“Una fe triste no atraerá a nuestros contemporáneos”, sostiene Santiago del Cura, Catedrático de la Facultad de Teología del Norte de España

Este mes el Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias, ISTIC, abría en La Laguna su curso 2012-2013 y lo hacía con la Lección Inaugural “Redescubrir el gozo de la fe: reflexiones para tiempos de precariedad creyente”.

El profesor que ofreció esta clase magistral fue Santiago del Cura, quien ostenta el cargo de Catedrático de la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos, siendo especialista en Teología Sistemática.

Justamente, Del Cura aseguraba algo que en cierto modo repitió Benedicto XVII, el pasado 12 de octubre en Roma, cuando proclamaba la apertura del “Año de la Fe”: “una fe triste no podrá ejercer hoy atracción sobre nuestros contemporáneos”.

– El pasado 11 de octubre se celebraban los 50 años del Concilio Vaticano II, ¿un buen momento para “redescubrir el gozo de la fe”?

– “Para ello, todos los momentos son buenos, aunque éste revista un alcance especial, tal como indicaba Benedicto XVI en la carta de convocatoria del Año de la Fe. En distintos momentos de la carta él habla de redescubrir el gozo, la alegría, la belleza de la fe. Son acentos que merece la pena retener, pues no se trata sólo de redescubrir la fe, en el sentido de los contenidos creyentes y de la actitud subjetiva de quien cree, sino también de hacerlo encontrando un horizonte que otorgue a la existencia humana fundamento, sentido y esperanza. Una fe triste y apesadumbrada, quejumbrosa u oprimente, repulsiva o insípida, difícilmente podrá ejercer hoy día poder alguno de atracción ni de fascinación sobre nuestros contemporáneos”.

– ¿La precariedad de la fe guardará mucha relación con los tiempos de crisis que corren?

– “Se inserta en la crisis y es un exponente de la misma. Al hablar, no obstante, de precariedad creyente, me refiero a la situación actual caracterizada por un pluralismo religioso y cosmovisivo, en el que se dan tendencias no sólo diversas, sino también de signo contrario. Por un lado, la crisis religiosa parece alcanzar niveles de difusión y de radicalidad hasta ahora desconocidos, donde se va configurando una cultura postreligiosa, que en Europa es sobre todo postcristiana. De otra parte, la capacidad de resistencia y adaptación demostrada por la fe, así como la crisis innegable de la modernidad ilustrada y de la razón secular, hacen que la misma cultura actual se califique también de postsecular. De algún modo podríamos decir, por tanto, que la precariedad afecta a la fe, pero también a la increencia contemporánea”.

– ¿La crisis de fe, de valores, que afecta a la sociedad, es un fenómeno cíclico o especialmente se trata de un hecho propio del siglo XXI?

– “Crisis de fe, o de valores imperantes en una sociedad, en mayor o menor intensidad, ha habido siempre en las distintas épocas de la historia. Lo nuevo en la nuestra, limitado en cualquier caso al mundo occidental europeo, es el carácter masivo, aparentemente aproblemático, de la indiferencia religiosa. El acostumbrarnos progresivamente a vivir ‘como si Dios no existiera’. He aquí el gran reto al que nos enfrentamos los creyentes. Pero a este respecto quisiera añadir que nosotros mismos necesitamos siempre redescubrir el gozo de la fe profesada y vivida. Pues la historia de la fe es en cada persona un proceso con altos y bajos, con crisis y con certezas, incluso los santos y místicos más profundos pasan por noches obscuras. Nadie puede estar seguro de que permanecerá siempre fiel, la tentación de la incredulidad no es ajena al que dice ‘Señor, yo creo, ayuda mi incredulidad’”.

– La Jornada Mundial de la Juventud de Madrid en 2011 dejó claro que los jóvenes no miran a otro lado cuando la fe los llama; ¿dónde habita entonces el problema de la increencia?

– “Ocasiones como ésta confirman que también entre los jóvenes es posible hoy día confesar la fe cristiana, vivirla con convicción y celebrarla con gozo. Robustecen además la misma fe, al experimentar el vínculo que une a tantos miles de jóvenes creyentes en las latitudes más diversas. Pero la increencia habita también entre los jóvenes, entre los muchos que ni estuvieron allí, ni compartían las convicciones cristianas, ni se sentían interpelados. La realidad cultural y social no es, pues, uniforme y deja espacio tanto para la fe como para la increencia, pues la situación en que vivimos puede calificarse a la par de postcristiana y postsecular. La JMJM de 2011 invita a verificar si los diversos estupefacientes antirreligiosos de la cultura mediática en la que vivimos tendrán largo alcance. Pues resulta que el Dios de la fe cristiana, dado por muerto en repetidas ocasiones, sigue respirando; el suyo es un rumor inmortal”.

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