Cofradías y Hermandades Diocesanas en el Año de la Fe

Mons. Ramón del Hoyo   INTRODUCCIÓN:

El Cardenal John Henry Newman, en un momento de búsqueda de la verdad, como tantos hombres que encontraron la fe después de un fatigoso camino, escribió estos versos el año 1833:

“Guíame, luz amable, por entre la niebla que me rodea…

No pido ver el panorama lejano; un poco es suficiente[1].

El itinerario de la fe, en cada persona, es único. Cada uno tiene su historia personal con sus tiempos y circunstancias. Nunca hacemos este camino en solitario y es Dios mismo quien sale un día y otro día a nuestra búsqueda y encuentro. Si le abrimos el corazón él nos ayuda y acompaña. Si le cerramos la puerta él espera. Es de necios pretender hacer este camino solos, y de sabios cogernos de la mano con quienes hacen el mismo recorrido.

El cofrade, el hermano, hace su itinerario de creyente con unos ideales y objetivos semejantes a su grupo de asociados, no para estancarse sino para llegar más lejos aportando su ilusión y apoyándose en los demás como familia de hermanos.

Importa mucho que en este recorrido, como aquellos discípulos de Emaús el día de la Resurrección, busquen juntos la compañía de Cristo, escuchen sus Palabras y le inviten a la Mesa, para que “les arda el corazón” (Lc 24,32). 

1. EN EL AÑO DE LA FE:

Objetivos básicos en este Año

El papa Benedicto XVI, como ya conocen, decidió hace más de un año, el 11 de octubre de 2011, celebrar en toda la Iglesia el Año de la Fe. Dio comienzo el pasado día 11 de octubre y se extenderá hasta el 24 de octubre, festividad de Cristo Rey.

Ha hecho coincidir este acontecimiento eclesial con el 50 aniversario del inicio del Concilio Vaticano II y el 20 aniversario también de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica, indicándonos claramente el camino a seguir durante este año para reavivar y fortalecer la fe personal y comunitaria que compartimos.

En la Carta Apostólica Porta Fidei de Su Santidad, por la que convoca este gran acontecimiento para toda la Iglesia, nos señala sus objetivos básicos. Se pretende, podemos leer, que este año sea “un tiempo de especial reflexión y descubrimiento de la fe” en su doble dimensión: personal (subjetiva) y comunitaria (objetiva).

En el primer sentido, como fe personal, nos señalaba el Papa, que lo que se pretende es “ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa”[2], o lo que es lo mismo, precisamos, cada uno, que nuestra fe nos configure con Jesucristo, que intimemos con su persona, que él transforme nuestros pensamientos y afectos, nuestra mentalidad y comportamiento.[3]

Sólo desde esa experiencia interior, personal y única en nosotros, nos sentiremos renovados por el amor que nos tiene, muy personal, Jesucristo y aumentará nuestra fe en Él.

Conocemos los caminos para encontrar esa fuente renovadora en nosotros: sobre todo la Eucaristía y la Palabra de Dios como la “lectio divina”, la celebración de nuestra fe en la liturgia, la oración reposada y personal en silencio, si fuera posible ante el Santísimo Sacramento.

Pero además de reavivar nuestra fe personal tenemos también necesidad de conocer y descender a nuestra fe objetiva: el Credo de nuestra fe y sus contenidos.

Con palabras del Papa, en la Carta Apostólica citada, hay que “redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada”[4]. Así lo hacían ya, nos recuerda, los primeros cristianos que, en los primeros siglos: “Estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido en el bautismo”[5]. Para ello realizaban la ceremonia de la entrega del Credo, como refiere San Agustín en uno de sus sermones[6].

El apóstol San Pablo escribe en su segunda carta a Timoteo, su discípulo, que busque la fe con la misma constancia de cuando era niño[7]. Lo mismo viene a indicarnos el Santo Padre al decirnos en esta Carta que la fe “es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos, las maravillas que Dios hace con nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo”[8].

Sería muy oportuno que cada hermano cofrade rezara reposadamente el Credo de su fe ante la pila bautismal en que inició su recorrido de creyente y que, junto con los demás hermanos o en su comunidad parroquial, recibiera de manos de su Capellán o Párroco el símbolo de la fe, para recitarlo diariamente. 

Invitación: El Credo de Nuestra Fe. 

2. FE EN SENTIDO RELIGIOSO:

Qué significa creer

La fe es un viaje de todo hombre o mujer que estructura su existencia de forma nueva. Es una decisión por la que afirmamos que en lo íntimo de nuestra existencia hay un punto que no puede ser sustentado ni sostenido por lo visible y comprensible, sino que choca con lo que no se ve. Esto afecta en su mismo ser a la vida del creyente y aparece para él, como algo necesario para su existencia.

El hombre tiende, por inercia natural, a lo visible a lo que podamos tocar con la mano, a lo que pueda comprender como propio. Para creer, sin embargo, hace falta un cambio interior, darnos cuenta de lo pobre y ciego que es fiarse solamente de lo que pueden ver nuestros ojos. Sin este cambio, que podemos llamar “conversión”, no puede haber fe en sentido religioso. Y, porque nuestra inercia natural nos empuja en otra dirección, la fe es un cambio diariamente nuevo. Sólo desde una conversión prolongada a lo largo de la vida podremos percatarnos de lo que significa “yo creo”.

Así comienza la Carta Porta Fidei, de Su Santidad Benedicto XVI: “la  puerta de la fe (cf. Hch 14,27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza en el bautismo (cf. Rm 6,4)… y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna…”[9].

Creer implica confianza y osadía de ver, en lo que no se ve, algo auténticamente real. La fe es una decisión de nuestra existencia, un cambio continuado en el ser humano al que sólo llega por una decisión personal firme.

No es creer “sospechar o no saber con certeza”. Este sería un creer que no compromete a nada, ni tendría consecuencias para la vida en sus comportamientos. Son quienes dicen creer en Dios, sospechan que tiene que haber “algo” a “alguien” que fundamente todo, pero no practican, aunque incluso recen alguna vez y se unan a determinadas celebraciones con otros creyentes.

Tampoco es propiamente fe, en sentido religioso, “creer en uno por confianza” como encuentro de personas v.gr. fiarse de un profesional, porque para esto no se precisa un conocimiento profundo de la intimidad de esa persona para fiarse por completo de ella.

La dimensión de la fe, en el sentido que estamos tratando, va más allá de los planteamientos anteriores. No sólo supone creer en una persona sino que implica identificarnos con ella, amarla, fiarnos de ella e ir a su encuentro. En este sentido enseña el Concilio Vaticano II que: “por la fe, el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece el homenaje total de su entendimiento y de su voluntad, asistiendo libremente a lo que Dios revela”[10].

La fe en el cristiano no es fruto de nuestro pensamiento. Nos viene de afuera. Es revelación que supera el abismo que yace entre lo eterno y lo temporal, entre lo visible y lo invisible. Aquel a quien nadie vio, entra en contacto histórico conmigo, con nosotros (cf. 1Jn 1,1-13).

Escribe San Agustín: “Y ¿qué es creer en Él?: Amarle, ir a su encuentro creyendo, incorporarse a sus miembros… no se trata de una fe cualquiera sino de la fe que actúa por amor. Exista en ti esta fe y comprenderás la doctrina”[11]

Invitación: Deben procurar desde las Parroquias o Cofradías, Hermandades y Grupos Parroquiales, también a nivel personal, acercarse de una forma u otra a los Documentos del Concilio Vaticano II, al menos a algunos referentes a la Familia, al Catecismo de la Iglesia Católica, en alguno de sus apartados, y contar con la ayuda de las Escuelas diocesanas sobre Fundamentos Cristianas

3. Encuentro con Dios por Jesucristo

Es Dios quien llama a nuestra puerta

Intuimos en el fondo de nuestro corazón, como escribió San Agustín en el libro de las Confesiones, que “nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti[12].

Dios sabe bien lo que hay en nuestros corazones, sus inquietudes, preocupaciones y anhelos, porque es su Hacedor y sus Palabras serán acogidas en todo tiempo si llegan al hombre. Como enseña el Concilio Vaticano II: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Existe puro y simplemente por el amor de Dios que lo creó y por el amor de Dios que lo conserva, y sólo se puede decir que vive en plenitud de verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su creador”[13].

En el camino de nuestra fe hay Alguien que nos llama y espera. No se inicia, ni se hace este camino en solitario. Esa llamada está ya en nosotros desde el momento en que somos capaces de trascender, con nuestra inteligencia, por encima de lo que ven nuestros ojos, más allá de lo caduco y efímero. El hombre es capaz de encontrarse con Dios Amor por la fe, verdadero don de Dios, aceptado libremente y al que se responde con generosidad. Todo ello se manifiesta en la voz de nuestra conciencia.

El itinerario de la fe, de cada creyente, es único y personal. Cada uno tiene sus propios ritmos y tiempos. El recorrido de la fe no suele ser como la línea recta y ascendente. Aparece la duda a toda edad y nos sorprende en algún momento la noche oscura del alma en su recorrido. Pero una cosa es muy cierta y segura: nunca recorremos este camino en solitario: Dios mismo nos acompaña y también la amistad de muchos cristianos en nuestro hogar común que es nuestra Madre la Iglesia.

El acto de fe es una entrega confiada a Dios mismo que se nos revela en su Hijo Jesucristo. Creer encierra un diálogo sincero entre Dios y nosotros, un intercambio de conocimiento y de amor mutuo. Creer es recibir como verdadero lo que la Iglesia nos propone como contenido de la fe. Creer, en definitiva, es una confianza desde nuestra entrega a un “Tú” que es Dios quien nos da una certeza distinta aunque no menos sólida que la que me llega del cálculo exacto o de la ciencia. La fe es el acto con el que nos confiamos libremente a un Dios que es Padre y nos ama. No contradice nuestra inteligencia.

La Teología describe la realidad de la fe, conforme a la enseñanza de San Agustín[14] en los siguientes términos: Creer por Dios, es decir, movidos por la autoridad de Dios que se revela; creer en Dios, esto es, creer cuanto nos enseña la Revelación sobre Él y creer hacia Dios, es decir, dirigiéndonos hacia Él como verdad y amor supremo, razón de nuestra existencia.

Encuentro con Jesucristo

La fe es, en definitiva, es un encuentro vivo, personal y real con Dios a través de su Hijo Jesucristo. Como afirma el Papa Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ella, una orientación decisiva”[15].

Para reavivar nuestra fe y adentrarnos en la grandeza de sus contenidos, hemos de seguir profundizando con la inteligencia y el corazón, con la luz del Espíritu, en la persona de Jesucristo.

Enseña el Concilio Vaticano II que “realmente el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir; es decir, de Cristo el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre”[16].

Escribe el teólogo Romano Guardini que: “El momento decisivo en orden a la salvación es Cristo mismo. No su doctrina, no su ejemplo, ni la potencia divina operante a través de él, sino simple y escuetamente su persona”[17].

Al final de su carta de convocatoria de este Año, el Papa Benedicto XVI nos invita a “que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo el Señor, pues sólo en Él tenemos la certeza de mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y verdadero”[18].

Hermanos cofrades: Interesa comprobar, en el Antiguo y Nuevo Testamento que la fe es la respuesta del hombre al Dios que se revela y a su Hijo Jesucristo, y que esta respuesta implica a la persona verdaderamente creyente en todo su ser.

En el Antiguo Testamento la fe aparece como una forma de existencia especial, como persona o como pueblo de quien está unido a Dios y de estar convencido de que es Dios quien conduce la historia de sus vidas. Se insiste, por ello, en la confianza del creyente en Dios, en ponerse en sus manos y refugiarse en Él. Ello da estabilidad a la persona y a la comunidad al abandonarse con confianza en los brazos del Señor.

Se puede comprobar en Abraham (Gen. 12, 1-4), en la salida de Egipto del pueblo de Israel (Ex. 14, 31), en la obediencia a Dios de su pueblo en el desierto (Dt. 9, 26-29), en el rey David (Sal. 57,2), entre otros muchos pasajes.

En el Nuevo Testamento podrían acercarse a los Evangelios para comprobar cómo entraban algunas personas en contacto con Jesús y se quedaban con Él.

Caminaba Jesús por la orilla del lago y llamó a unos pescadores para que le siguieran, y dejándolo todo se fueron con Él (cf. Mt. 4, 18-22). Lo mismo ocurre con Mateo, el recaudador de impuestos (cf. Mt. 9,9). El evangelista san Marcos precisa que “Jesús llamó a los que quiso y se fueron con Él, e instituyó a doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar” (Mc. 3, 13-14). Algo muy especial y decisivo debió ocurrir en el encuentro de Jesús con los discípulos de Juan el Bautista, pues no sólo le siguieron ellos, sino que también invitaron a sus hermanos (cf. Jn. 1, 41).

El Año de la Fe será buena ocasión para programar un tiempo especial para estar con Jesucristo. Pensemos: ¿cuándo, dónde, con quién?. 

Invitación: Acudir a la Sagrada Escritura

 4. Vida de fe y testimonio de caridad

Una fe con obras de caridad

Fe y caridad en el cristiano se reclaman mutuamente. Una sostiene a la otra. La fe se manifiesta en la caridad. La caridad sin fe sería filantropía. Una fe sin obras es una fe muerta. Testimoniar la caridad y la justicia es exigencia esencial e irrenunciable de la fe en Jesucristo.

Escribe el Papa en Porta fidei: “La fe sin la caridad no da fruto y la caridad sin la fe sería un sentimiento a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permita a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas  con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo”. Por eso nos dirá también el Santo Padre: “El Año de la Fe… será una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad”[19].

Sabemos que el Apóstol San Juan insiste en decirnos que “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus ovejas” (Jn. 15, 13). Es lo que hizo Jesucristo en la cruz: entregar su vida por la humanidad. No cabe mayor amor. Mirar por tanto a Jesús, conocer su vida y conducta y enseñanzas es entrar en la escuela del verdadero amor: en la escuela de la caridad.

Para la Iglesia la caridad no es una especie de actividad de asistencia social, que podría dejarse a otros, sino que pertenece a su misma naturaleza y que es manifestación irrenunciable de su propia esencia. Cáritas es la misma Iglesia en su acción caritativa y social. Si Cáritas no estuviera movida por la fe cristiana, no sería lo que es. Quiere ser expresión de amor cristiano y por eso acude al encuentro del hombre, en especial del más débil, del que califican algunos de “inútil social”. Cáritas se acerca con alegría a ellos porque alcanza a ver en el hermano necesitado el rostro mismo de Cristo.

Es la fe la que permite reconocer a Cristo y es, su mismo amor, el que mueve a socorrer al necesitado en el camino de la vida. La caridad es el verdadero lenguaje de la Nueva Evangelización y la respuesta del creyente a su fe.

Las Cofradías, Hermandades y grupos parroquiales, como las parroquias y otras instituciones de la Iglesia, han venido apoyando, con ejemplaridad y generosidad, la tarea de la caridad cristiana que ha ejercido siempre la Iglesia desde sus inicios apostólicos. Al tender la mano a favor y apoyo de Cáritas, estas instituciones reflejan el verdadero alcance de su fe cristiana.

La fe: fuente de alegría

Por otra parte, la fe vivida como expresión de amor y entrega al necesitado, es también fuente de alegría. Comenta así el Santo Padre en su Carta de convocatoria de este Año de la Fe: “Redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado de nuestro encuentro con Cristo”[20].

En efecto, cuando Dios falta, el mundo queda en tinieblas, todo parece aburrido y sin sentido para el creyente. Se puede comprobar que cuanto más se vacía el mundo de Dios más necesidad hay de consumismo y más ausente está la verdadera alegría. Ésta tiene como fuente la fe expresada y vivida con amor, y en eso consiste esencialmente su manifestación en la caridad.

El amor de Dios, con que nos ama a cada uno, no tiene límites ni fronteras. Desde su fe, el Cofrade y el Hermano procurará mirar desde ese máximo amor a sus hermanos y a cuantos sufren.

La fe cristiana no es una teoría. Por todo ello, les animo a seguir el camino emprendido en esta dirección. Llenen sus cestas de alimentos para los más necesitados que siempre serán flores de amor que adornan sus pasos con un brillo especial.

Sería de desear, ante las circunstancias por las que atravesamos, que cada Cofradía, Hermandad, Grupo parroquial emprendiera una campaña, bien en torno a la Navidad como expresión de alegría, o bien durante la próxima Cuaresma con sentido penitencial, de recogida de alimentos no perecederos, para, en conexión con las Cáritas, hacerles llegar a las personas necesitadas que son muchas y cercanas. 

Invitación: Recogida de alimentos. 

 

Conclusión

Cuando se presentó en la Oficina de la Santa Sede el Año de la Fe[21] se subrayaron los tres grandes objetivos para este Año, en concreto:

  1. Sostener la fe de tantos creyentes que, en medio de las fatigas cotidianas, no cesan de confiar su vida al Señor.
  2. Responder a la profunda crisis de fe de nuestro tiempo, y
  3. Volver a encontrar el espíritu misionero necesario para dar vida a la Nueva Evangelización. 

Muy queridos hermanos cofrades:

La Iglesia de Jaén cuenta siempre con vosotros como porción comprometida y renovadora de esta Comunidad eclesial. De cada uno de vosotros y de vuestras cofradías, hermandades y grupos, dependen muchas cosas en el itinerario de este año de la fe. Vivid la fe en vuestras familias y asociaciones, en vuestras comunidades parroquiales, y sed transmisores de vuestra fe, en sentido misionero, a vuestro alrededor.

Caminemos unidos, asumiendo con ilusión, las propuestas concretas de la Delegación episcopal de Cofradías y Hermandades, a la que agradecemos su ejemplar dedicación, de vuestras agrupaciones arciprestales y uniones locales. Es tiempo de crecer desde la alegría de la fe e iluminarla desde nuestra intimidad con Jesucristo, para vivirla a favor de una nueva evangelización como protagonistas activos.

Nos dice el Santo Padre, Benedicto XVI, en su Carta citada: “Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio de los que, iluminados en la mente y en el corazón, por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, esa que no tiene fin”[22]. Nos invita, por tanto, a ser sus testigos en la Iglesia y en el mundo.

Así lo suplicamos ante el Señor por intercesión de nuestros Patrones: Santísima Virgen de la Cabeza y San Eufrasio. Que ellos nos indiquen el camino y nos acompañen. 

Con mi saludo y bendición.

+ Ramón del Hoyo López

     Obispo de Jaén

 



[1] J.H. Newman, Himno, Verses on Variorus Occasions, Londres, 1889, pp.156-157.

[2] Ibid., n.8.

[3] Cf. Ibid., n.6.

[4] Ibid., n.9.

[5] Ibid., n.9.

[6] S. Agustín. Sermón 215. n.1.

[7] Cf. Tm, 2,22.

[8] Ibid., n.15.

[9] Ibid., n.1.

[10] Concilio Vaticano II. Constitución Dei Verbum, n.5.

[11] San Agustín. Comentario al Evangelio de San Juan, 29,6.

[12] San Agustín, Confesiones, 1.1.1.

[13] Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, nº 19.

[14] “Credere Deo, credere Deum, credere in Deum”, San Agustín, Tractatus in Iohannis Evangelium, 29, 6, cit.

[15] Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus caritas est”, nº 1.

[16] Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, 22.

[17] Romano Guardini, La esencia del cristianismo, Madrid, Edit. Guadarrama, 1964, p. 54

[18] Ibid., nº 15

[19] Ibid., nº 14.

[20] Ibid., nº 2

[21] Esta presentación tuvo lugar el 21 de junio de 2012 e intervinieron en el acto el Arzobispo Rino Fisischella y Mons. Graham Bell, presidente y subsecretario respectivamente del Pontificio Consejo para la nueva Evangelización.

[22] Ibid. Nº 15.

Mons. Ramón del Hoyo
Acerca de Mons. Ramón del Hoyo 149 Articles
Mons. Ramón del Hoyo nació el 4 de septiembre de 1940 en Arlanzón (Burgos). Cursó estudios en los Seminarios Menor y Mayor de Burgos, entre 1955 y 1963. Obtuvo la Licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de Salamanca (1963-1965) y el Doctorado en la Pontificia Universidad Angelicum (1975-1977). Fue ordenado sacerdote para la archidiócesis de Burgos el 5 de septiembre de 1965. CARGOS PASTORALES Su ministerio sacerdotal lo desarrolló en la diócesis burgalesa. Comenzó como coadjutor de la parroquia de Santa María la Real y Antigua y Director espiritual de la Escuela media femenina “Caritas”, entre 1965 y 1968. Desde este último año y hasta 1974 fue Notario eclesiástico y Secretario del Tribunal Eclesiástico. Además, en el año 1972 fue nombrado Provisor-adjunto de la Curia de Burgos y en 1978 Provisor, cargo que desempeñó hasta 1996. También fue Vicario Judicial del Tribunal Eclesiástico Metropolitano desde el año 1978 y hasta 1993, cuando fue nombrado Vicario General y Canónigo y Presidente del Capítulo Catedral Metropolitano. Estos cargos los compaginó, desde 1977 y hasta su nombramiento episcopal, con la docencia en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos, como profesor de Derecho Canónico. El 26 de junio de 1996 fue nombrado obispo de Cuenca y recibió la ordenación episcopal el 15 de septiembre del mismo año. El 19 de mayo de 2005 se hacía público su nombramiento como obispo de Jaén, diócesis de la que tomó posesión el 2 de julio de 2005. El papa Francisco acepta su renuncia al gobierno pastoral de esta diócesis el 9 de abril de 2016 y le nombra administrador apostólico hasta la toma de posesión de su sucesor,el 28 de mayo de 2016. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, de la que fue presidente de 2005 a 2011. Ha sido miembro del Consejo de Economía desde 2012 a 2017. También fue miembro de la “Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia”, que se creó con el encargo de preparar la Declaración y la promoción de la figura del nuevo Doctor.