Conversión de la mente y del corazón a Cristo, el cual es el objeto mismo de nuestra fe

Mons. Manuel Ureña     Ha llegado el Adviento, el tiempo litúrgico en que la Iglesia nos exhorta a prepararnos a salir al encuentro de Dios, quien se nos muestra en su Hijo unigénito, Nuestro Señor Jesucristo. A través de Él, que tomó nuestra misma naturaleza haciéndose hombre y que murió y resucitó al tercer día por nosotros y por nuestra salvación; que permanece con nosotros hoy por la acción del Espíritu Santo; y que vendrá al fin de los tiempos a juzgar a vivos y a muertos, hemos obtenido los hombres la reconciliación con el Padre y la efusión de la vida divina.

 Tres son, así, las venidas de Cristo al mundo. Bien afirma el Beato Juan van Ruysbroeck, canónigo regular belga y uno de los principales representantes de la mística europea, cuando exclama: “¡Que viene el esposo!. Cristo, nuestro esposo, es quien pronuncia esta frase. En latín, el término “venit” encierra dos tiempos del verbo: el pasado y el presente, lo cual no excluye que apunte también al futuro. Por eso, vamos a considerar en nuestro esposo Jesucristo tres venidas. En la primera venida se hace hombre a causa del hombre por amor. La segunda venida tiene lugar todos los días, a menudo y en muchas ocasiones, en cada corazón que ama, acompañado de nuevas gracias y de nuevos dones, según la capacidad de cada uno. La tercera venida se considera que tendrá lugar el día del juicio o en la hora de la muerte”.

 El Adviento, lo mismo que la Cuaresma, es un tiempo litúrgico marcado especialmente por la conversión a Dios, una conversión que pasa necesariamente por la conversión a Cristo: al Cristo que vino y que está viniendo, y al Cristo que vendrá a cada uno de nosotros no solo inmediatamente después de nuestra muerte individual, sino también al Cristo que vendrá a todos al final de los tiempos. Con razón dice la oración colecta de la misa de hoy: “Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan aquéllos poseer el reino eterno”.

  Pero ¿en qué venida de Cristo centra más su atención el tiempo litúrgico del Adviento? Y ¿en qué se concreta la conversión?

  Sin duda alguna, el Adviento fija su mirada en la primera venida, aun cuando tiene siempre presentes las tres. La razón es obvia. Sin la primera venida resulta imposible la segunda. Y, sin cumplir las exigencias de la primera y de la segunda, la tercera supondría para todos los hombres el advenimiento de su perdición.

 Convirtámonos, pues, al Cristo que vino en la carne hace ya más de dos mil años. Y, para que esta conversión llegue a ser realidad, convirtámonos al hoy de Cristo en el mundo. Dicho con mayor explicitud, volvamos nuestra mirada al lugar del mundo en donde hoy se nos da la presencia objetiva y vinculante del mismo Hijo de Dios concebido un día en Nazareth en el seno inmaculado de una virgen por la acción del Espíritu Santo y nacido nueve meses después en Belén. Ese lugar no es otro que la Iglesia, pues a la Iglesia prometió el Señor que Él permanecería para siempre en ella.

 Y, respecto del modo concreto de la conversión, ésta comienza por la fe y la esperanza; sigue por la recepción del bautismo (en el caso de los catecúmenos) o por la práctica del sacramento del la penitencia (en el caso de los ya cristianos que han vuelto a pecar); y adquiere su verdadera forma en la participación asidua en la Eucaristía, la cual produce en quienes la reciben dignamente la presencia de la caridad, de la gracia santificante, del don de la santidad. Bien lo expresó el Concilio de Trento en el Decreto sobre la justificación (cf DH 1531) y bien lo afirma el Santo Padre Benedicto XVI en la carta apostólica “Porta fidei”. “La fe sin la caridad – dice el Papa – no da fruto, y la caridad sin la fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y la caridad se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y como el más importante al que hay que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado (Cart. Apost. Porta Fidei, nº14b).

Por tanto, no habrá, ciertamente, verdadero amor si no se da en nuestra vida la fe verdadera. Pero no serán posibles ni la emergencia ni la reviviscencia de la fe en nuestras almas si no nos abrimos al don de la predicación del Evangelio, portador de la Palabra de Dios, de la verdad plena, de la fe que hay que creer, y si hacemos caso omiso a la acción profunda del Espíritu Santo en nuestros corazones, la cual es una condición necesaria de posibilidad del mismo acto de fe, negada, como se sabe, por el semipelagianismo clásico. Sigamos el consejo de San Pablo: “Ya es hora de que despertéis del sueño, pues ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se nos echa encima: Dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz (Rom 13, 11b-12).

Manuel Ureña,

Arzobispo de Zaragoza

Mons. Manuel Ureña
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Manuel Ureña Pastor nació en Albaida (Valencia) el 4 de Marzo de 1945. Realizó sus estudios de Enseñanza Primaria en las Escuelas Nacionales de su pueblo natal. En Septiembre de 1959 ingresó en el Seminario Metropolitano de Moncada (Valencia), en donde cursó el Bachillerato Elemental y el Bachillerato Superior, y, posteriormente, el quinquenio de Estudios Eclesiásticos, obteniendo en junio de 1970 el título de Bachiller en Teología. Entre los años 1968 y 1973, cursó Estudios Superiores de Historia y de Geografía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Literaria de Valencia. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca con una tesina sobre “El tema de Dios en el joven Leibnitz”. El 14 de Julio de aquel mismo año, 1973, recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos del entonces Sr. Arzobispo Metropolitano, S.E. Rvdma., Mons. José María García Lahiguera. A partir de septiembre de aquel año ejerce el ministerio sacerdotal, como coadjutor, en la parroquia de Nuestra Señora del Olivar de Alacuás (Valencia) y, al mismo tiempo, imparte clases de Teología pastoral, de Teología Fundamental y de Teología de la fe en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia. En Septiembre de 1976 es enviado a Roma para cursar estudios superiores de Filosofía en la Pontificia Universidad de Santo Tomás. Allí obtendrá en abril de 1984 el grado de Doctor en Filosofía con una Tesis Doctoral sobre el pensamiento del filósofo neomarxista alemán Ernst Bloch titulada: “Ernst Bloch:una interpretación teleológica –inmanente de la realidad” que mereció la máxima calificación académica. En 1980, es nombrado Director del Colegio Mayor "San Juan de Ribera", de Burjasot (Valencia), y profesor de Metafísica y de Historia de la Filosofía Antigua en la Facultad de Teología de Valencia. Durante dos semestres impartiría también las asignaturas de Filosofía de la Religión y de Historia de la Filosofía medieval. En 1987 es nombrado miembro de la Blochsgesellschaft, en la entonces República Federal de Alemania. El 8 de Julio de 1988 el Papa Juan Pablo II lo nombró Obispo de la Diócesis de Ibiza, siendo consagrado el 11 de septiembre de aquel mismo año. Y, desde el 20 de abril de 1990, simultaneó su ministerio episcopal en Ibiza con el de Administrador Apostólico de la Diócesis de Menorca. En Julio de 1991, el Papa Juan Pablo II lo trasladó a la Diócesis, entonces recien creada, de Alcalá de Henares, nombrándolo, al mismo tiempo, Visitador Apostólico de los Seminarios Mayores de las provincias eclesiásticas de Andalucía y Administrador Apostólico de la Diócesis de Ibiza. En 1992, el entonces Presidente de la Conferencia Episcopal Española y Arzobispo de Zaragoza, S. E. Rvdma., Mons. Elías Yanes Álvarez, lo nombró Consiliario Nacional de la Adoración Nocturna Española, cargo que sigue ejerciendo en la actualidad. En Julio de 1998 es nombrado Obispo de la Diócesis de Cartagena, Administrador Apostólico de la diócesis de Alcalá de Henares y Gran Canciller de la Universidad Católica de Murcia. Promovido al Arzobispado de Zaragoza el 2 de abril de 2005, comenzó a ejercer aquí su ministerio de sucesión apostólica el 19 de junio del mismo año, al tiempo que era nombrado Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena y Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral Social, de Seminarios y Universidades, y del Comité Episcopal ‘Pro vita’. En la actualidad es miembro de la Comisión Episcopal de para la Doctrina de la Fe. Su investigación filosófica gira en torno al pensamiento marxista y al pensamiento postmoderno. En teología, ha trabajado bastante el pensamiento de los teólogos católicos Karl Rahner y Hans Urs von Balthasar; y, en teología protestante, ha familiarizado mucho con los teólogos protestantes Karl Barth y Dietrich Bonhoeffer. Sus trabajos científicos son ya más de 60. Y su principal publicación es el libro Ernst Bloch, ¿un futuro sin Dios? (BAC MAIOR (Madrid) 1986). Reconocimientos: Hijo Predilecto de Albaida, Medalla de Oro de la ciudad de Murcia, Defensor de Zaragoza 2008, Premio IACOM (Instituto Aragonés de Comunicación). Premio Fundación Carlos Sanz 2010. Caballero de Honor de Ntra. Sra. del Pilar. Encargos pastorales: Miembro de la Comisión de Enseñanza y Catequesis de la Conferencia Episcopal, trienios (1993-1996; 1996-1999; 1999-2002; 2002-2005; 20005-2008; 2008-2011). Miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (2011-2014). Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Doctor Honoris Causa por la Universidad Católica San Antonio de Murcia.