De bien nacidos es ser agradecidos

Mons. Gerardo Melgar    Queridos diocesanos:

El mes de noviembre se abre con una gran Solemnidad, la de Todos los Santos. Cada año, el primer día de noviembre recordamos a todos los santos y santas canonizados. Pero no sólo a ellos, también pedimos la intercesión de aquellos otros hermanos y hermanas, familiares nuestros, de nuestro entorno o de lejos, que son “santos” porque han sido salvados; sí, son todas esas personas buenas, seguidores de Jesús y su mensaje, que en su vida hicieron de la vivencia del Evangelio su norma de conducta y que fueron testigos de Jesús en todo momento, convirtiéndose en auténticos espejos del mismo Cristo y en verdaderos anunciadores de la Buena Nueva. Estos hermanos nuestros lograron, con la ayuda de la gracia, la admiración y el reconocimiento de cuantos contemplaban su estilo de vida. Por todo ello, la Iglesia misma, como buena madre, reconoce su santidad al celebrar en el primer día del mes de noviembre esta Solemnidad en honor de todos los santos, no sólo de los canonizados oficialmente sino de todas esas otras buenas personas, buenos discípulos de Jesús, que ya gozan de la eterna alegría en el Cielo.

Además, al día siguiente, 2 de noviembre, hemos celebrado la memoria de todos los fieles difuntos. Tres veces podemos celebrar la Eucaristía en esta fecha los sacerdotes para brindarles una ayuda mayor. Es un día para fortalecer nuestra fe en la Vida eterna pues es ésta la fe de la Iglesia: “la fe, explicaba San Agustín en su tiempo, tiene ojos más grandes, más potentes y más perspicaces que el cuerpo”; “a los que murieron, se les llama durmientes, porque en su día serán resucitados”; “si buscáis la verdad, veréis que nuestros padres viven porque el alma no muere”.

El mes de noviembre es el mes en el que recordamos con un cariño especial a nuestros seres difuntos más queridos; personas que tuvieron para nosotros una influencia e importancia fundamentales, que nos amaron tanto y a los que quisimos y seguimos queriendo. Pensemos en nuestros padres, hijos, hermanos y amigos cercanos, que nos quisieron con toda su alma mientras vivían con nosotros, que terminaron ya su andadura por este mundo (andadura cargada de muestras de amor hacia nosotros) y han pasado ya por la muerte para encontrarse con el Señor. Seres todos muy queridos, que hoy ya no están a nuestro lado por haber sido llamados por el Señor: unos, seguro que ya gozan del descanso y la salvación eterna y por ellos alabamos a Dios, el Santo de los Santos, les recordamos y celebramos en la Solemnidad de Todos los Santos; otros, que tal vez ahora están esperando su purificación plena para pasar definitivamente a gozar para siempre de la presencia de Dios en el Cielo. A ellos se les acabó con la muerte el tiempo de merecer; sin embargo, nosotros podemos merecer por ellos e interceder por su pronta purificación ofreciendo súplicas y oraciones en sufragio de sus almas.

Rezar, pedir, interceder… es lo mejor que podemos hacer por ellos, que lo entregaron todo por amor a los hijos, al esposo, a la esposa, a los padres, a sus hermanos o amigos. Tanto amor por su parte pide, como digo, nuestra correspondencia porque -como dice el refrán castellano- es de bien nacidos el ser agradecidos; si ellos hicieron tanto por nosotros, ahora nosotros tenemos que hacer todo lo que esté en nuestra mano por ellos, ofreciendo la Santa Misa, oraciones y súplicas en sufragio por sus almas, como lo único que les ayuda y les resulta eficaz, para que el Señor les reciba definitivamente en sus brazos y les dé el abrazo eterno.

Especialmente, pues, en este mes de noviembre echamos la mirada atrás y recordamos con cariño y emoción a todas esas personas que tanto nos quisieron; las recordamos y se lo expresamos llevándoles unas flores a su tumba el día de los difuntos. Pero si nos quedáramos solamente en el hecho de depositar unas flores en su sepultura estaríamos haciendo lo mismo que hacen tantos en esta sociedad secularizada que apenas creen. En efecto, depositar unas flores en su sepulcro es, sin duda, una muestra del cariño con que les recordamos pero en nada les ayuda ese gesto; por eso, este entrañable gesto debe de ir unido a otros, más eficaces. Así, la mejor manera de agradecerles su amor y corresponderlo, la mejor y la única manera de ayudarles en sus actuales necesidades, es elevando una oración ferviente por ellos para que el Señor perdone los fallos que hubieran podido tener en su vida terrena y les dé definitivamente la posición del Reino y de la felicidad eterna.

Acordémonos, especialmente, en este mes de noviembre -mes de los difuntos-, de todos esos seres queridos que tanto nos quisieron, a los que nosotros quisimos y queremos; recemos por ellos y pidamos al Señor que les dé el descanso eterno y brille para ellos la luz y la felicidad eternas. Las flores en sus sepulcros, queridos diocesanos, serán un signo -no el más importante y, desde luego, no el más eficaz- de nuestro cariño y amor; por eso convirtamos ese signo en una auténtica y eficaz ayuda para ellos, en la mejor de las rosas, en nuestra oración, sacrificios, limosnas y sufragios que ofrezcamos por ellos.

Honor y alabanza a Dios el día primero de noviembre, Solemnidad de Todos los Santos, y durante toda nuestra vida por cuantos gozan ya de la Bienaventuranza eterna del Cielo; y ayuda fraterna a través de la oración, los sacrificios y los sufragios por los difuntos que aún necesitan de purificación el día 2 y durante toda nuestra existencia como signo de amor hacia aquellos por quienes no podemos hacer otra cosa.

Encontremos un momento (ojalá sean muchos) para alabar a Dios por los santos, los ya salvados definitivamente, ejemplo para nosotros y poderosos intercesores; y para interceder por los que esperan su purificación definitiva para acceder al gran Banquete donde nos espera el Santo entre los santos para darnos posesión de la felicidad que no tiene fin.

+Gerardo Melgar

Obispo de Osma-Soria

Mons. Gerardo Melgar
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Mons. Gerardo Melgar Viciosa nació el 24 de Septiembre de 1948 en Cervatos de la Cueza, Provincia y Diócesis de Palencia. Cursó la enseñanza secundaria (años de Humanidades) en el Seminario Menor Diocesano de Carrión de los Condes y los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario mayor de San José de Palencia. Fue ordenado sacerdote el 20 de Junio de 1973 por el entonces Obispo de la sede palentina, Mons. Anastasio Granados García. Fue nombrado Párroco -de 1973 a 1974- al servicio de las parroquias de Vañes, Celeda de Roblecedo, San Felices de Castillería, Herreruela de Castillería y Polentinos. Al terminar ese curso pastoral, fue enviado a Roma, donde estudió Teología en la Universidad Gregoriana, licenciándose en Teología Fundamental el 14 de junio de 1976. A su regreso a Palencia fue nombrado Coadjutor de la parroquia de San Lázaro de la capital palentina durante un año. En 1977, y hasta 1982, desempeñó el cargo de Formador y Profesor del Seminario Menor Diocesano en Carrión de los Condes, del que sería, más tarde, Rector (1982-1987). En 1983 fue nombrado miembro del equipo de Pastoral Vocacional de la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y Vocacional. Al dejar el Seminario de Carrión de los Condes fue destinado, como Vicario Parroquial, a la Parroquia de San José de Palencia durante seis años (de 1987 a 1993). En 1993 fue elegido por Mons. Ricardo Blázquez Pérez para desempeñar el oficio de Vicario Episcopal de Pastoral de la Diócesis palentina, cargo en el que permanecería hasta 1998. También durante diez años (de 1995 a 2005), fue Párroco solidario de la Parroquia de San José Obrero y Coordinador de la Cura pastoral de la misma, miembro del Colegio Diocesano de Consultores (1995-2000) y vocal, por designación del Sr. Obispo, del Consejo Presbiteral Diocesano (2001-2005). En el año 2000 fue nombrado Delegado Diocesano de Pastoral Familiar hasta que, en 2005, Mons. Rafael Palmero Ramos lo eligió para desempeñar el cargo de Vicario General de la Diócesis. De 2004 a 2005 fue, además, confesor ordinario del Seminario Menor Diocesano “San Juan de Ávila” así como, de 2005 a 2008, miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis y Profesor de Teología del Matrimonio en el Instituto Teológico del Seminario Mayor de San José (2007). En enero de 2006, y hasta septiembre de 2007, durante el periodo de sede vacante producida por el traslado de Mons. Rafael Palmero Ramos a la Diócesis de Orihuela-Alicante, fue nombrado por la Santa Sede Administrador Apostólico de la Diócesis de Palencia. El 1 de Mayo de 2008, momento en el que desempeñaba el cargo de Vicario General de la Diócesis de Palencia y era el Capellán del Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se hizo público su nombramiento como Obispo de Osma-Soria. El 6 de Julio de 2008 recibió de manos del entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, Mons. Manuel Monteiro de Castro, la ordenación episcopal y tomó posesión canónica de la Diócesis oxomense-soriana. Ha publicado varios libros sobre el matrimonio y la familia: “Juntos cuidamos nuestro amor. Convivencias para matrimonios jóvenes”, “Madurando como Matrimonio y como Familia”, “Nos formamos como padres para educar en valores a nuestros hijos” y “Llenos de ilusión preparamos nuestro futuro como matrimonio y familia”, además de múltiples artículos y materiales de trabajo sobre la familia y la pastoral familiar. De su Magisterio episcopal, pueden destacarse las siguientes Cartas pastorales: “Sacerdotes de Jesucristo en el aquí y el ahora de nuestra historia” (2009) con motivo del Año sacerdotal, “Juan de Palafox y Mendoza. Un modelo de fe para el creyente del siglo XXI” (2010), con motivo de la beatificació, “La nueva evangelización y la familia” (2011), “Carta pastoral sobre el Seminario diocesano” (2012), “Itinerario para la evangelización de la familia” (2013), Carta pastoral “Después de la Misión diocesana Despertar a la fe” (2014). Además, ha publicado otros escritos: “La Pastoral Familiar, un proceso continuo de acompañamiento a la familia” (2009), “Los grupos parroquiales de matrimonios jóvenes” (2010), “Unidades de Acción Pastoral. Instrumentos de comunión al servicio de la evangelización” (2010). El 8 de abril de 2016, el papa Francisco lo nombró obispo de Ciudad Real, en sustitución de Antonio Ángel Algora, que renunció por edad. El 21 de mayo del mismo año tomó posesión canónica en la catedral de Santa María del Prado.