Fe para un duelo sano

Por Andrea Duarte, consagrada del Movimiento de la Palabra de Dios y psicóloga

Una de las experiencias más dolorosas para los hombres y mujeres es la separación física definitiva de aquellos que amamos. Es ésta una vivencia común a todos nosotros. En el transcurso de nuestra vida, breve o prolongada, hemos pasado por el hecho de que un ser querido ha muerto.

Distintas expresiones, como por ejemplo: “partió hacia la Casa del Padre Celestial”, “se nos adelantó en el camino”, “le hemos perdido”, no atenúan la dolorosa experiencia de la muerte. Esto es así de tal manera, que un gran santo, San Agustín, describía este sentimiento provocado por la muerte de un amigo muy querido y decía: “Y no podía vivir sin él… ¡con qué dolor se entenebreció mi corazón! Cuanto miraba era muerte para mí… y cuanto había comunicado con él, se me volvía sin él crudelísimo suplicio… y llegué a odiar todas las cosas, porque no le tenían… Me había hecho a mí mismo un gran lío y preguntaba a mi alma por qué estaba triste y me conturbaba tanto y no sabía qué responderme” (Confesiones, libro IV, capítulo 4).

La muerte de un ser amado nos sumerge en una profunda tristeza, que tiñe de sinsentido todo lo que hemos compartido con ese ser y nos trae un estado de confusión y abatimiento. Es el primer impacto de este paso inevitable de toda vida humana, el paso más grande (pues es definitivo, para el resto de nuestro tiempo en el mundo) que todos hemos de dar. Un impacto que despierta nuestra conciencia de finitud, de limitados, de impotentes… Tenemos que permitirle a nuestra emocionalidad dar cauce y salida a lo que experimenta, llorar la ausencia, escuchar los sentimientos que se nos desatan, aceptar que es el fin de un modo de relacionarnos con esa persona querida.

Se impone la necesidad de transitar el duelo, la aceptación de la nueva realidad de la vida, donde esa persona ya no está presente. El sufrimiento que llegó inesperadamente, con una intensidad y sin pedir permiso, necesita ser elaborado y sanado. Y eso lleva tiempo, paciencia, esperanza…, sobre todo, tiempo. Pero no podemos quedarnos indefinidamente en duelo, esta fecha tan señalada no debe regresarnos al mismo estado emocional en que vivimos la muerte de nuestros seres queridos… El proceso de duelo debe tener un final. Un final saludable. ¿Cómo sabemos que hacemos sanamente nuestros duelos?

En primer lugar, cuando puedes hablar de la muerte de tu ser querido sin llorar. No estoy diciendo que sanar la muerte de un ser querido es no hablar, sino hablar con serenidad, sin llorar. No estoy diciendo: “no lo recuerdes, porque así no vas a sufrir”. La sanación, el duelo, no es para olvidar, es para tener un recuerdo positivo y saludable. Por supuesto que esto depende también del tiempo que ha pasado desde la muerte.

Sabemos que hacemos un buen proceso de duelo cuando vivimos con un proyecto significativo de vida. Con un propósito, con una misión. Has hecho un buen proceso de duelo, si eres mejor esposa o esposo, mejor hijo, mejor hermano, mejor ciudadano.

Esta Fiesta de los Fieles Difuntos no puede ser -no es la intención de la fe- un revivir el desgarro de la separación, sino un impulso de esperanza al reencuentro gozoso con los amados. Es un día para sentir feliz a nuestro ser querido. El mejor homenaje no es hacer cosas por él, ni para él o para ella, sino que él te vea, desde el amor de Dios, feliz. El mejor homenaje es que te sientas amado por tu ser querido. ¿Cómo se puede sentir uno amado? Recordando los momentos compartidos, con la certeza de que ellos están en el amor de Dios y que nos envuelve ese amor de Dios. Para tener la seguridad de lo que nos dice san Pablo: “¡Qué victoria tan grande! La muerte ha sido vencida. ¿Dónde está muerte tu victoria, dónde está tu aguijón?…Demos gracias a Dios que nos da la victoria por medio de Cristo Jesús nuestro Señor” 1 Cor 15, 54-55.57

Andrea Duarte, consagrada del Movimiento de la Palabra de Dios y psicóloga

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