El Obispo de San Sebastián señala tres de las heridas de la sociedad postmoderna: el narcisismo, el pansexualismo y la desconfianza

El sábado 3 de noviembre tenía lugar la segunda de las ponencias del Congreso Nacional de Pastoral Juvenil, pronunciada por el Obispo de San Sebastián, monseñor José Ignacio Munilla Aguirre, responsable del Departamento de Pastoral de Juventud en la Conferencia Episcopal Española (CEE). La intervención ha llevado por título La evangelización de los jóvenes ante la emergencia afectiva.

Monseñor Munilla comenzaba afirmando que «para poder dirigirnos al joven de nuestros días, necesitamos primero conocerle (…) pero para eso debemos ir más allá del dato sociológico. Necesitamos conocer en profundidad a Jesucristo, ya que solo en Cristo conoceremos en profundidad al joven. Esta clave teológica es importantísima para poder interpretar lo que nos dicen las encuestas. Y aunque soy consciente de que a quienes no tengan fe les costará entenderlo, conviene recordar que esta convicción enlaza con lo mejor de nuestra tradición espiritual. Por ejemplo, en el Siglo de Oro Español decía la propia Santa Teresa de Jesús: A mi parecer, jamás acabamos de conocernos si no procuramos conocer a Dios». Posteriormente, ha reconocido que «uno de los motivos principales por el que nos está costando tanto que el Evangelio resuene en el corazón de los jóvenes, es porque nosotros mismos tenemos todavía un déficit importante para llegar al Corazón de Cristo, y conocer en Él su designio de misericordia hacia todos nosotros, jóvenes evangelizadores y jóvenes evangelizados». Por eso, y partiendo de la convicción de que podemos conocer el corazón del joven a la luz del Corazón de Cristo, ha ido desarrollando en la ponencia cómo está ese co-razón, cuáles son las heridas afectivas que sufre una buena parte de la juventud en España, y qué respuesta propone la Iglesia hoy. «La emergencia afectiva que padece esta generación -ha indicado- nos ofrece una oportunidad única para recordar a todos los jóvenes que Dios es amor, y que hemos sido creados con una vocación a la comunión de amor, que necesitamos descubrir para alcanzar nuestra plenitud».

Monseñor Munilla presentaba tres heridas profundas que padece la sociedad postmoderna, que dificultan conocer el verdadero rostro de Cristo y que, paradójicamente, necesitan del mismo Jesucristo para ser sanadas: narcisismo, pansexualismo y desconfianza.

Narcisismo

El narcisismo, como ha recordado el Obispo de San Sebastián, está ligado a la hipersensibilidad, a la absolutización de los sentimientos y temores, a la percepción errónea de que todo en la vida gira en torno a uno mismo. «Difícilmente se podrá superar la herida del narcisismo – ha subrayado monseño Munilla- si nos olvidamos del Dios que nos ha creado –hombre y mujer- a su imagen y semejanza, llamándonos a la comunión en el amor. Hombres y mujeres somos distintos y complementarios. Y de esta forma llegamos a entender que amar es promover el bien que hay en el otro; siendo esto incompatible con la tendencia narcisista que pretende ‘poseer’ al prójimo, asimilándolo a uno mismo, hasta el punto de hacerlo desaparecer (…) Sin la sanción de la herida del narcisismo es imposible la entrega generosa, que es un aspecto clave en el Evangelio».

El Obispo ha propuesto cuatro caminos en los que deberíamos incidir en estos momentos para la sanción herida del narcisismo: el anuncio del amor de Dios, que funda la autoestima; el cultivo de una espiritualidad equilibrada (mística-ascética); la aceptación humilde de la realidad y poner de manifiesto que las experiencias de acercamiento al sufrimiento del prójimo tienen una gran potencialidad sanadora en los jóvenes.

Pansexualismo

Una segunda característica de nuestro tiempo y de nuestra cultura es el fenómeno del pansexualismo o del hipererotismo ambiental que invade prácticamente todos los ámbitos y espacios. «Parece como si viviéramos una ‘alerta sexual’ permanente, que condiciona lo más cotidiano de la vida. El bombardeo de erotismo es tal que facilita las adicciones y conductas compulsivas, provoca innumerables desequilibrios y la falta de dominio de la propia voluntad, hasta el punto de hacernos incapaces para la donación. Es obvio que la fe y la religiosidad se ven seriamente comprometidas, en la medida en que jóvenes y adultos no sean capaces de mantener una capacidad crítica ante una visión fragmentada y desintegrada de la afectividad, la sexualidad y el amor. No es nada fácil vivir en coherencia los valores evangélicos en medio de una cultura dominada por el materialismo y el hipererotismo. Es más, ocurre que como hay muchos jóvenes que han nacido y crecido en este contexto cultural pansexualista, llegan a percibirlo como normal. Es lo que le ocurre a quien ha nacido y vivido a seis mil metros de altura: se ha acostumbrado a esa presión atmosférica. Pero aunque él no lo perciba subjetivamente, la presión atmosférica en la que vive, afecta objetiva-mente a su organismo y a su salud. Por ello, para poder percibir la herida afectiva de nuestra generación, es necesario partir de un profundo conocimiento antropológico y teológico de la vocación al amor que todos hemos recibido y llevamos grabada en lo más hondo de nuestro corazón».

Para ello, ha invitado a leer, entre otros, los documentos: “La verdad del amor humano. Orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar” (2012) y la Instrucción Pastoral que lleva el título de “La familia, santuario de la vida, esperanza de la sociedad” (2001), ambos de la Conferencia Episcopal Española.

Monseñor Munilla ha analizado cómo en nuestra cultura se ha perdido en buena parte el sentido y el valor de la sexualidad, al producirse «un divorcio entre sexo y procreación, entre amor y matrimonio y entre sexo y amor». Hoy la sexualidad «ha dejado de ser la expresión de la entrega total de dos personas que se aman, para pasar a ser un instrumento de diversión, e incluso un instrumento para hacerse daño el uno al otro». Al igual que ha hecho al plantear la primera herida, el obispo ha subrayado aquellos aspectos en los que a su juicio deberíamos incidir especialmente para sanar la herida del pansexualismo: rescatar la virtud de la castidad de su impopularidad, potenciar los cursos de formación afectivo-sexual y educar en la belleza.

Desconfianza

La herida afectiva de la desconfianza supone la sensación de no pisar suelo firme y el temor por el futuro. «En este terreno -ha apuntado- también les puede ocurrir a las nuevas generaciones, lo mismo que he señalado en referencia al pansexualismo: que no lleguen a percibir la dimensión del problema, porque han nacido inmersos en él. ¡Nos hemos acostumbrado a la presión atmosférica y ya no la notamos! ¡Pero no por ello dejamos de padecerla! Cuando hablamos con nuestros mayores y escuchamos el relato de su vida, nos impresiona comprobar hasta qué punto se han perdido las relaciones humanas de vecindad, de familia extensa, de amistades amplias, etc.

Uno de los fenómenos más determinantes en la extensión de esta herida afectiva de la desconfianza, ha sido el divorcio y la falta de estabilidad familiar. Cuando un niño o un adolescente desde su habitación escucha a sus padres discutir, faltándose al respeto, llega a albergar dolorosas dudas sobre si su familia continuará unida al día siguiente o si se tomará la decisión de la separación… No dudemos de que así se están poniendo las bases del síndrome de desconfianza. Cuando se desmoronan los cimientos familiares sobre los que debería sustentarse la estabilidad de la persona, las heridas afectivas son más que predecibles…

Por otra parte, hay que añadir que la crisis del principio de autoridad y de referentes morales, puede conllevar una dificultad a la hora de desarrollar la confianza en Dios. Muchos jóvenes han crecido sin modelos que les sir-van de referente y de los que sentirse orgullosos. Arrastramos numerosas heridas afectivas, que han generado en no pocos una especie de orfandad moral». Para sanar la herida de la desconfianza, monseñor Munilla ha propuesto experimentar la comunión en el seno de la Iglesia y educar a los jóvenes en la confianza.

El Obispo concluía con una interpelación esperanzada y realizada directamente a los jóvenes, recordando que la «emergencia afectiva que padece esta generación nos ofrece una oportunidad única para recordar a todos los jóvenes que Dios es amo, que hemos sido creados en una vocación a la comunión de amor, y que necesitamos des-cubrir la eterna novedad del Evangelio de Cristo para alcanzar nuestra plenitud. ¿Y sabéis una cosa?… ¡El corazón no es de quien lo rompe, sino de quien lo repara! Es decir, el corazón del joven, es del Corazón de Cristo».

Resonancias, Eucaristía, talleres, experiencias de evangelización en la calle y Vigilia de oración

A continuación de la ponencia comenzaron las resonancias en la que la Madre Prado, del Monasterio de la Conversión, habló sobre los momentos fuertes en el seguimiento de Cristo y Gonzalo Pérez-Boccherini, Delegado de pastoral juvenil de la diócesis de Getafe, sobre el acompañamiento personal.

A las 12:30 horas se celebraba la Eucaristía en la Catedral de Valencia, presidida por monseñor Munilla y por la tarde continuaron los talleres en los que se expusieron diferentes realidades eclesiales, nuevas comunidades y proyectos de evangelización y presentaron sus experiencias en diez templos distintos de la ciudad de Valencia. Se pueden consultar en www.cnpj2012.es/programa/talleres-sabado-3/

Para terminar la jornada del sábado, y tras el rezo de vísperas en distintas iglesias de Valencia, tuvo lugar a las 21:00 horas la experiencia de formación de misioneros y evangelización en la calle, «Una luz en la noche». A las 22:30 horas, el tercer día de Congreso concluía con la celebración de una Gran Vigilia de Adoración en la Catedral.

Toda la información y actualidad del Congreso se puede seguir en www.cnpj2012.es y en redes sociales, (Facebook y Twitter, con el hashtag #cnpj2012).

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