«Si no puedes ser sincero con la palabra de Cristo y con tus obras, es mejor callarse», afirma el Cardenal Carlos Amigo

Ana María Medina – diocesismalaga.es

Monseñor Carlos Amigo (Medina de Rioseco, 1934) abandonó los estudios de medicina para ingresar en la Orden de Hermanos Menores cuando sólo contaba 20 años. Desde entonces, dedica su vida al Evangelio. Ha sido Arzobispo de Tánger y Sevilla y ha asumido numerosas responsabilidades en la Conferencia Episcopal Española. «Yo había programado mi jubilación de otra manera» confiesa, «pero me he dado cuenta de que lo mejor que puede hacer un Obispo es estar al servicio de los demás».

– ¿A qué se dedica un Arzobispo cuando se jubila?

– Pues prácticamente a lo que uno ha hecho toda la vida desde su vocación de sacerdote. Lo único que en este momento no tiene uno responsabilidades de gobierno directo, de los asuntos de la Iglesia, y entonces tienes más tiempo a dedicarlo a los demás: dar conferencias, retiros, informes que te piden, también algunas encomiendas muy honrosas que el Santo Padre te pide para representarle en algún sitio. Ya he estado en algunos países hace unos meses y ahora de nuevo el Santo Padre me ha enviado como su delegado especial para unas celebraciones en Puerto Rico. La verdad es que yo había organizado mi jubilación de otra manera, para dedicarme más a escribir, pero me he dado cuenta de que lo mejor que puede hacer un Obispo es estar a disposición de los demás.

– Ha sido y es un Obispo muy querido por la gente. ¿Le ha sido fácil? Hay quien piensa que el anuncio del Evangelio trae más enemistades que amistades.

– Es verdad, no me puedo quejar, que la gente me trata con gran afecto. Hay un regalo que Dios nos hace a los franciscanos, y es que sin conocernos siquiera, si tú eres franciscano ya te regalan una serie de virtudes que puedes o no tener. «Bueno, es franciscano, será una persona sencilla, humilde, le gustarán los animales…» y cosas así, aunque después no sea del todo exacto. Yo pienso que el anuncio del Evangelio no genera enemistades cuando se hace con sinceridad y uno anuncia aquello de lo que está convencido y trata de vivir. Y también, siempre, la sinceridad o el silencio. Si no puedes ser sincero con la palabra de Cristo y con tus obras, es mejor callarse. De todas formas, especialmente en Andalucía, donde he estado 28 años, me he sentido siempre muy a gusto y muy bien recibido.

– Ante la celebración del Año de la fe, ¿qué consejo da a los cristianos para aprovechar este tiempo y profundizar en el seguimiento de Cristo?

– Que aprovechen lo que tienen, o que aprovechemos lo que tenemos. El don de la fe es un regalo extraordinario que Dios nos ha dado y lo tenemos ahí, como una cosa casi, casi intermitente, que de cuando en cuando aparece. Sin embargo la fe es nuestra forma de vivir y, verdaderamente, lo que nos da nuestra propia identidad y lo que nos hace felices, porque no hay cosa que haga a la gente más desdichada que el no poder ser lo que es. Y la fe nos da la gracia de poder ser lo que somos, auténticos hijos de Dios. Y además nos da una dimensión muy grande respecto a los demás. La gente no es un enemigo, son nuestros hermanos, compartimos con ellos el sufrimiento y el pan. La fe por otra parte llena nuestras acciones de esperanza, de que nada que se haga con justicia y en favor de los demás va a quedar sin ese reconocimiento por parte de Dios y, desde luego, la fe nos lleva a vivir una esperanza muy grande de que más allá de todas las cosas Dios está a nuestro lado.

– Estamos celebrando también los cincuenta años del Concilio Vaticano II. ¿Qué temas, en su opinión, quedan aún por madurar en la Iglesia actual de este Concilio?

– El Concilio fue una riqueza tan grande, tan grande, y a veces da la impresión, cuando de nuevo leemos sus documentos, de que estuvieran casi por estrenar. Sobre todo hay unos documentos fundamentales: el que habla sobre la Revelación, sobre Dios, es tan esencial… un manantial que nunca se agota; el documento sobre la Iglesia, lo que significa la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios en medio del mundo; y hay un documento especialmente importante en este momento, que es la Gaudium et Spes, es decir, la Iglesia en el mundo, con la gente, con las circunstancias, con las crisis, para evitar cualquier tipo de divorcio. No podemos decir «bueno, nosotros tenemos otros asuntos de que preocuparnos». No, la Iglesia está en medio del mundo y va codo a codo con la gentes y no sólo católicas, sino con todos aquellos que forman esta familia humana. Por ejemplo, la acción caritativa y social que está haciendo la Iglesia en este momento. A nadie se le pide el carnet ni la partida de nacimiento, y la mayor parte son personas que incluso ni son de nuestra misma religión en algunas zonas, pero eso no importa. Son documentos de una actualidad tan grande que podemos decir que efectivamente la mano de Dios estaba con el Concilio Vaticano II y creo que tenemos ahí un manantial doctrinal de vida, de espiritualidad, que nos va a servir durante mucho tiempo.

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