La alegría de nuestra fe: Dios Padre (5)

Mons. Braulio Rodríguez       Termino en esta ocasión la somera reflexión acerca de lo que dice nuestro Credo sobre Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Él es el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Dios y hombre verdadero. ¿Qué significa para mi vida creer en Dios? Quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas en esta vida, en el fondo está sin la gran esperanza, la que resiste todas las desilusiones, y ha amado y nos sigue amando «hasta el extremo» (Juan 13,1). Estoy seguro que quien ha sido tocado por el amor de Dios empieza a intuir lo que será propiamente «vida», y qué quiere decir la palabra esperanza de la que se habla ya en el rito del Bautismo: de la fe se espera la «vida eterna», la vida verdadera que, totalmente y sin amenazas, es sencillamente la vida en plenitud, aquella de la Jesús dijo, hablando de sí mismo, que había venido para que nosotros la tengamos, pero en plenitud, en abundancia (Juan 10,10). Pero es también Jesús quien nos explicó qué significa «vida»: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo» (Juan 17,3).

Si estamos en relación con la fuente de la vida, el Padre, si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces «vivimos». Es el mensaje eterno del cristianismo a la humanidad entera. Pero muchos se preguntan: ¿es posible amar a Dios aunque no se le vea? Además, da la impresión que nuestro mensaje, nuestro anuncio de Dios lleva consigo una obligación de amar al amor. ¿Se puede amar el amor? Hay aquí, en efecto, una doble objeción contra ese mandamiento de Jesús: amar a Dios y amar al prójimo. Si nadie ha visto a Dios, y el amor no se puede mandar, ¿cómo podremos amarlo a Él y al prójimo? ¿No es el amor un sentimiento que puede tenerse o no, y no puede ser creado por la voluntad?

Nos damos cuenta que en estas preguntas hay controversia e ideas un poco confusas. Es verdad que la Escritura dice: «Si alguno dice: amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Juan 4,20). Cierto, pero este texto no excluye el amor a Dios, como si fuera un imposible amar al Dios no visible como se ven otras realidades. El texto de san Juan más bien hay que interpretarlo en el sentido de que el amor al prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y que cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios. En efecto, nadie ha visto a Dios como es en sí. Y, sin embargo, Dios no es del todo invisible, no ha quedado fuera de nuestro alcance.

Aquí aparece una separación entre lo que podemos conocer de Dios por la capacidad cognoscitiva que Él ha puesto en nosotros y lo que Él ha revelado de sí mismo, aunque haya una relación estrecha entre ambas capacidades. Con otras palabras: lean esa carta primera de san Juan y verán cómo se nos dice que el amor de Dios ha aparecido entre nosotros, se ha hecho visible, pues «Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él» (1 Juan 4,9). Dios se ha hecho visible de muchas maneras. En la historia de amor que nos narra la Biblia, Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente.

El Señor tampoco ha estado ausente en la historia sucesiva de la Iglesia: siempre viene a nuestro encuentro a través de los hombres y mujeres en los que Él se refleja mediante su Palabra, en los sacramentos, especialmente la Eucaristía. En la Liturgia de la Iglesia, en su oración, en la comunidad viva de los creyentes, experimentamos el amor de Dios, percibimos su presencia y, de este modo, aprendemos también a reconocerla en la vida cotidiana. Él nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, nosotros podemos corresponder también con amor.

+Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.