La alegría de la fe: JESUCRISTO (1)

Mons. Braulio Rodríguez      Jesucristo es el revelador del Padre de los cielos. Lo hizo Jesús durante toda su vida, pero cuando nos reveló plenamente el amor de Dios fue muriendo en el Calvario. Aquí se muestra cómo se ha comportado el Padre de nuestro Señor Jesucristo con nosotros y el amor que ha tenido Él con su Padre y con nosotros. Un amor de quien busca exclusivamente el bien del otro. El de Jesucristo es un amor que el NT denomina ágape. En efecto, ¿acaso puede el ser humano dar a Dios algo bueno que Él no posea ya? Todo lo que la criatura humana es y tiene es don divino; somos nosotros, por tanto, los que tenemos necesidad de Dios en todo.

Pero, como mostró el Papa Benedicto en la encíclica Deus Caritas est, el amor de Dios por nosotros es también amor eros. En el AT el Creador del universo muestra hacia el pueblo que eligió una predilección que el profeta Oseas expresa como pasión divina con imágenes audaces como la del amor de un hombre por una mujer adúltera (Cf. Oseas 3, 1-3). Este texto, como también Ezequiel 16, 1-22), indica que el eros forma parte del amor que Dios nos tiene en su corazón: el Todopoderoso espera el “Sí de sus criaturas como un joven esposo el de su esposa. Por desgracia, desde siempre, la humanidad, seducida por las mentiras del maligno, se ha cerrado al amor de Dios, con el espejismo de una autosuficiencia imposible (Cf. Génesis 3, 1-7). Replegándose sobre sí mismo, Adán se alejó de la fuente de la vida que es Dios mismo y se convirtió en el primero de “los que, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud” (Hebreos 2, 15)

Pero sucede que Dio no se da por vencido. Para reconquistar el amor de su criatura, aceptó pagar un precio muy alto: la sangre de su Unigénito Hijo. Así pues, podemos afirmar, con san Máximo el Confesor, que Cristo “murió, si así puede decirse, definitivamente, porque murió libremente” (Ambigua, 91, 1056). ¿Qué mayoreros loco que el que impulsó al Hijo de Dios a unirse a nosotros hasta el punto de sufrir las consecuencias de nuestros delitos como si fueran propios? Así se nos ha mostrado Jesucristo. Por eso creemos en Él y tiene el Señor tanta capacidad de atracción por su amor a nosotros, gratuito y capaz de perdonarnos sin merecerlo.

Mirando, pues, a Cristo traspasado en la cruz, comprendemos que Él es la revelación más impresionante del amor de Dios. En la Cruz, Dios mismo mendiga el amor de su criatura: tiene sed del amor de cada uno de nosotros. Recordad que santo Tomás reconoció a Jesús como “Señor y Dios” cuando metió la mano en la herida de su costado. Es comprensible que encontremos en el corazón abierto de Jesús la expresión más conmovedora de este misterio de amor que salva al mundo. Sólo el amor en el que se mueven el don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad infunde un gozo tan intenso que convierte en leves incluso los sacrificios más duros. La respuesta que el Señor Jesús desea ardientemente de nosotros es ante todo que aceptemos su amor y nos dejemos atraer por él. 

Sin embargo, aceptar su amor no es suficiente. Hay que corresponder a ese amor y luego comprometerse a comunicarlo a los demás: Cristo “me atrae hacia sí” para unirse a mí, a fin de que aprenda a amar a los hermanos con su mismo amor. En el Año de la Fe, cuando el impulso en nuestra Iglesia de Toledo de nueva evangelización ha de tener en cuenta muy directamente la familia cristiana, potenciando sus posibilidades evangelizadoras, sobre todo en el proceso de Iniciación Cristiana, mirar al que traspasaron su Corazón por amor hacia nosotros es absolutamente necesario. De ese corazón de Cristo salió “sangre y agua (Jn 19, 34), un símbolo clarísimo de los sacramentos del Bautismo, se nos exhorta, pues, a salir de nosotros mismos para abrirnos, con un abandono confiado, al abrazo misericordioso del Padre. El contemplar “al que traspasaron” nos llevará a abrir el corazón a los demás, a luchar contra toda forma de desprecio de la vida y de explotación de la persona y a aliviar los dramas de la soledad y del abandono de muchas personas y a aliviar los dramas de la soledad y del abandono del muchas personas.

Al empezar a tratar la persona de Jesucristo, siguiendo de cerca nuestro Credo, he querido primero hablar del amor de Dios manifestado en Cristo y del amor de Jesucristo hacia su Padre y hacia nosotros. Es ese amor de Jesús hacia cada uno de los hombres y mujeres lo que más impresionó a los que se encontraron con Él en las primeras generaciones cristianas, empezando por san Pablo. Los ecos de ese amor no se han apagado y hoy quienes se encuentran en la Iglesia con Jesucristo por el anuncio o el testimonio de los demás cristianos y la fuerza que el Espíritu Santo despliega en los Sacramentos, sobre todo en la Eucaristía y en el Perdón de los pecados cuando los confesamos, experimentan el mismo estupor y sensación plenitud. Es la alegría de la fe en el Señor.

+Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.