Sed santos

Mons. Atilano Rodríguez      En estos momentos, en los que todos experimentamos la profunda secularización de la sociedad y la creciente indiferencia religiosa de muchos bautizados, parece un contrasentido hablar de la santidad de Dios, del testimonio de los santos y de la invitación que Jesucristo hace a sus seguidores a no conformarse con una vida mediocre, sino a ser perfectos como el Padre celestial es perfecto.

Aunque la experiencia se encarga de recordarnos que los éxitos terrenos son pasajeros y no pueden colmar las esperanzas y las aspiraciones más profundas del corazón humano, sin embargo los criterios culturales, las normas sociales y los esquemas publicitarios nos dicen cada día que lo más importante para conseguir la felicidad y para vivir bien es buscar el éxito, el aplauso y el reconocimiento social.

Si no queremos dejarnos arrastrar por estas propuestas sociales y culturales, todos deberíamos preguntarnos: ¿Tiene sentido plantear en nuestros días la llamada a la santidad? ¿No estaremos proponiendo hoy cuestiones que pertenecen al pasado? Tomando buena nota de esta realidad contradictoria y alejada de Dios, los cristianos necesitamos con urgencia pararnos a contemplar la santidad de Dios, puesto que Él mismo se ha definido de este modo, cuando se dirige a Moisés exhortándole a él y a los restantes miembros del pueblo elegido a la santidad de vida: «Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo» (Lev 19,2).

Ahora bien, la contemplación de la santidad de Dios y la inserción en la vida santa de Dios en virtud del sacramento del bautismo no pueden dejarnos indiferentes, Por el contrario, han de ayudarnos a todos los cristianos a plantear con radicalidad la vocación a la santidad, pues como nos dice San Pablo: «Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (I Tes 4,3).

Dios, que es siempre mayor que nosotros, absolutamente libre, justo e imprevisible, nos invita por medio de su Hijo a vivir en comunión con Él, dando muerte en nosotros al pecado, asumiendo con gozo la cruz de cada día y correspondiendo con la máxima generosidad al designio de amor que tiene para cada uno de nosotros y para toda la humanidad.

La celebración de la fiesta de Todos los Santos es una buena ocasión para gozar de forma anticipada de la fiesta y de la alegría sin fin de la comunidad celestial y para reavivar nuestra esperanza de heredar un día la vida eterna. En la vida de los santos y en su testimonio de fe brilla de un modo especial la luz de Cristo, la tensión constante hacia la total entrega a Él y el rechazo de la mediocridad. Además, su testimonio nos asegura que la santidad es posible para todos, si somos coherentes con la fe que profesamos y si ponemos nuestra confianza en el Señor.

Invocando sobre todos la protección de tantos intercesores, recibid mi cordial saludo y bendición.

+ Atilano Rodríguez 
Obispo de Sigüenza-Guadalajara

Mons. Atilano Rodríguez
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Mons. D. Atilano Rodríguez nació en Trascastro (Asturias) el 25 de octubre de 1946. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Oviedo y cursó la licenciatura en Teología dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 15 de agosto de 1970. El 26 de febrero de 2003 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo, sede de la que tomó posesión el 6 de abril de este mismo año. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostado Seglar y Consiliario Nacional de Acción Católica desde el año 2002. Nombrado obispo de Sigüenza-Guadalajara el día 2 de febrero de 2011, toma posesión de su nueva diócesis el día 2 de abril en la Catedral de Sigüenza.