Los cementerios, lugares de esperanza

Mons. Ramón del Hoyo    Muy queridos fieles diocesanos:

1. Uno de nuestros grandes clásicos, Jorge Manrique, escribió estos versos inmortales a la muerte de su padre don Rodrigo:

“Nuestras vidas son los ríos

que van a dar a la mar,

que es el morir…” 

Era un poeta profundamente creyente, por eso sus versos no son una elegía desgarrada y trágica sino un canto de esperanza fundada en su fe cristiana. Son una llamada a vivir la vida desde la dimensión de la fe. Por eso añade: 

“Este mundo bueno fue

si bien usásemos d´el

como debemos;

porque, según nuestra fe,

es para ganar aquel

que atendemos”.

 Nada más lejos de poeta que considerar como trágica la existencia. Trágico sería considerar la vida como un río que no puede librarse de desembocar en el mar de la muerte, para hundirse hasta el abismo y desaparecer. Nacer para morir y morir para desaparecer. Pero peregrinar por este mundo para “ganar aquel que atendemos” es darle a la vida un horizonte con sentido: prolongación de la vida en un estado nuevo. Como canta la Liturgia de exequias: “Porque la vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma…” 

2. Desde que existen humanos se han ocupado de los muertos y han procurado prolongar su existencia

Nuestros cementerios, con sus signos de afecto y fidelidad, son propiamente intentos de amor por retener de alguna manera al ser querido, de darle todavía un poco de vida. Nos consuela pensar que un poco del difunto sigue viviendo realmente entre nosotros. Si no él mismo, sí algo suyo. 

Ya la filosofía antigua había intuido y sentado la idea de que, para permanecer más allá de la muerte, debería la persona absorber en sí realidades eternas, como la verdad, la justicia y el bien. Cuanto más se tenga de lo eterno, tanto más permanecerás tú. Debes apegarte tu mismo a esa realidad eterna para que participes de la eternidad, sería su postulado. 

3. Apegarse a la verdad y pertenecer de ese modo a lo indestructible y eterno, no sólo es posible, sino una realidad gozosa a nuestro alcance desde le Encarnación de Jesucristo, Hijo de Dios. Él nos conduce a través de la noche de la muerte, que Él mismo atravesó. 

En Cristo muerto y resucitado, en aquel amanecer dichoso del día de la Pascua, adquiere sentido nuestra inmortalidad, contemplada desde esta fe. Unidos a Él somos uno e irrepetibles con todos los hermanos los hombres creados, y, el triunfo de Cristo, arrastra y lleva consigo a toda la creación. 

Esta es la vida definitiva, la vida eterna, a la que miramos ahora solo desde la tiniebla, la vemos desde la fe como en un espejo. Pero, en definitiva, el enigma de la muerte recibe solo respuesta desde le Revelación de Dios: Si Dios existe, el Dios que nos ha mostrado Jesucristo, entonces es que hay vida eterna y entonces, también, la muerte es un camino de esperanza. 

Si existe Dios y ese Dios quiere al hombre queda claro que su amor puede lo que el nuestro en vano pretende: conservar en vida al ser amado más allá de la muerte. Dios sí puede retener, no sólo ideas y recuerdos, sino a cada uno en su propio ser creado

4. Dios está en su Hijo Jesucristo, que entregó su vida en la Cruz y un día dijo, con el asombro de quienes lo rodeaban: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25). Clavado en la cruz, agonizante, aseguró al criminal crucificado a su lado: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43) 

Atravesando por su propia muerte y fuera ya del sepulcro dijo a sus discípulos, incluidos nosotros: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas… voy a preparar un lugar para vosotros” (Jn 14,2) 

Dios camina junto a nuestras vidas y se nos ha manifestado en su Hijo Jesucristo. Por Él nos repite una vez más, en este mes de los difuntos, para afianzar nuestra fe: “Yo soy la resurrección y la vida: el que crea en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre” (Jn 11,25-26) 

Repitamos el Credo de nuestra fe: “Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna”

Aceptamos desde la fe nuestra muerte, junto a Jesucristo, y oramos por nuestros difuntos. 

¡Descansen en paz!. Amén 

+Ramón del Hoyo

Obispo de Jaén

 

Mons. Ramón del Hoyo
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Mons. Ramón del Hoyo nació el 4 de septiembre de 1940 en Arlanzón (Burgos). Cursó estudios en los Seminarios Menor y Mayor de Burgos, entre 1955 y 1963. Obtuvo la Licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de Salamanca (1963-1965) y el Doctorado en la Pontificia Universidad Angelicum (1975-1977). Fue ordenado sacerdote para la archidiócesis de Burgos el 5 de septiembre de 1965. CARGOS PASTORALES Su ministerio sacerdotal lo desarrolló en la diócesis burgalesa. Comenzó como coadjutor de la parroquia de Santa María la Real y Antigua y Director espiritual de la Escuela media femenina “Caritas”, entre 1965 y 1968. Desde este último año y hasta 1974 fue Notario eclesiástico y Secretario del Tribunal Eclesiástico. Además, en el año 1972 fue nombrado Provisor-adjunto de la Curia de Burgos y en 1978 Provisor, cargo que desempeñó hasta 1996. También fue Vicario Judicial del Tribunal Eclesiástico Metropolitano desde el año 1978 y hasta 1993, cuando fue nombrado Vicario General y Canónigo y Presidente del Capítulo Catedral Metropolitano. Estos cargos los compaginó, desde 1977 y hasta su nombramiento episcopal, con la docencia en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos, como profesor de Derecho Canónico. El 26 de junio de 1996 fue nombrado obispo de Cuenca y recibió la ordenación episcopal el 15 de septiembre del mismo año. El 19 de mayo de 2005 se hacía público su nombramiento como obispo de Jaén, diócesis de la que tomó posesión el 2 de julio de 2005. El papa Francisco acepta su renuncia al gobierno pastoral de esta diócesis el 9 de abril de 2016 y le nombra administrador apostólico hasta la toma de posesión de su sucesor,el 28 de mayo de 2016. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, de la que fue presidente de 2005 a 2011. Ha sido miembro del Consejo de Economía desde 2012 a 2017. También fue miembro de la “Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia”, que se creó con el encargo de preparar la Declaración y la promoción de la figura del nuevo Doctor.