Con tu ayuda ganamos todos

Mons. Juan José Omella    Un año más, nos disponemos a celebrar la jornada de la Iglesia Diocesana, una de las citas más entrañables de todo nuestro calendario, precisamente por la alta carga de eclesialidad que lleva consigo. No en vano la diócesis es “una porción del Pueblo de Dios, encomendada a un Obispo para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, de forma que, unida a su pastor y congregada por él en el Espíritu Santo mediante el Evangelio y la Eucaristía, constituye una iglesia particular, en la cual está verdaderamente presente y actúa la Iglesia de Cristo una, santa, católica y apostólica” . 

La grandeza de la Iglesia radica en que está enraizada en el misterio de Dios, lo que trastoca – y profundamente – todos los planteamientos humanos acerca de su esencia y de su naturaleza: no puede verse reducida a las simples coordenadas del tiempo y de la historia, y mucho menos verse sofocada en los conceptos y fines que determinan el ser de un partido político o el de un sistema ideológico. La Iglesia es mucho más que eso, y muy distinto a eso. La Iglesia ha venido siendo preparada providencialmente desde los mismos orígenes del género humano, ha sido reunida por la Palabra hecha carne que es Jesucristo, y está recibiendo una vida continuada y permanente del Espíritu Santo. Así, podemos decir con toda verdad que la Iglesia es un misterio. Un misterio de salvación.

A la par, la Iglesia, en su realidad, aparece también configurada como un fenómeno humano y social. De ahí que se puede constatar que, desde sus mismos orígenes hace ya más de dos mil años, la Iglesia ha contribuido de forma muy destacada en la creación de una sociedad cada mejor, más justa y eficiente. De ahí, el gran mensaje que los fieles podrán contemplar en los posters colocados hoy en las puertas de nuestros templos: “La Iglesia contribuye a crear una sociedad mejor”.

Como en años anteriores, me veo en la obligación – gustosa obligación – de extender mi mano de Obispo, como se ha hecho siempre a lo largo de nuestra historia, y pediros a los católicos de La Rioja, y también a aquellos que sin ser creyentes tienen un alto concepto de la misión de la Iglesia, que la ayudéis en sus múltiples necesidades. Vuestra aportación, hoy más importante y meritoria que nunca por la desolación de la crisis, tiene un destino con muchos flecos, todos ellos de suma importancia: la actividad pastoral y sacramental que sacan adelante 199 sacerdotes riojanos en activo, junto con los laicos y religiosos que colaboran en catequesis, pastoral familiar, pastoral juvenil etc. etc.; la actividad de Cáritas Diocesana que ha librado de la angustia a más 15.000 personas en lo que va de año, aparte de Manos Unidas que con sus proyectos de desarrollo ha beneficiado a más de 100.000 personas del Tercer Mundo en el mismo espacio de tiempo; la atención a otras obras asistenciales, como la pastoral penitenciaria, con más de 400 reclusos beneficiados, además de sus familiares; la pastoral de la salud, con más de 500 voluntarios, al cuidado de los enfermos. ¿Y qué decir de la actividad evangelizadora, con 265 misioneros/as riojanos que tenemos repartidos por todo el mundo? ¿Y los más de 15.000 alumnos que se benefician de la formación que ofertan 26 centros católicos en La Rioja? Dejo para el final de esta enumeración la labor que la iglesia diocesana hace en lo que a rehabilitación y conservación del patrimonio cultural y artístico se refiere, en forma de templos, ermitas, labor que no es económicamente rentable pero sí absolutamente necesaria para todo nuestro contexto social. En lo que va de año la diócesis ha invertido exactamente la cantidad de 1.461.528 euros en la atención a nuestro patrimonio religioso.

Queridos lectores de “Pueblo de Dios”: tengo la seguridad de que a mi mano tendida responderéis con la generosidad y buen ánimo que siempre lo habéis hecho. Son tiempos duros, difíciles, de extrema necesidad. Estar a la altura es de hombres y mujeres esforzados y generosos. No olvidéis que Dios no se a dejar gana en generosidad.

¡Que Él os bendiga y haga de todos nosotros fuente de esperanza y de gozo en estos momentos tristes y angustiosos!

Ayudando a la Iglesia, ayudando en concreto a tu parroquia, ganamos todos.
Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella 
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.