Jornada de oración y colecta en favor de la Iglesia Diocesana. La Iglesia contribuye poderosamente a crear una sociedad mejor.

Mons. Manuel Ureña    ¡AYUDA A TU PARROQUIA; GANAMOS TODOS!

Mejorar la sociedad es una meta que hay que perseguir.

La razón salta inmediatamente a la vista. Nunca las cosas humanas avanzan de un modo plenamente satisfactorio. A veces, van mal, y entonces se impone el cambio. Otras veces, no van bien del todo, lo que implica introducir enmiendas. En cualquiera de los casos, los hombres vivimos siempre en tensión hacia lo mejor, buscamos una patria nueva en donde pisar firme, en donde conocer la superación de todas nuestras esclavitudes, en donde hallar, en suma, la felicidad.

¿Qué meta es esa a la que tiende el hombre? ¿Puede éste alcanzarla por sí mismo?

Respondiendo a la primera pregunta, comencemos diciendo que la persona humana tiene una dimensión trascendente. El ser humano no se agota en lo que se ve de él. El corazón del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, aspira a Dios y anda inquieto hasta descansar en Dios. Esta dimensión trascendente del ser humano no puede ser negada en modo alguno. Es objetiva y, por tanto, fácilmente detectable por la razón siempre que ésta no se encuentre presa de la ideología.

Ahora bien, el hombre es también de naturaleza horizontal. Como ser psicosomático, la dimensión trascendente, espiritual, vertical, no agota su ser. Él es, en virtud de su cuerpo, un espíritu en el mundo y un espíritu encarnado que vive con otros espíritus encarnados. Por eso, su realización apunta también a horizontes y a fines penúltimos, pero verdaderamente acordes con su ser, como son, por ejemplo, el matrimonio, la familia y el respeto a la vida desde su misma concepción en el seno materno hasta su fin natural; el logro de una “pólis” justa, esto es, de una sociedad que brille por el triunfo de la justicia; el llegar a una cultura que responda a las exigencias inalienables del “humanum”; la implantación de un orden económico basado en el amor y en la verdad.

Todo esto constituye el ámbito de las realidades temporales, que son como la “casa inmediata del hombre”. De ahí que se imponga hoy reivindicar no sólo la necesidad de una ecología física, sino también la urgencia de que se reconozca en la escena pública el estatuto científico de una ecología humana.

Y, en lo que atañe a la cuestión sobre si el hombre puede alcanzar por sí mismo su meta última y sus metas penúltimas o terrenas, la respuesta salta también pronto a la vista. Dada su condición de criatura, y de criatura herida por el pecado, el hombre no puede llegar a Dios si éste no le sale al encuentro y no le emplaza en una historia de salvación. Y el hombre, de hecho, realmente, tampoco puede alcanzar sus fines naturales o penúltimos sin la ayuda de Dios acontecida en Cristo y presente y actuante en la Iglesia. Como dice el Concilio Vaticano II, “la obra de la redención de Cristo, mientras tiende de por sí a salvar a los hombres, se propone también la restauración de todo el orden temporal. Por tanto, la misión de la Iglesia no consiste sólo en anunciar el mensaje de Cristo y su gracia a los hombres, sino también en impregnar y en perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico” (Decreto Ap. actuositatem, 5).

Por tanto, la Iglesia contribuye a crear una sociedad mejor, es decir, una sociedad conforme con las dos dimensiones del ser del hombre: la trascendente y la horizontal.

Ayudemos, pues, a la Iglesia en sus necesidades. Quien ayuda a la Iglesia, está ayudando a que la sociedad entre en el camino que conduce a su curación y a su perfeccionamiento.

Lamentablemente, no faltan hoy ni faltaron en el pasado voces según las cuales la Iglesia sería un obstáculo para la mejora y la realización de la sociedad. Ante estas voces, los católicos no debemos arredrarnos ni escandalizarnos. Debemos, más bien, escucharlas, convertirlas en trampolín o en rampa de despegue para llegar a ser nosotros mejores de lo que somos y, revestidos con las armas de la verdad, obtener la fuerza necesaria para ser testigos de Cristo ante los hombres.

Ayudemos a la Iglesia. Y hagámoslo a través de las parroquias. Es el cauce ordinario y concreto.

Este domingo, cuando celebramos el Día de la Diócesis, os pido a todos una oración y una limosna en favor de nuestra Iglesia de Zaragoza, en la que acontece, por la acción del Espíritu, la verdadera Iglesia del Señor.

Aun sabiendo que atravesamos un tiempo difícil, me atrevo a rogaros seáis generosos, de corazón grande, para que, con la ayuda de Dios, colaboremos todos en la construcción de la civilización del amor.

† Manuel Ureña,

Arzobispo de Zaragoza

Mons. Manuel Ureña
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Manuel Ureña Pastor nació en Albaida (Valencia) el 4 de Marzo de 1945. Realizó sus estudios de Enseñanza Primaria en las Escuelas Nacionales de su pueblo natal. En Septiembre de 1959 ingresó en el Seminario Metropolitano de Moncada (Valencia), en donde cursó el Bachillerato Elemental y el Bachillerato Superior, y, posteriormente, el quinquenio de Estudios Eclesiásticos, obteniendo en junio de 1970 el título de Bachiller en Teología. Entre los años 1968 y 1973, cursó Estudios Superiores de Historia y de Geografía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Literaria de Valencia. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca con una tesina sobre “El tema de Dios en el joven Leibnitz”. El 14 de Julio de aquel mismo año, 1973, recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos del entonces Sr. Arzobispo Metropolitano, S.E. Rvdma., Mons. José María García Lahiguera. A partir de septiembre de aquel año ejerce el ministerio sacerdotal, como coadjutor, en la parroquia de Nuestra Señora del Olivar de Alacuás (Valencia) y, al mismo tiempo, imparte clases de Teología pastoral, de Teología Fundamental y de Teología de la fe en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia. En Septiembre de 1976 es enviado a Roma para cursar estudios superiores de Filosofía en la Pontificia Universidad de Santo Tomás. Allí obtendrá en abril de 1984 el grado de Doctor en Filosofía con una Tesis Doctoral sobre el pensamiento del filósofo neomarxista alemán Ernst Bloch titulada: “Ernst Bloch:una interpretación teleológica –inmanente de la realidad” que mereció la máxima calificación académica. En 1980, es nombrado Director del Colegio Mayor "San Juan de Ribera", de Burjasot (Valencia), y profesor de Metafísica y de Historia de la Filosofía Antigua en la Facultad de Teología de Valencia. Durante dos semestres impartiría también las asignaturas de Filosofía de la Religión y de Historia de la Filosofía medieval. En 1987 es nombrado miembro de la Blochsgesellschaft, en la entonces República Federal de Alemania. El 8 de Julio de 1988 el Papa Juan Pablo II lo nombró Obispo de la Diócesis de Ibiza, siendo consagrado el 11 de septiembre de aquel mismo año. Y, desde el 20 de abril de 1990, simultaneó su ministerio episcopal en Ibiza con el de Administrador Apostólico de la Diócesis de Menorca. En Julio de 1991, el Papa Juan Pablo II lo trasladó a la Diócesis, entonces recien creada, de Alcalá de Henares, nombrándolo, al mismo tiempo, Visitador Apostólico de los Seminarios Mayores de las provincias eclesiásticas de Andalucía y Administrador Apostólico de la Diócesis de Ibiza. En 1992, el entonces Presidente de la Conferencia Episcopal Española y Arzobispo de Zaragoza, S. E. Rvdma., Mons. Elías Yanes Álvarez, lo nombró Consiliario Nacional de la Adoración Nocturna Española, cargo que sigue ejerciendo en la actualidad. En Julio de 1998 es nombrado Obispo de la Diócesis de Cartagena, Administrador Apostólico de la diócesis de Alcalá de Henares y Gran Canciller de la Universidad Católica de Murcia. Promovido al Arzobispado de Zaragoza el 2 de abril de 2005, comenzó a ejercer aquí su ministerio de sucesión apostólica el 19 de junio del mismo año, al tiempo que era nombrado Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena y Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral Social, de Seminarios y Universidades, y del Comité Episcopal ‘Pro vita’. En la actualidad es miembro de la Comisión Episcopal de para la Doctrina de la Fe. Su investigación filosófica gira en torno al pensamiento marxista y al pensamiento postmoderno. En teología, ha trabajado bastante el pensamiento de los teólogos católicos Karl Rahner y Hans Urs von Balthasar; y, en teología protestante, ha familiarizado mucho con los teólogos protestantes Karl Barth y Dietrich Bonhoeffer. Sus trabajos científicos son ya más de 60. Y su principal publicación es el libro Ernst Bloch, ¿un futuro sin Dios? (BAC MAIOR (Madrid) 1986). Reconocimientos: Hijo Predilecto de Albaida, Medalla de Oro de la ciudad de Murcia, Defensor de Zaragoza 2008, Premio IACOM (Instituto Aragonés de Comunicación). Premio Fundación Carlos Sanz 2010. Caballero de Honor de Ntra. Sra. del Pilar. Encargos pastorales: Miembro de la Comisión de Enseñanza y Catequesis de la Conferencia Episcopal, trienios (1993-1996; 1996-1999; 1999-2002; 2002-2005; 20005-2008; 2008-2011). Miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (2011-2014). Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Doctor Honoris Causa por la Universidad Católica San Antonio de Murcia.