demasiado tiempo, y va ampliando sus efectos negativos sobre sectores cada día más amplios. Siguen siendo válidas las claves inspiradoras y los contenidos de la Carta Pastoral Conjunta de Cuaresma­

Pascua 2011: Una economía al servicio de las personas. Ante la crisis, conversión y solidaridad. Os invito a leer y reflexionar de nuevo sus capítulos a fin de fortalecer y renovar la puesta en práctica de los valores evangélicos con los que seguir interpretando y afrontando esta situación de progresivo deterioro económico y social: fe activa, esperanza bienaventurada, sed de justicia, solicitud evangélica y fecunda por los que más están sufriendo, conversión personal, comunitaria y social para diseñar y construir una economía al servicio de las personas, etc.

Por su parte, el actual PDE propone su Objetivo general y los Objetivos específicos en función de distintos sectores eclesiales y sociales. Uno de ellos es el sector de Los pobres. Además, por efecto directo del deterioro económico actual una parte significativa de los otros colectivos señalados en el PDE como ‘centros de atención’ eclesial y pastoral (Los jóvenes, Las familias y Los inmigrantes) están incrementando más aún el colectivo de los pobres. La cifra de paro juvenil es alarmante, ya que duplica con holgura la del paro general que es desmedida. Crece constantemente el número de familias que tienen que vivir por debajo del umbral de la pobreza, y en las que las mujeres y los niños son los más afectados. Los inmigrantes siguen siendo un sector sobre el que recae con más intensidad los efectos perniciosos de la actual crisis. Lo era ya antes de la crisis, y en la actualidad su situación como colectivo ha empeorado significativamente.

Dadas estas circunstancias, la renovación evangélica de nuestras comunidades se juega su credibilidad y el éxito de su empeño en el incremento de todos los resortes eclesiales y pastorales de la acción socio-caritativa en todas sus dimensiones. “De nuestra dedicación a los pobres depende en gran medida la renovación de la Iglesia. Porque no son sólo destinatarios de nuestro servicio. Son también intermediarios de la salvación de Dios” (Carta Pastoral Conjunta, Renovar nuestras comunidades cristianas. Cuaresma-Pascua 2005, n. 66).

– “Fijémonos los unos en los otros, para estímularnos a la caridad y a las buenas obras” (Heb 10, 24).

Esta recomendación que la Palabra de Dios dirige a creyentes y comunidades es una llamada fraterna y exigente a no cerrarse en uno mismo, ni a dejarse llevar por la ceguera, la insensibilidad o el desinterés ante el sufrimiento de tantos hermanos, hijos de un mismo Padre, que ha creado los bienes de este mundo para remedio y satisfacción de las necesidades de todos sus hijos, sin excepción.

La crisis está afectando a todos, pero no a todos por igual. Para unos está acarreando trastornos que, sin embargo, no afectan seriamente a su situación y modo de vivir. Otros, en cambio, ven cómo día a día su vida y la de los suyos se va deteriorando de forma manifiesta y acelerada. Fijémonos en quienes ya carecían de lo imprescindible, o llevaban una vida precaria antes de que se desencadenara la crisis. Fijémonos en la situación de personas y

familias de nuestro entorno, sin olvidar la situación de quienes en otros países y latitudes sobrevivían gracias a una solidaridad y una generosidad que ahora es más necesaria que antes.

Fijémonos, asimismo, en quienes ante la crisis y sus efectos han reforzado y aumentado su entrega, generosidad y colaboración, bien de modo directo, o bien sosteniendo activamente instituciones (Cáritas diocesana, que en2011 haatendido a más de 3.600 familias, etc), colectivos, organizaciones, ONGs, etc., que atienden multitud de situaciones penosas y dramáticas, sin ceder al desánimo o a un conformismo estéril, sino incrementando su trabajo y empeño a favor de los más afectados.

El Evangelio de San Lucas contiene dos parábolas de Jesús muy claras y expresivas. Son dos situaciones con personajes muy diferentes que el Señor presenta hoy a nuestra consideración. En la primera de ellas, un hombre rico (‘epulón’) es incapaz de fijarse en Lázaro, el hombre pobre y enfermo que pide a su puerta (cf Lc 16, 19). Su mirada está incapacitada para ver nada más que sus propios intereses y preocupaciones, su opulencia y su saciedad. Quien vive y se comporta de esta manera, no sabrá qué responder a la pregunta del Padre común: ¿Dónde está tu hermano? ¿Qué has hecho de tu hermano? (cf. Gen 4, 9-10).

La otra parábola es la del buen samaritano (cf Lc 10, 30-37). Refiere cómo un sacerdote y un levita ven y, sin detenerse, pasan de largo. En cambio, el samaritano “llegó donde estaba él y, al verlo, se compadeció y se acercó” al que cayó en manos de bandidos. Este samaritano forma parte de quienes saben ver, fijarse y hacerse cargo de la penosa situación de quienes quedan malparados en el camino. Quienes así viven y actúan, forman parte, nos dice el Señor, de los que un día escucharán estas acogedoras palabras: “Venid vosotros, benditos de mi Padre, cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 34. 40).

– Los caminos de la caridad.

Los objetivos y recomendaciones del Año de la Fe, las directrices y objetivos del PDE (2009-2014) y, en especial, la situación real nos encaminan a renovar evangélicamente nuestra identidad cristiana y nuestras comunidades, y hacerlo especialmente centrados en la caridad. La renovación pasa, de forma no optativa, por los diversos caminos por los que transcurre y se encarna hoy la caridad evangélica, como son:

una caridad que ciertamente no se circunscribe, ni se agota en los aspectos materiales de la vida, pero que no puede olvidarlos, pues la penuria material es en si misma un mal y, al mismo tiempo, es el origen y la causa de otras penurias y males que generan miseria y sufrimiento, afectando seriamente a la dignidad de las personas, hijos de Dios;

una caridad que, con libertad y audacia, se encarna en la com-pasión y la misericordia, en la empatía y la solidaridad, y en cualquier otra forma posible

 

hoy de fijarse, atenta y eficazmente, en cada prójimo ‘despojado y golpeado’ (cf Lc 10, 30);

una caridad con ‘hambre y sed de justicia’ (cf Mt 5, 6) que está alerta ante cómo se interpreta y, sobre todo, cómo se gestiona la crisis: las cargas, los sacrificios, los mecanismos de recuperación, etc.;

una caridad que estimula la ejemplaridad del estilo de vida de creyentes y comunidades, y nos encamina hacia modos de vida dignos y austeros, sensatos y suficientes, y al mismo tiempo ricos en misericordia y generosidad, solidaridad y solicitud por los necesitados y menos favorecidos;

una caridad que, orientada por la verdad, se cuestiona con radicalidad si una economía basada en el beneficio por encima de todo, en un crecimiento sin límites, y en un ideal de opulencia descarada es capaz realmente de estar al servicio de la persona;

una caridad que busca expresarse en la denuncia y remedio de la injusticia y de las “estructuras inicuas y generadoras de iniquidades” (Card.

Ratzinger, Libertatis nuntius. Instrucción de la Sda Congregación para la Doctrina de la Fe (1984) cap, IV, n. 15).

una caridad que con esperanza mira hacia el futuro, y que se prepara y se implica en la promoción de estilos de vida, de modelos de convivencia y de estructuras económicas conformes a la dignidad de todos los seres humanos, y adecuados a la justicia, que es la ‘medida mínima de la caridad’ (Pablo VI), generadora de paz y de promoción para todos.

 

5.– Conclusión.

Culminar la celebración de los 150 años de la diócesis, vivir el Año de la Fe, impulsar el Plan diocesano de Evangelización, dar una respuesta eclesial ante la crisis y sus efectos humanos, etc., son motivos y desafíos que convergen en estos momentos. En su conjunto, propician un tiempo personal, eclesial y pastoral especialmente intenso. No hay motivo para sentir agobio, y mucho menos para caer en un activismo vacío y disgregador. Conviene hacerse con la realidad y desde ahí discernir para actuar. No todos deben hacer todo. Lo idóneo es coordinarse, sumar esfuerzos, compartir objetivos y tareas, organizarse adecuadamente y, con sensatez e inteligencia, afrontar los retos y oportunidades que podamos acoger con realismo y serenidad. Los objetivos y desafíos son motivo para que en los procesos vayamos construyendo corresponsabilidad y comunión; para que se produzca, al ritmo adecuado, la renovación de comunidades y de la diócesis; y sobre todo se refuerce la identidad cristiana, aquilatando la fe, la esperanza y la caridad en cada creyente.

Somos conscientes que no estamos solos. Contamos con el Espíritu del Señor que sabe incrementar sus bendiciones y dones a la medida de los desafíos presentes. Así ha sido desde los comienzos, y siempre para bien de la comunidad (cf 1Cor 12,7) y su misión evangelizadora (cf Hechos 2, 1-11).

Contamos con la referencia de María. Al igual que ella, reconocemos ante Dios nuestra sencillez y humildad, y como ella creemos y esperamos que Él, por su misericordia, hará obras grandes (cf Lc 1, 48-49) en nosotros.

 

+Miguel Asurmendi

Obispo de Vitoria Vitoria-GasteizAnexo.

1.– La Santa Sede ha abierto un portal en internet con motivo del Año de la Fe:

www.annusfidei.va

Está en varios idiomas (incluido el español). Contiene la Carta Porta fidei de Benedicto XVI, así como otros muchos materiales e informaciones sobre este acontecimiento eclesial. Se actualiza constantemente.

2.– Una Nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe (7 de enero, 2012) presentó un avance de programa con actos y recomendaciones pastorales para lograr los objetivos señalados para el Año de la Fe. (cf www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/motu_ proprio/documents/hf_ben-xvi_motu­proprio_20111011_porta-fidei_sp. html).

3.– Para el ámbito de la iglesia universal, se ha convocado la XIII Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en torno al tema La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Las sesiones han comenzado en el mes de octubre, coincidiendo con la solemne apertura del Año de la Fe, oficiada en Roma por Benedicto XVI. Tendremos en su momento sus conclusiones y frutos.

4.– Congresos y reuniones, peregrinaciones e iniciativas ecuménicas, promoción de la Nueva Evangelización, etc., son algunas de las propuestas que se están desarrollando o lo harán a lo largo del año en diversos lugares, como acontecimientos y celebraciones de relevancia general para la Iglesia católica.

5.– En el espacio de las Iglesias nacionales y a través de las distintas Conferencias Episcopales, se están organizando celebraciones y jornadas de estudio y de oración, publicaciones científicas y de divulgación, materiales didácticos y catequéticos, etc., en torno a la fe, su transmisión en la cultura y ambiente actual, sobre su significado vital para creyentes y comunidades, y su relevancia publica en la sociedad de hoy.

6.– Parecidas iniciativas se sugieren para las iglesias particulares o diocesanas. Asimismo, el ámbito más cercano e inmediato de las parroquias y unidades pastorales, comunidades, asociaciones y movimientos están llamados a colaborar y promover iniciativas que incidan en la fe vivida y transmitida en los tiempos y espacios de la vida cotidiana.

7.– En nuestra Diócesis de Vitoria, además de las iniciativas de las parroquias, asociaciones y movimientos, se van a realizar estas propuestas, de acuerdo con lo indicado por la Santa Sede:

A) La Eucaristía inicial del Año de la Fe (acabada la celebración del 150 aniversario de la creación de la diócesis de Vitoria), tendrá lugar el domingo, día 27 de Enero de 2013, en la Parroquia de San Pedro Apóstol.

B) El Sr. Obispo presidirá solemnes Eucaristías en cada uno de los Arciprestazgos urbanos y rurales, en los domingos de Cuaresma y Pascua del

año 2013. Hablará del Año de la Fe, partiendo de la Palabra de Dios del correspondiente domingo.

C) Las comunidades parroquiales van a realizar celebraciones del Año de la Fe en las semanas del tiempo de Cuaresma. Se ofrecerán subsidios litúrgicos para facilitarlas.

D) Estampas con el texto del Credo, el símbolo de la fe, se distribuirán por las parroquias de la diócesis, para que los fieles puedan rezarlo frecuentemente, ¡ojalá cada día!, a lo largo del Año de la Fe.

E) La solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el domingo 2 de junio de 2013, tendrá un significado especial en el marco de las celebraciones del Año de la Fe.

F) La Eucaristía de Clausura del Año de la Fe tendrá lugar el domingo 24 de Noviembre de 2013 en la parroquia de San Miguel, sede de la capilla de Nuestra Señora la Virgen Blanca. 

 

Mons. Miguel Asurmendi
Acerca de Mons. Miguel Asurmendi 7 Articles
Nació en Pamplona el 6 de marzo de 1940. Profesó como Salesiano el 16 de agosto de 1957 y se ordenó sacerdote el 5 de marzo de 1967. Fue elegido Obispo de Tarazona el 27 de julio de 1990, siendo consagrado el 30 de septiembre de ese mismo año. En aquella etapa, el Obispo realizó Visitas Pastorales a todos los pueblos de la diócesis de Tarazona, 141. En 1992, por el impulso del espíritu de los sacerdotes religiosas y l aicos surgió una comunidad misionera en Cochabamba (Bolivia). El 8 de septiembre de 1995, Miguel Asurmendi fue elegido Obispo de Vitoria. Tomó posesión de la Diócesis el día 4 de noviembre de ese mismo año. En la actualidad, la diócesis avanza por el camino del Plan Diocesano de Evangelización. Monseñor Asurmendi es en la actualidad el Obispo responsable de las Misiones Diocesanas Vascas.