¡Creemos en el amor! VIII Encuentro Diocesano de Familias

Mons. Francisco Cases      Queridos Hermanos y Amigos, queridas Familias y queridos Matrimonios:

Me alegra de que año tras año tengamos la ocasión de reunirnos en estos Encuentros Diocesanos de Familia, que ya llegan a su VIIIª edición, sin perder frescura, vitalidad y alegría. En este Curso coinciden diversas celebraciones, que explican el sentido del lema que nos convoca: ¡CREEMOS EN EL AMOR!

EN EL AÑO DE LA FE

Secundando la invitación del Santo Padre hemos iniciado la celebración del AÑO DE LA FE, y hemos asumido su objetivo, en el Objetivo Pastoral de nuestro Plan Diocesano: LA FE QUE ACTÚA POR EL AMOR. Benedicto XVI, en su Carta Porta Fidei, nos ha invitado a cruzar con decisión el umbral de la Puerta de la Fe, que está siempre abierta para nosotros, para revisar, renovar, y crecer en nuestro ser creyentes. No podemos dar por supuesto -como nos recuerda repetidamente el Santo Padre- que tenemos fe, que nuestros comportamientos y nuestras prácticas religiosas son coherentes
con el credo que decimos profesar, y por el que se nos distingue socialmente como cristianos.

También los matrimonios, también las familias están invitadas por el Señor a
vivir la gracia de este Año de la Fe dejándose interpelar para renovarse como creyentes y como padres y madres creyentes.

¿QUÉ SIGNIFICA CREER?

Empecemos este nuestro Encuentro interrogándonos por la cuestión
fundamental: ¿Qué es la Fe? ¿Qué significa y qué supone creer en Dios?
CREER, una palabra del lenguaje ordinario, sobre la que debemos reflexionar.
– ‘Yo creo que…’, si se trata de cosas, creer algo significa que no se está seguro,
que ese algo no se sabe, parece que…: creo que son las tres; pienso que esto es así, pero no lo puedo asegurar con total certeza, hay un grado mínimo de fiabilidad y seguridad.

– ‘Yo creo en Antonio’, significa, tratándose de personas, que tenemos confianza
en esa persona, que no nos va a engañar en lo que dice, que no nos va a defraudar en un encargo… No significa «yo creo que Antonio existe», porque al hablar de Antonio se está dando por supuesto, con el interlocutor, que estamos hablando de alguien conocido por ambos.

– ‘Yo creo en ti, Antonio’, hablando con la persona en concreto, supone una
experiencia de la persona en quien se cree, con la que se ha establecido una relación interpersonal, de apertura mutua de la propia interioridad, que legitima la fiabilidad, la credibilidad.

– Decir «yo creo en Dios» significa, en la acepción normal, «yo creo que Dios
existe»; pero esta afirmación, que para el interlocutor no implica de suyo ir más allá de la mera existencia, para el que la dice normalmente implica ir más allá, significa: «yo creo que Dios existe y actúa en la vida, concretamente en la mía, y todo lo que esto supone e implica…».

– Decir «yo creo en Ti, Dios mío» no es una afirmación, es una invocación, es
una palabra de un diálogo interpersonal, una oración. Exactamente como cuando digo a
alguien: «yo creo en ti, Antonio», pero con una seguridad y confianza absolutas, basadas en una fiabilidad absoluta. La intensidad de la confianza (absoluta-relativa) puede variar en los dos casos, pero estamos hablando de lo mismo, de la firmeza de la relación interpersonal.

La fe en Dios se mueve en el ámbito de esta segunda visión y uso del verbo
‘creer’.

Hay una manifestación de Dios. El Dios en quien creemos es un Dios que habla
y hace historia con el hombre:

– en la creación -el mundo y el propio hombre-, que son en realidad como una
declaración de amor de Dios al hombre escrita en los muros de la vida: te amo.
– en la conciencia propia, que se nos impone como un absoluto, que estando en
nosotros no depende de nosotros.
– en la historia que se vive como encuentro con una Presencia, que nos llega de
muchísimas formas.

El corazón turbio o sucio puede cegar los ojos y cerrar los oídos a la Luz y la
Palabra, como las excesivas luces y los tumultuosos ruidos de nuestras ciudades pueden impedir ver las estrellas y escuchar la voz que susurra en el interior. Es necesario limpiar el corazón, colocarse donde se pueden ver las estrellas y hacer silencio en el interior.

La fe es la respuesta a la manifestación de Dios, el encuentro de una ‘búsqueda’
y de un ‘salir al encuentro’:

– el salir al encuentro, en Dios, es la creación, la conciencia, la historia sagrada,
la Encarnación, la Iglesia.

– la búsqueda, en el hombre, es la pregunta que hiere el corazón, la apertura a la
cuestión de sentido, a la trascendencia. Sin esta apertura sólo hay un deterioro de humanidad, que reduce sus propias dimensiones.

En el Evangelio se resalta que la fe es la respuesta, el resultado de un encuentro,
que está provocado por Jesús, y que cambia los planteamientos o las esperanzas de
aquel a quien encuentra. En los diversos encuentros de Jesús en los Evangelios se empieza con un tema y se termina provocando una toma de postura ante el mismo Jesús:

en el caso de la Samaritana, se habla del agua, del agua viva, de los distintos maridos, del culto, y se llega a la afirmación: el Cristo soy yo, el que habla contigo. En el caso de Zaqueo, que se ha puesto por donde pasaba Jesús para verlo por curiosidad, y ha sido provocado por Él mismo que se autoinvita a su casa, se llega a ‘la salvación’, y al cambio de vida del publicano. El fariseo Nicodemo se ha planteado de dónde viene Jesús, y se encuentra con el dilema de que tiene que dejar actuar al Espíritu para volver a nacer, o seguir en la trivialidad, en la duda o en la cobardía. Otro fariseo, Pablo, orgulloso de sus orígenes hebreos, de su rigor en el cumpli-miento de la ley y de su intransigencia como perseguidor de la Iglesia, ha sido cegado en el camino de Damasco, y ha gritado la gran cuestión: ¿quién eres tú, Señor?, y desde ese momento todo lo estimó basura con tal de ganar a Cristo (Fil 3, 8)

La fe lleva consigo:

– un elemento personal básico: Creo en ti, Cristo
Adhesión personal
– un elemento afirmativo: creo lo que me dices
Asentimiento con mi mente
– un elemento moral: es bueno lo que tú haces
Seguimiento personal
– y todo ello en Iglesia, que es con-vocación de Dios
Creemos juntos

Creo en la Verdad (asiento) y hago el Bien (Seguimiento) porque confío en
la Persona (Cristo), que nos une en Iglesia para que lo encontremos a Él y en Él
encontremos la Verdad y el Bien.

«La fe -dice Benedicto XVI- adquiere la forma del encuentro con una Persona a
la que se confía la propia vida. Cristo Jesús está presente ahora en la historia, en su cuerpo que es la Iglesia; por eso, nuestro acto de fe es al mismo tiempo un acto personal y eclesial».

1UNA PROFUNDA CRISIS DE FE

Nosotros no vivimos en un mundo pagano. Estamos en una civilización y una
cultura que ha sido modelada por la fe en Cristo. Sin embargo en nuestro entorno y en nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (cf. Jn 13,1), en Jesucristo crucificado y resucitado

2.El Santo Padre nos habla de su preocupación por la profunda crisis de fe que
estamos atravesando, y la describe con algunos trazos: la fe es vivida como mero sentimiento, sin arraigo en la razón y la voluntad, sin marcar la vida diaria, condenada como sentimiento a la subjetividad y a la fugacidad. La superficialidad de la fe conduce a la rutina, en la que se siguen realizando determinadas actuaciones y hasta celebraciones, pero sin que aliente en ellas la Presencia que da sentido a todo, la Presencia del Señor. Y el sentimentalismo y la rutina en la religiosidad llevan al cansancio, al aburrimiento y al tedio, falto de toda alegría y entusiasmo.

Pero siendo tan realista y tan audaz como es en su juicio, no es pesimista, sabe
que Dios está actuando para que podamos redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo». (PF 2). La salida de la crisis -en frases de Benedicto XVI- pasa necesariamente por el encuentro gozoso con Cristo; la felicidad interior de conocer a Cristo y de pertenecer a su Iglesia; que Él mismo esté presente, nos hable, se nos entregue; la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo; redescubrir la fe como una amistad personal profunda con la bondad de Jesucristo. «La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree» (PF 10).

Este encuentro con el Señor nos lleva a la alegría. Siguiendo el precioso
Magisterio de Benedicto XVI, descubrimos su fuente. Hablando del Encuentro en Madrid con los jóvenes del mundo entero, dice que una de las características de las Jornadas Mundiales es la alegría. Y se pregunta y responde: ¿De dónde viene? ¿Cómo se explica? Seguramente hay muchos factores que intervienen a la vez. Pero, según mi parecer, lo decisivo es la certeza que proviene de la fe: yo soy amado.

3 Es en realidad una experiencia que comprendemos con facilidad: quien no se sabe amado, no puede ni amarse a sí mismo, ni amar a los demás. Sólo la fe me da la certeza: «Es bueno que yo exista». Es bueno existir como persona humana, incluso en tiempos difíciles. La fe alegra desde dentro.

4 CREEMOS EN EL AMOR

En este punto podemos comprender el alcance del lema de este nuestro
encuentro: CREEMOS EN EL AMOR. No es una afirmación voluntarista, que quiere responder a las amarguras que siembra el desengaño y las experiencias negativas, con una inyección de optimismo, fácil pero infundado. A pesar de todo -nos decimos a nosotros mismos-, aunque crece la decepción porque se multiplican los fracasos, es necesario que nos animemos repitiéndonos una y otra vez: es importante el Amor, es necesario creer en el Amor, como meta a perseguir para dar sentido a todos los sinsentidos. El Papa, sin embargo, no habla de voluntarismos, se trata de una experiencia: yo soy amado… Sólo la fe me da la certeza: «Es bueno que yo exista». Es bueno existir como persona humana, incluso en tiempos difíciles. La fe alegra desde dentro.

En la fe descubrimos que Dios es Amor, Amor fiel, que significa que Dios está
ahí, pero no como están ahí las montañas que se ven por las ventana o las sillas de la habitación, sino que está ahí buscándome, encontrándome, manifestándome su amor. Y está ahí así antes de que existiera. Dios me ha pensado desde siempre y me ha amado desde siempre. Y me seguirá pensando y me seguirá amando siempre y para siempre.

Fe, fiel, fidelidad son palabras emparentadas. Dios permanece fiel a su amor,
aunque el hombre le sea infiel repetidamente. Dios Amor es digno de fe. La fidelidad y la misericordia son frecuentemente citadas juntas en la Escritura, y especialmente en los salmos,5 porque el amor de Dios es duradero, a prueba de infidelidades del hombre. Es misericordiosamente fiel, o fielmente misericordioso.

Necesita el mundo de hoy un testimonio especial de parte de los creyentes,
laicos, sacerdotes y consagrados, en este tema de la fidelidad, que sólo es comprensible en su radicalidad como fruto del amor, y que pone en evidencia un amor débil cuando se repiten las infidelidades.

Nada nos separará del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús (Rom 8, 39).
Y ese amor de Dios puesto en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado (cf. Rom 5, 5), genera en nosotros una fidelidad en el amor firme para siempre.

EL SÍMBOLO DE LA FE, EL CREDO, UNA HISTORIA DE AMOR

Lo que llamamos Profesión de Fe, el Credo, que recitamos con toda la
comunidad en la asamblea reunida el domingo, es, precisamente porque es una
profesión de Fe, una Profesión de Amor, un reconocimiento del Amor fiel de Dios.

Cuando los creyentes en Cristo profesamos nuestra fe, recitamos un texto, una secuencia de afirmaciones, que en realidad es el conjunto de convicciones personales que nos acomunan en Iglesia, en Pueblo del Señor. Pero quizás no nos demos cuenta de que son también un relato, la narración de una historia que contamos o debemos contar como lo que vivieron nuestros padres, que nos precedieron en el signo de la fe, lo que dio sentido a sus vidas, y está escrito para dar sentido a las nuestras.

Cuando un israelita creyente del Antiguo Testamento hacía su profesión de fe no sumaba afirmaciones doctrinales, repasaba su historia. El capítulo 26 del libro del Deuteronomio nos lo describe con todo detalle:

«Cuando entres en la tierra que el Señor, tu Dios, va a darte en heredad, tomarás
una parte de las primicias de todos los frutos que coseches de la tierra que va a darte el Señor, tu Dios, las meterás en una cesta y te presentarás al sacerdote.

El sacerdote tomará de tu mano la cesta y la pondrá ante el altar del Señor, tu Dios. Entonces tomarás la palabra y dirás ante el Señor tu Dios:

«Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí, con
unas pocas personas. Pero luego creció, hasta convertirse en una nación grande, fuerte y numerosa. Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron, y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres; y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y prodigios. Él nos trajo a este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y
miel. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has dado»» (Dt 26, 4-10).

También nuestro Credo relata una historia, y una historia de amor, que es nuestra historia. San Cirilo de Jerusalén, un santo Obispo del s. IV, nos dice que el Símbolo de la Fe, el Credo es el resumen de todas las Escrituras: «Tenéis que saber que el símbolo de la fe no lo han compuesto los hombres según su capricho, sino que las afirmaciones que en él se contienen han sido entresacadas del conjunto de las santas Escrituras, y resumen toda la doctrina de la fe. Las pocas palabras del símbolo de la fe resumen y contienen todo lo que nos da a conocer el Antiguo y el Nuevo Testamento».6

Todo lo que Dios dice a su pueblo, todo lo que Dios hace con su pueblo y para su pueblo está contenido, contado y explicado, pensado y rezado en las Sagradas Escrituras. Es la Biblia el libro del Pueblo de Dios, en donde se hace presente la Palabra que continuamente ha ido acompañando los pasos del hombre y mostrándole el Amor de Dios en todo.

Podemos perfectamente glosar el texto del Símbolo de la Fe, el Credo, para que
lo percibamos como el relato de la gran peregrinación de la humanidad, en la que estamos tú y yo.

Todo empezó con el Amor. Detrás de todo, antes que todo, por encima de todo,
amando desde el principio, no está el dios de los sabios y los matemáticos, está el Padre.

En su corazón empieza todo. Creo en Dios Padre.

Quien todo lo ha hecho es ante todo Padre, todopoderoso como Padre que ama a sus hijos y lo hace todo para que sean felices. Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra

Pero el pecado del hombre, de todos los hombres, el tuyo y el mío también,
parecían torcer los planes de felicidad del Padre bueno del cielo. Pero de nuevo brilló y triunfó el Amor. El hombre había sido creado como hijo según el modelo del Hijo eterno. Y este Hijo eterno de Dios se hizo hombre, se hizo Jesús, Dios que salva. Se despojó de su manto de Dios y se hizo como un hombre cualquiera. Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor.

Y ahora sí que se nota claramente que el Símbolo de la Fe, el Credo, nos cuenta
una historia, la historia santa de Jesús: que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Es una historia, una historia de amor, con nombres propios de esta tierra:

una joven creyente, María, Madre y Virgen, un cobarde gobernador de un oscuro y pequeño rincón del imperio romano del siglo I, Poncio Pilato. Y mucho amor de Dios, todo el amor de Dios, para acompañar al hombre por la vida, por la muerte, hasta la vida eterna de la resurrección.

Y la historia seguirá hasta el final. Y volverá el Hijo, a juzgarnos desde la
misericordia del Padre. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Pero nosotros seguimos aquí, caminando hacia esa meta final. Pero no lo
hacemos solos. El Espíritu Santo, el Amor del Amor trinitario se nos metió en el
corazón y nos contagió ese Amor, amando él mismo desde nuestro pequeño corazón.

Creo en el Espíritu Santo. Y gracias a ese Espíritu formamos parte de la Iglesia de Cristo, y vivimos en comunión con todos los santos y en todas las cosas santas, y sabemos hasta el convencimiento que el pecado tiene perdón en la misericordia del Padre, y que nuestra carne tiene un futuro eterno, porque quien cree en Cristo y tiene su Espíritu tiene ya la vida que no termina. La santa Iglesia Católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna, así lo dice el Símbolo.

El Símbolo de la Fe, el Credo no es solo una suma de frases hiladas, es una
historia de Amor, nuestra historia con Dios. Por eso podemos decir: ¡CREEMOS EN EL AMOR!.

ES BUENO RENOVAR NUESTRA FE

En este Año de la Fe es bueno que no demos por descontado que tenemos y
vivimos en la Fe. Es bueno renovar nuestra Fe, dar algún paso para conocerla mejor y para mantenerla viva con más vigor, es bueno crecer como creyentes. Y es bueno, muy bueno, que tomen conciencia de que son ustedes, como familia, el ámbito fundamental y decisivo para la transmisión, la educación y el crecimiento en la fe. Hasta es posible distinguir hoy entre las generaciones que han recibido las primeras oraciones y los primeros fundamentos de la concepción cristiana de la vida en las rodillas amorosas de los padres, y los que, carentes de esta transmisión desde los primeros momentos de la
vida, han dado sus primeros pasos de iniciación cristiana a los 7, 8 ó 9 años, cuando se acercaron a la Parroquia para ‘apuntarse a la Catequesis’.

El amor de los esposos, el de ustedes, queridos padres y madres, es el primer
testimonio de fe que dan a sus hijos y a todos. Amándose en fidelidad, en gratuidad, en solicitud, en misericordia que comprende y perdona, están siendo reflejo del amor de Dios, porque así es el Amor de Dios, fiel, gratuito, solícito, misericordioso, creador de vida, y muchas cosas más. El uno para el otro, en este amor, están repitiéndose: ‘es bueno que tú existas’, ‘es maravilloso que tú crezcas’, ‘es hermoso que seamos una sola cosa y caminemos por el mismo único camino’, ‘es formidable que nos encontremos en los hijos que Dios nos dio’.

Recen, recen en la Parroquia, y recen en casa: para dar gracias en la comida, para acudir a la Virgen con el Rosario o con las tres Avemarías. Enseñen a rezar a sus hijos desde muy niños, recen por ellos y recen con ellos. Participen en la celebración dominical de la Eucaristía en la Parroquia, que hay que convertir en la gran familia de familias, y la gran comunidad de comunidades. Es el gran momento de encuentro de la Comunidad cristiana con Jesús. Sigan con interés la Catequesis de sus hijos, anímenles, y compartan su vivencia de cercanía y amistad con Jesús. Lean el Evangelio todos los días, y enseñen a sus hijos a hacerlo también. Visiten a Jesús en el Sagrario, cuéntenle sus problemas y sus alegrías; recen por las familias. Enseñen a sus hijos a compartir, y muéstrenles el valor y la alegría de la fraternidad con los necesitados.

Hace algunas semanas el Santo Padre abría el Sínodo de los Obispos sobre la
Nueva Evangelización con una Eucaristía en la Plaza de San Pedro, en la que tuve la suerte y la alegría de participar. Era domingo y el Papa comentando el Evangelio, que trataba del matrimonio dijo: la palabra del Evangelio nos invita a ser más conscientes de una realidad ya conocida pero tal vez no del todo valorizada: que el matrimonio constituye en sí mismo un Evangelio, una Buena Noticia para el mundo actual, en particular para el mundo secularizado. La unión del hombre y la mujer, su ser «una sola carne» en la caridad, en el amor fecundo e indisoluble, es un signo que habla de Dios con fuerza, con una elocuencia que en nuestros días llega a ser mayor, porque, lamentablemente y por varias causas, el matrimonio, precisamente en las regiones de antigua evangelización, atraviesa una profunda crisis. Y no es casual… Hay una
evidente correspondencia entre la crisis de la fe y la crisis del matrimonio. Y, como la Iglesia afirma y testimonia desde hace tiempo, el matrimonio está llamado a ser no sólo objeto, sino sujeto de la nueva evangelización (Homilía, 7 Octubre 2012).

Es importante, muy importante este mensaje: amándose son Evangelio, son
Buena Noticia para el mundo actual, son un signo que habla de Dios con fuerza.
Viéndoles vivir así podemos gritar con ustedes: ¡CREEMOS EN EL AMOR!.

Que el Señor nos bendiga con su amor y nos llene de amor mutuo

+Francisco Cases,

Obispo de Canarias

Mons. Francisco Cases Andreu
Acerca de Mons. Francisco Cases Andreu 8 Articles
Nació en Orihuela (Alicante) el 23 de octubre de 1944. Cursó la enseñanza secundaria en el "Colegio Diocesano Santo Domingo" de Orihuela y los cursos filosóficos-teológicos en el Seminario Mayor diocesano. Fue ordenado sacerdote el 14 de abril de 1968. Entre 1975 y 1982 en Roma perfeccionó los estudios en la Pontificia Universidad Gregoriana, donde obtuvo la Licenciatura en Teología (1977) y realizó los cursos de Doctorado de Teología. CARGOS PASTORALES En su ministerio ha desempeñado numerosos cargos, entre los que destacan el de Secretario del Obispo de Orihuela-Alicante entre 1967 y 1975. De 1982 a 1987 fue Coadjutor de "Nuestra Señora del Rosario" en Alicante. Entre 1984 y 1987 ejerció como Secretario de Estudios del Seminario Mayor y Menor. En 1982 y hasta 1994 trabajó como Profesor de Eclesiología en el Estudio Teológico. De 1985 a 1990 trabajó como Delegado Diocesano de Pastoral Juvenil y desde 1987 hasta 1990 fue párroco de la "Inmaculada Concepción", en Alicante. Entre 1990-1994 fue Vicario Episcopal de la zona de Alicante ciudad y de 1990 a 1994 Rector del Seminario Mayor de Alicante. El 22 de febrero de 1994 fue nombrado Obispo Auxiliar de Orihuela-Alicante. El 10 de abril de 1994 recibió la ordenación episcopal. Fue Administrador diocesano de la diócesis desde el 25 de septiembre de 1995 al 23 de marzo de 1996. El 26 de junio de 1996 se hizo público el nombramiento de Mons. Francisco Cases como Obispo de Albacete, en donde tomó posesión el 31 de Agosto del mismo año. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades. Además, de 2005 a 2017 ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar. De 1996 a 2002 lo fue de Doctrina de la Fe. De 2002 a 2005 perteneció a la Comisión Episcopal del Clero y de 1993 a 2002 a la de Seminarios y universidades.