“Hay dos espacios privilegiados para cultivar la fe: la oración y la relación con la gente más pobre, más hundida”, sostiene monseñor Juan María Uriarte, Obispo emérito de San Sebastián

César Tomás – diocesisalbacete.org

Tras una fecunda trayectoria como Obispo, monseñor Juan María Uriarte viaja, en su etapa de jubilación, de una diócesis a otra, de España, Portugal y América, atendiendo a peticiones de otros Obispos en activo. Obispo emérito de San Sebastián, fue Obispo de Zamora, y auxiliar de Bilbao. En este Año de la Fe proclamado por el Papa Benedicto, nos dice monseñor Uriarte que creer es acercarse, aproximarse, a Jesucristo viviente.

– ¿En este Año de la Fe, qué diría a los laicos?
– La fe que ellos viven está rodeada de unas circunstancias ambientales poco propicias y si la fe no se convierte en una experiencia, en una fe viva, corre el riesgo de anquilosarse, congelarse e incluso desaparecer. Por tanto, han de cultivar la experiencia creyente como un elemento capital, fundamental, y para ello les invito a orar, y a aprender a orar cada vez mejor, porque la oración es un espacio para la experiencia, y por otra parte, les digo que no se contenten con la formación súper elemental que recibieron en su tiempo: necesitan profundizarla y actualizarla, de tal manera que sean capaces de dialogar en su interior con las vivencias que reciben del ambiente cultural existente, ambiente que pone en muchas veces en aprieto a la fe. Y la fe necesita saber dialogar, primero en el interior de cada creyente, y después, por supuesto, en la interlocución con otros.

– Entonces, experiencia creyente y formación son dos elementos que deben encajar.
– Así es. Y como preámbulo para este Año de la Fe, les diría también que, en un tiempo, se dijo: creer es comprometerse, y eso es verdad, pero no confundamos el compromiso con el núcleo con la fe. El compromiso es una consecuencia de la fe. Creer es acercarse, aproximarse, a Jesucristo viviente.

– ¿Cómo definiría qué es la experiencia de fe?
– Cuando hablamos de la experiencia de la fe no nos referimos a un estado emocional o afectivo en el que se erizan los cabellos. Es sentir la fe como algo interior, connatural, siendo al mismo tiempo dialéctico, pero como algo familiar, interiorizado por la persona. La mejor palabra para definir la experiencia de fe es la fe interiorizada. Lo cual no significa que cada vez que oramos o que pensamos en la fe tengamos esos niveles en los que esa fe aparece como una fe viva. Basta con que de vez en cuando la sintamos como algo muy interior y muy familiar y de vez en cuanto sintamos la paz y el gozo de ser creyentes y actuar como tales.

– ¿Dónde encontramos esa experiencia?
– Esta experiencia se encuentra sobre todo en dos lugares, no solamente en el ámbito de la oración, sino en la relación con la gente más pobre, más hundida, la más marginada. Esos son los dos espacios privilegiados en los que un creyente, si de veras entra en ellos, puede vivir la fe como algo interior, como algo familiar, de tal manera que tengamos esa vivencia interior que nos dice: esto es verdad y además es una verdad saludable.

– Es posible vivir muchos años de fe y no haber llegado al tú a tú con el Señor.
– Se puede tener una fe que esté asentada en fundamentos exteriores, o en la costumbre, o relativa fidelidad de la persona, pero esa fe, en primer lugar, influye muy poco en la vida, y por otra parte, no le produce a uno el gozo, la paz, el consuelo y el confortamiento que produce la fe viva en la que está el Espíritu Santo presente y actuando.

– El joven tiene una brújula en su corazón que le marca a Dios, siempre. ¿Cómo ve su evangelización?
– Es verdad que lo más noble y lo más profundo del hombre es esa apertura a Dios y que ésta existe en todos, lo que sucede es que esta situación cultural que vivimos de alguna manera tiende a paralizar esa brújula. Por eso, el sacramento del Encuentro hay que frecuentarlo mucho con los jóvenes, y que vean que hay también en otros lugares y situaciones en el mundo, grupos de jóvenes que creen, y que creen sin complejos. También, situarlos en esos espacios en los que la fe se hace viva: enseñarles a orar, presentarles la figura de Jesús en una lectura continua de los Evangelios e introducirles en unas tareas de atención a la gente más marginada, pobres, emigrantes, en paro, gente que vive sola… Una Cáritas que haga acogida a los jóvenes me parece un lugar magnífico para cultivar la experiencia de fe.

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