Creemos en la Vida Eterna

Mons. Carlos Escribano      El mes de Noviembre comienza con la celebración de la Solemnidad de Todos los Santos. A esta le sucede la conmemoración de todos los fieles difuntos, en el que la Iglesia eleva su oración en favor de tantos hombres y mujeres que nos han precedido y que han finalizado ya su peregrinar por este mundo. La realidad de la muerte cuestiona siempre la vida y el corazón del hombre y del creyente. La vida eterna que sucede a la muerte, se presenta como un elemento fundamental en la experiencia cristiana y cobra especial relevancia en este Año de la Fe. En el comienzo de la Porta Fidei el Papa nos recuerda que atravesar la puerta de la fe “supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la Resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22)”. (Porta Fidei nº1).

Cada domingo en la celebración dominical reafirmamos esta verdad al recitar el Credo. La consideración de este artículo de la fe no es secundario, pues se trata del cumplimiento de toda la obra salvífica de Dios. ¿Qué sentido tendrían las demás verdades que profesamos y que están recogidas en el Símbolo de la fe, si toda la historia humana se precipitase sin más en el abismo de la oscuridad y de la muerte? La confesión de este último artículo – la resurrección de la carne y la vida eterna – nos ayuda a comprender la unidad que contiene en sí mismo el Credo, revelándonos, a su vez, la unidad del designio de Dios. Todos nosotros, también nuestros difuntos por quienes rezamos de un modo especial, en cuanto creados y amados por Dios, estamos destinados a una vida nueva, que es un don de Dios. La gran novedad del cristianismo, que sigue deslumbrando a la humanidad, es que Dios se ha manifestado al mundo por amor, entregando “a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3, 16). La Resurrección de Jesús de entre los muertos anticipa a todos los hombres la gloria futura e indica que todos los que estén unidos al Señor, con Él resucitarán. Nuestra fe y esperanza en la propia resurrección y en la vida eterna, nos libera interiormente del egoísmo y de la idolatría de las cosas de este mundo, nos libera para el amor de Dios y para el amor del prójimo, para la entrega de la vida en la búsqueda sincera de Dios y en el servicio a los hermanos.

El Papa nos recordaba el pasado año: “al ir a los cementerios y rezar con afecto y amor por nuestros difuntos, se nos invita, una vez más, a renovar con valentía y con fuerza nuestra fe en la vida eterna, más aún, a vivir con esta gran esperanza y testimoniarla al mundo: tras el presente no se encuentra la nada. Y precisamente la fe en la vida eterna da al cristiano la valentía de amar aún más intensamente nuestra tierra y de trabajar por construirle un futuro, por darle una esperanza verdadera y firme” (Audiencia 2-11-2011).

 + Carlos Escribano Subías,
   Obispo de Teruel y de Albarracín

Mons. Carlos Escribano Subías
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Monseñor Carlos Manuel Escribano Subías nació el 15 de agosto de 1964 en Carballo (La Coruña), donde residían sus padres por motivos de trabajo. Su infancia y juventud transcurrieron en Monzón (Huesca). Diplomado en Ciencias Empresariales, trabajó varios años en empresas de Monzón. Más tarde fue seminarista de la diócesis de Lérida -a la que perteneció Monzón hasta 1995-, y fue enviado por su obispo al Seminario Internacional Bidasoa (Pamplona). Posteriormente, obtuvo la Licenciatura en Teología Moral en la Universidad Gregoriana de Roma (1996). Ordenado sacerdote en Zaragoza el 14 de julio de 1996 por monseñor Elías Yanes, ha desempeñado su ministerio en las parroquias de Santa Engracia (como vicario parroquial, 1996-2000, y como párroco, 2008-2010) y del Sagrado Corazón de Jesús (2000-2008), en dicha ciudad. En la diócesis de Zaragoza ha ejercido de arcipreste del arciprestazgo de Santa Engracia (1998-2005) y Vicario Episcopal de la Vicaría I (2005-2010). Como tal ha sido miembro de los Consejos Pastoral y Presbiteral Diocesanos. Además, ha sido Consiliario del Movimiento Familiar Cristiano (2003-2010), de la Delegación Episcopal de Familia y Vida (2006-2010) y de la Asociación Católica de Propagandistas (2007-2010). Ha impartido clases de Teología Moral en el Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón desde el año 2005 y conferencias sobre Pastoral Familiar en diferentes lugares de España. Finalmente, ha formado parte del Patronato de la Universidad San Jorge (2006-2008) y de la Fundación San Valero (2008-2010). Benedicto XVI le nombró obispo de Teruel y de Albarracín el 20 de julio de 2010, sucediendo a monseñor José Manuel Lorca Planes, nombrado Obispo de Cartagena en julio de 2009. Ordenado como Obispo de Teruel y de Albarracín el 26 de septiembre de 2010 en la S. I. Catedral de Teruel.