San Juan de Ávila y los Fieles difuntos: «El fin de todo es adorar a Dios en todo lo que hace»

Carta 37, A un su amigo. En Obras Completas, BAC (2000), Vol IV, pp.196-199

La gracia y consolación del Espíritu Santo sea siempre con vuestra merced.

Si la caridad hace, como dice San Pablo, llorar con los que lloran y gozar con los que gozan (Rom 12,15), mucha pena terná […] y mejor gozo terná por la gran merced que nuestro Señor hizo […], llevándole al verdadero gozo, cierto de nunca perderlo. Y pues somos llamados cristianos y llamamos al celestial Rey Padre (cf. Jn 8,41), no suene en nuestra boca otra cosa sino la que a hijos obedientes conviene y la que el unigénito Hijo dijo: Padre, no como yo quiero, mas como tú quieres sea hecho (Mt 26,39). Y ansí como tenemos carne para sentir el trabajo de los que acá quedan, tengamos espiritual fuerza para gozarnos del bien de los que al cielo han ido; y consuele el gozo a la tristeza, mayormente habiendo Él hecho lo uno y lo otro, el cual entonces más provee a sus hijos cuando al parecer sensual más parece desampararlos y mejores ganancias les trae cuando más parece llevarles.

No quita Dios sino para dar, no hiere sino para medicinar, no derriba sino para levantar, y, en fin, no mata sino para dar vida, y vida que nunca se acaba, por trabajos que muy presto se pasan. Ya descansa […] que acá trabajó; ya tiene lo que deseó y buscó y escogió; ya coge en gozo las lágrimas que acá sembró (cf. Sal 125,5); ya tiene Dios en seguro aquesta ánima, que nadie se la podrá llevar. Maduro estaba para cogerlo, y por eso lo arrebató Dios antes que la malicia mudase su entendimiento y el fingimiento engañase el ánima de él (Sab 4,11). No tienen los que lo aman por qué llorarlos como a muertos, pues viven delante el acatamiento de Dios, al cual agradan en la tierra de los vivos (cf. Sal 114,9).

Ni por lo que a estas señoras toca debemos desmayar el corazón; porque aunque sin madre y hermano quedaron acá, mas no sin Dios, que es Dios de los atribulados y desamparados, cuyos ojos miran el trabajo y dolor (cf. Sal 10,14), y donde menos humano favor hay, allí se precia Él más de enseñarlo. Padre se llama —y es— de los huérfanos (Sal 67,6); debajo de las alas de tal Padre no puede nadie llamarse por desamparado, mas por abrigado. ¡Oh cuánto va de criatura a Criador! Y aun el favor de nuestro padre [Gregorio] no se ha perdido; que el justo más puede después de muerto que en vida; pues estando vivo delante el trono de Dios, puede más aprovechar con su oración que acá con su cuerpo. Y pues ninguna razón consiente […] otra cosa creamos —por el derramamiento de la sangre de Jesucristo, al cual ellos amaron—, sino que viven para siempre con Dios, consuélense los que están en la tierra teniendo tales parientes en el cielo.

[…] Éste es el ánimo que el cristiano debe tener para andar en paz con Dios, no tener rincón ninguno en su casa que no tenga ofrecido a Dios. Y en esto no se hace mucho, pues Él todo se ofreció por nos, dando su honra, y fama, y vida, dejando a su Madre bendita tan afligida y a sus amados discípulos tan desabrigados. Pues ¿por qué no ofrecemos nuestro todo pequeño al que por nosotros ofreció su todo muy grande? ¿Por qué no fiaremos lo que somos y lo que tenemos de las manos que por nos se enclavaron en el árbol de la cruz? ¿Por qué nos parecen las tales manos muy pesadas, pues en todo y por todo son suaves, aun cuando nos parecen amargas? Señora, lo que se ha hecho, Dios lo ha hecho, y por ello sea su nombre bendito […] Y si hirió en algo a los que acá quedan, el que hiere dará la medicina. […]

[…] Esforcemos a caminar para allí, para a donde fuimos criados, y cuanto más entristecidos y llorosos, tanto nos juntemos más con Dios; e los males que aquí nos vienen, más nos ayudan a ir a nuestro Señor. Y ordenemos nuestra vida y pensemos en nuestra muerte, que no tardará mucho de venir. Y ansí vivamos, que cuando acabemos la jornada seamos hallados dignos de gozar […]. Y allí los veremos y conoceremos, no con temor de perderlos como acá, mas seguros de compañía eterna. Y allí parecerá ser merced lo que aquí pareció azote; y estaremos, ellos y nos, con el que nos crió y redimió, alabándole con todas fuerzas y cantándole para siempre sus misericordias. Allí nos esperan nuestros defuntos y allí nos llaman. Tengamos el cuidado allí, y sentiremos poco de aquí; y pensemos en nuestra muerte, y consolarnos hemos en la ajena. Que ésta no fue partida para muchos años; que el que hoy llora a otro, mañana llorarán por él. Y por eso el fin de todo es adorar a Dios en todo lo que hace, y aprovecharnos con la paciencia de los trabajos que Dios nos envía. Y adrezar nuestra vida para que antes nos podamos alegrar cuando se acabare que con remordimiento de conciencia temer.

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