La alegría de nuestra fe: Dios Padre (4)

Mons. Braulio Rodríguez      Una de las consecuencias más hermosas de aceptar a Dios como Creador es que el creyente reconoce en la naturaleza el maravilloso resultado de la intervención creadora de Dios; también es posible entender que el hombre puede utilizar responsablemente los recursos de la naturaleza, para sus legítimas necesidades, respetando el equilibrio que la creación misma contiene. Si se desvanece esta visión sobre la naturaleza, se acaba más tarde o más temprano por considerarla o como un tabú intocable o, al contrario, por abusar de ella. Es claro que ambas posturas no son conformes con la visión cristiana de la naturaleza, fruto de la creación de Dios.

De la Revelación de Dios, pues, deducimos que la naturaleza es expresión de un proyecto de amor y de verdad. Lo cual es sumamente importante para dar sentido a nuestra existencia de hombres y mujeres, porque reconocemos que la naturaleza nos precede y nos ha sido dada por Dios como ámbito de vida. Yo temo que, si desde pequeños, nuestros niños no experimentan esta realidad, el entorno, el cuidado, la vida misma se vuelve problemática y se oscurece la visión de Dios. Así comprendo yo que san Pablo nos diga que la naturaleza nos habla del Creador (cf. Rom 1,20) y de su amor a la humanidad. Es más, la naturaleza está destinada a encontrar la “plenitud” en Cristo al final de los tiempos, como afirma el Apóstol en Ef 1,9-10; Col 1,19-20. Quien desprecia o abusa, pues, de la naturaleza, de la creación no se da cuenta como en nuestra fe lo que llamamos natural o material está relacionado, en la obra de redención de Cristo, con todo un mundo espiritual que ha sido afectado por la resurrección de Jesucristo.

La naturaleza, pues, está a nuestra disposición no como “un montón de desechos esparcidos al azar”, que dijo un filósofo, sino como un don del Creador que ha diseñado sus estructuras intrínsecas para que el hombre descubra la orientaciones que se den seguir para “guardarla y cultivarla” (Gn 2,15). Es muy acertado, por ello, lo que ha repetido muchas veces Benedicto XVI: en la creación, en la naturaleza, nosotros los humanos podemos leer la huella de Dios en ella, porque ésta contiene una gramática que nos permite comprenderla, algo así como cuando leemos un texto cuyos párrafos nos dan comprensión de los que allí se quiere expresar. Muchos contemporáneos nuestros no saben o no pueden leer de este modo la naturaleza que les permita encontrar sentido a la creación, a la realidad que nos rodea. Pero esa gramática existe y los creyentes no podemos minusvalorar esa posibilidad de diálogo con los que no creen para ayuda mutua o diálogo humano, siempre necesario.

Sin embargo, es preciso subrayar que es contrario al verdadero desarrollo considerar la naturaleza como más importante que la persona humana. No es buen camino, porque conduce a unas actitudes ante la naturaleza que se pueden denominar neopaganas, o estaríamos ante un nuevo panteísmo. Con otras palabras, la salvación del hombre no puede venir únicamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista, como si el cosmos se hubiera hecho a sí mismo.

Pero tampoco es muy razonable la postura contraria: la que mira a la completa tecnificación de la naturaleza. Para nosotros, el ambiente natural que nos rodea no es sólo materia disponible a nuestro gusto, sino obra admirable del Creador y que lleva en sí una “gramática” que indica finalidad y criterios para un uso inteligente, no instrumental y arbitrario de la creación, de la naturaleza. La Iglesia ha rezado desde siempre al Creado: “¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra! … Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para mirar por él?” (Salm 8, 2. 4-5).

+Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.