Memoria del Concilio Vaticano II en su cincuenta aniversario

Por Jesús de las Heras Muela – siguenza-guadalajara.org

El Código de Derecho Canónico habla del Concilio Ecuménico en los cánones 337-341. En el Concilio Ecuménico se ejerce de modo solemne la potestad del Colegio de los Obispos; ésta se ejerce mediante acción conjunta de los obispos dispersos por el mundo, promovida o libremente aceptada como tal por el Romano Pontífice. Es a éste a quien corresponde, de acuerdo con las necesidades de la Iglesia, determinar y promover los modos según los cuales el Colegio de los Obispos haya de ejercer colegialmente su función para toda la Iglesia.

Finalidad y metodología

El Concilio Vaticano II, fiel a su identidad, no pretendió definir dogmáticamente nada nuevo. Su cometido fue la reflexión profunda y pastoral de la doctrina de salvación recibida de los Apóstoles y su actualización según lo demandaban las presentes circunstancias sociales e históricas.

El trabajo se desarrolló en diversos tipos de reuniones o congregaciones:

— Generales: reuniones diarias de padres, observadores y auditores.

— Públicas: reuniones solemnes presididas por el Papa y abiertas a todos.

— De las Comisiones: reuniones de trabajo para preparar los esquemas que debían ser propuestos en las reuniones generales.

Fueron elegidas diez comisiones al comienzo del Concilio; estaban integradas por dieciséis miembros elegidos y nueve nombrados por el Papa, más un cardenal como presidente. Podían dividirse en subcomisiones para algún trabajo en particular.

Algunos datos e incidencias

El Concilio se desarrolló a lo largo de cuatro sesiones, desde el 11 de octubre de 1962 hasta el 7 de diciembre de 1965. Al día siguiente, 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada Concepción, el Concilio fue clausurado con una solemne Eucaristía en la Basílica Vaticana.

Fueron sesiones bimestrales (octubre-diciembre) en los años 1962, 1963. 1964 y 1965. Fue presidido sucesivamente por los Papas Juan XXIII (1962) y Pablo VI (1963-1965).

Los asistentes pasaban de 2.500 y pertenecían a uno de estos cuatro grupos:

— Padres Conciliares: grupo formado por los obispos de los cinco continentes y por los superiores generales de las congregaciones religiosas masculinas. El 38% eran europeos; el 31% americanos; el 21% de Asia y Oceanía y el 10% de África. Muchos obispos de países comunistas no pudieron acudir debido a los impedimentos de las autoridades civiles.

— Asesores expertos: elegidos por el Papa o los obispos, y que colaboraban en los trabajos de las comisiones.

— Observadores: delegados de otras confesiones cristianas; en los comienzos fueron 31 y terminaron siendo 93.

— Auditores: 36 hombres y 7 mujeres, representantes del laicado o de congregaciones religiosas femeninas.

La orientación de los trabajos quedó fijada con el discurso del Papa Pablo VI que había sucedido a Juan XXIII, al comenzar la segunda sesión. También fueron clave sus intervenciones temas como la colegialidad y la libertad religiosa.

Significación del Vaticano II

«El Concilio Ecuménico Vaticano II (…) debe, sin duda, considerarse entre los mayores acontecimientos de la Iglesia. En efecto, ha sido el más grande por el número de Padres venidos a la Sede de Pedro desde todas las partes del globo incluso de aquellas donde la jerarquía ha sido constituida recientemente; el más rico por los temas que durante cuatro sesiones han sido tratados cuidados y profundamente; fue en fin, el más oportuno, porque, teniendo presentes las necesidades pastorales y alimentando la llama de la caridad, se esforzó grandemente por alcanzar no sólo a los cristianos todavía separados de la comunidad de la Sede Apostólica, sino también a toda la familia humana» (Pablo VI, Breve pontificio In Spiritu Sancto).

El Papa Juan Pablo II ha dicho que este Concilio ha sido el acontecimiento fundamental de la vida de la Iglesia contemporánea. Entre todas las aportaciones que se encuentran en el rico contenido de sus dieciséis documentos, pueden destacarse las siguientes:

a) Renovación general de la vida de la Iglesia, manifestada de manera especial:

 — En la liturgia, con la utilización de las lenguas vernáculas, la acentuación del sentido comunitario y celebrativo, la imprescindible participación de los fieles y la actualización de la vida sacramental.

— En la teología, situando a las Sagradas Escrituras como su alma y justificando las exégesis científicas de los textos, centrando la reflexión sobre la Iglesia en su condición de pueblo de Dios, en el que todos sus miembros son responsables y resaltando su misión evangelizadora.

b) Presentación de un nuevo concepto de Iglesia en el que se resalta el carácter comunitario y se ahonda en la comunión eclesial. Se refuerza la colegialidad de los obispos con el Papa y se reafirma la corresponsabilidad de los obispos, los sacerdotes y los laicos en la dinámica de la vida eclesial. Esto se ha visto reflejado en el nacimiento de diversos organismos de ámbito eclesial, nacional o parroquial, por ejemplo, los sínodos de obispos, las conferencias episcopales, los consejos pastorales, etc.

c) Actitud de diálogo con el mundo actual: el Concilio desea unir la luz de la revelación al saber de la experiencia humana para así iluminar juntos el camino de la humanidad. Lejos de complacerse en señalar los males que aquejan a nuestra época reconoce que la Iglesia recibe mucho del mundo, inclusive de sus enemigos.

d) Diálogo con todos los creyentes, no sólo con los que en otros tiempos eran enemigos y hoy son hermanos separados, sino también son quienes practican otras religiones y creencias, desde las llamadas primitivas hasta el judaísmo o el Islam.

Fines y resultados

En su primer discurso, al abrir la segunda sesión conciliar, el Papa Pablo VI marcó el rumbo definitivo del Vaticano II, apuntando cuatro fines concretos. Los documentos que se fueron elaborando responden esencialmente a los objetivos propuestos:

— Precisar la noción o conciencia que la Iglesia tiene de sí misma. Se entiende que éste era el cometido central por lo que el texto sobre la Iglesia (Constitución dogmática Lumen gentium) es el documento fundamental y punto de referencia de todos los demás.

— Pero siendo la Iglesia una realidad sobrenatural, deberá recurrir a la revelación para hablar de sí misma. Por eso se elabora previamente otro documento en el que se expone la doctrina sobre la Sagrada Escritura y la Tradición (Constitución dogmática Dei Verbum).

— Impulsar la renovación de la Iglesia para que su realidad actual responda cada vez mejor al ideal de su fundador. Uno de los ámbitos más necesitados de puesta al día era la liturgia (Constitución dogmática Sacrosanctum Concilium). Otros seis decretos y una declaración completan este objetivo renovador, se refieren a la actividad misionera, la labor pastora! de los obispos y los presbíteros, la formación de los sacerdotes, el apostolado de los seglares, la renovación de la vida religiosa y la educación cristiana.

— Restablecer la unidad de los cristianos. A cumplir esta finalidad se encaminan los decretos sobre las iglesias orientales católicas y sobre el ecumenismo y la declaración sobre la libertad religiosa.

— Entablar el diálogo con los hombres de nuestra época. El principal documento que trata este tema es el de la Iglesia en el mundo actual (Constitución pastoral Gaudium et spes) en el que se abordan con la declaración sobre la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas y con el decreto sobre los medios de comunicación social.

Así lo vieron Juan Pablo II y Benedicto XVI

«Tuve la gracia de participar también yo y conservo en el espíritu preciosos e inolvidables recuerdos. En su discurso de apertura, el Papa Juan, lleno de esperanza y de fe, exhortó a los padres conciliares a permanecer por un lado fieles a la tradición católica y por otro lado a volverla a presentar de un modo adaptado nuestros tiempos. En cierto sentido, el 11 de octubre de hace cuarenta años ha marcado el inicio solemne y universal de la que es llamada nueva evangelización. Deben ser conocidos y asimilados como “textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia”. Por eso entregué simbólicamente estos documentos a las nuevas generaciones, con motivo de la jornada jubilar del apostolado de los laicos. Que la Virgen María, madre de Dios y de la Iglesia, nos ayude a comprender que en el Concilio se ha ofrecido a nosotros una brújula para orientamos en el camino del siglo que comienza». (Palabras de Juan Pablo II pronunciadas el 13 de octubre de 2002 antes del rezo del ángelus dominical correspondiente).

«Los documentos conciliares son una brújula que permite a la barca de la Iglesia navegar en mar abierto, en medio de las tempestades o de la calma, para llegar a la meta. Debemos aprender las lecciones más simples y fundamentales del Concilio, a saber: que el cristianismo en su esencia consiste en la fe en Dios y en el encuentro con Cristo, que orienta y guía la vida. Lo más importante hoy, como era el deseo de los Padres conciliares, es que se vea, de nuevo, con claridad, que Dios está presente, nos mira, nos responde; y que, por el contrario, cuando falta la fe en Él, cae lo que es esencial, porque el hombre pierde su dignidad. El Concilio recuerda que la Iglesia tiene el mandato de transmitir la palabra del amor de Dios que salva, para que sea escuchada y acogida aquella llamada divina que contiene en sí las bienaventuranzas eternas. El Concilio es una fuerte invitación a redescubrir cada día la belleza de la fe y a conocerla de modo profundo, para una más intensa relación con el Señor y a vivir auténticamente la vocación cristiana» (Benedicto XI, audiencia general del miércoles 10 de octubre de 2012).

(Jesús de las Heras Muela – www.siguenza-guadalajara.org)

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