A Guadalupe con San Juan de Ávila

Mons. Demetrio Fernández     La peregrinación a Guadalupe es ya clásica en nuestra diócesis de Córdoba. Estamos este año en la 17ª edición. Es un momento gozoso de encuentro de jóvenes de toda la diócesis, unos cuantos centenares, que viven la parábola de la vida caminando juntos al encuentro del Señor de la mano de María. Guadalupe es un lugar santo, es el título de la Virgen de las Villuercas en Extremadura. 

Guadalupe también es una experiencia viva de algo nuevo para muchos jóvenes. Guadalupe es encuentro, es comunión, es aliento para caminar en la vida. Guadalupe es ocasión de descubrir la propia vocación o afianzar la vocación ya encontrada. En Guadalupe se ha afianzado el noviazgo y matrimonio de bastantes jóvenes. En Guadalupe se ha confirmado la vocación a la vida consagrada o al sacerdocio de muchos otros. Guadalupe es siempre ocasión de ofrecer lo mejor de sí mismo a María, “pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza”.

 Este año vamos a Guadalupe con san Juan de Ávila, nuevo doctor de la Iglesia universal, clericus cordubensis (cura diocesano secular de la diócesis de Córdoba). Juan de Ávila fue un joven inquieto, inconformista, con grandes ideales en su corazón. Hijo de familia acomodada, tenía el futuro resuelto, pero no estaba satisfecho. Su encuentro con Jesucristo le cambió la vida, y lo perdió todo por Él. Vendió sus bienes (que eran muchos) y los repartió entre los pobres de su pueblo, Almodóvar del Campo (Ciudad Real). Se hizo cura y quería ir lejos, a misiones, a predicar el gran descubrimiento de su vida: Que nuestro Dios es amor, que María es nuestra madre del cielo, que vale la pena darle la vida al Señor y gastarla en el servicio a los demás. Le retuvieron en Andalucía y salimos ganando.

San Juan de Ávila es para todos los públicos, no sólo para gente selecta. El fue un gran catequista, preocupado por niños, adolescentes y jóvenes, deseoso de su formación y de que conozcan a Dios, fundó colegios por todas partes. En Córdoba, el colegio de la Asunción y el de San Pelagio. Y llegó a fundar la universidad de Baeza.

Tenía fuego en su predicación y no adormecía a la gente. Al oírle, muchos se convertían, cambiaban de vida, se encontraban con Dios. San Juan de Dios es un caso típico: al oír un sermón de Juan de Ávila, dejó todo y como un loco gritaba por las calles de Granada que Dios es amor. Y se puso a atender a pobres y enfermos en su hospital, para el que recibió muchas limosnas de Juan de Ávila. Otros muchos santos de su tiempo acudían a él buscando consejo y aliento: San Francisco de Borja, San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Jesús, San Pedro de Alcántara, San Juan de Ribera, etc. Fue un verdadero maestro de santos en su tiempo y ha ejercido un gran influjo posteriormente. Podemos decir que alentó la gran renovación de la Iglesia, alentando la reforma del corazón de muchos.

Sabía Juan de Ávila que la Iglesia se renueva si hay curas nuevos, que no se conforman con lo que hay, que buscan a Jesucristo en serio y aspiran a ser santos, abrazando la Cruz con decisión y dando la vida para que otros tengan Vida. Y se le juntaron un grupo de curas jóvenes, que él no se guardó para sí, sino que los fue orientando por distintos carismas en la Iglesia, muchos de ellos curas diocesanos de Córdoba. Dejó una fuerte impronta en el presbiterio de Córdoba, y hoy Juan de Ávila es referente para los curas diocesanos seculares, de los que fue declarado patrono por Pio XII en 1946.

¿De qué congregación es Vd?, nos han preguntado muchas veces a los curas diocesanos. Somos como san Juan de Ávila. Nuestro carisma es vivir en torno al obispo y entregados a esta parcela de la Iglesia que es la diócesis, con el mismo espíritu que los grandes fundadores, con el gran deseo de renovar la Iglesia, y afrontando la nueva evangelización en la diócesis. La diócesis de Córdoba necesita más curas, y éstos del estilo de san Juan de Ávila. El camino a Guadalupe lleve esta intención hasta los pies de la Virgen.

“Más quisiera estar sin pellejo, que sin devoción a María”, decía San Juan de Ávila. Jóvenes que vais a Guadalupe, decidle a la Virgen vuestro amor. Ella os presentará a su Hijo Jesús y os presentará el precioso horizonte de la nueva evangelización, que necesita santos para realizarla.

Recibid mi afecto y mi bendición:

 + Demetrio Fernández

Obispo de Córdoba

 

Mons. Demetrio Fernández
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Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.