Monseñor Gerardo Melgar, Obispo de Osma-Soria: "Es necesario que Dios vuelva a resonar bajo los cielos de Europa y que esa palabra santa no se pronuncie en vano”

strong>Homilía del Obispo de Osma-Soria, monseñor Gerardo Melgar Viciosa, para la Apertura del Año de la fe

Muy queridos hermanos y hermanas:

Hoy, 11 de octubre, ha tenido lugar en Roma -si bien para la Iglesia universal- la apertura del Año de la fe. Hoy, 11 de octubre, se cumple el 20 aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica. Además, hoy, hace cincuenta años, tenía lugar la solemne apertura del Concilio Vaticano II. Es por eso por lo que -en esta tarde del 11 de octubre- nos hemos reunido nosotros, los agentes de pastoral de nuestra Diócesis de Osma-Soria, los miembros de las distintas Delegaciones diocesanas, los que quieren vivir en profundidad su misión de ser misioneros al servicio de la Misión diocesana “Despertar a la fe” para escuchar de labios del Señor Jesús el envío que Él nos hace a todos y cada uno de nosotros: “Id […] y haced discípulos” (cfr. Mt 28, 19).

Con estas palabras somos enviados a esta gran misión hoy. Un envío que es un acontecimiento muy propicio para mirar al futuro con esperanza, y dar un nuevo y vigoroso impulso al mandato de Jesús de llevar a todos los hombres por el camino de la salvación. El Señor nos invita y nos envía a hacer discípulos de todas las gentes; es un deseo que nace de la mirada de Jesús, llena de amor, que nos anima a mirar el mundo con su misma mirada y a preguntarnos: ¿cuáles son las esperanzas, los temores y necesidades de nuestra gente, y cual es la aportación de nuestra Iglesia diocesana y de cada uno de nosotros?.

Es el Papa Benedicto XVI quien nos ofrece la respuesta en aquella homilía que pronunció cuando visitó Santiago de Compostela en el año 2010: “Nuestra aportación debe centrarse en una realidad tan sencilla y decisiva como ésta: que Dios existe y que es Él quien nos ha dado la vida. Sólo Él es el absoluto, solo Él es el amor fiel e indeclinable […] Es una tragedia que en Europa, en el S. XX, se afirmase y se divulgase que Dios es el antagonista del hombre y el enemigo de la libertad […] Dios es el origen de nuestro ser, el cimiento y culmen de nuestra libertad […] Es necesario que Dios vuelva a resonar bajo los cielos de Europa y que esa palabra santa no se pronuncie en vano”.

Estas palabras de Benedicto XVI referidas a toda Europa son igualmente válidas para nosotros, para nuestra Iglesia soriana, para nuestras gentes, para nuestras familias, para nuestras parroquias; lo afirmado por el Papa es una realidad tangible en medio de nosotros. Por eso, la misión es urgente: “Caritas Chisti urget nos” escribió San Pablo (2 Co 5, 14); en efecto, porque “el amor de Cristo nos apremia” debemos abrir los ojos de los hombres y mujeres de nuestro tiempo a la transcendencia y a la fraternidad; debemos moverles hacia el Dios vivo y verdadero.

Evangelizar no es para nosotros un motivo de gloria sino una necesidad: “Ay de mí si no evangelizare” (1 Co 9, 16), ‘gritaba’ San Pablo. Como decía Pablo VI en “Evangeli nuntiandi”: “Dios puede salvar al mundo de muchas maneras distintas y sin nuestra evangelización pero ¿nos salvaremos nosotros si no evangelizamos?”. Sí, la Iglesia existe para evangelizar; la evangelización es la razón de su existencia, y la de todos y cada uno de nosotros como cristianos y miembros de esa Iglesia.

Los cambios habidos en los últimos tiempos en nuestra sociedad hacen que esta tarea sea cada vez más urgente y, en cierta medida, nueva. Por eso podemos preguntarnos: ¿qué es la misión? La misión es ‘envío’: “Como el Padre me ha enviado, así os envío Yo” (Jn 20, 21). Esta misión nos llama a escuchar de nuevo este envío dirigido a cada uno de nosotros y a responder con entusiasmo y ardor. El Señor nos llama a todos y cada uno para que -en el seno de la Iglesia, de nuestra Diócesis, animados por el Espíritu- anunciemos el Evangelio a quienes no lo han recibido plenamente, a los que en otro tiempo lo recibieron pero se alejaron de él y viven como si nunca lo hubieran recibido, y también a aquellos que se confiesan no creyentes. Debemos de ser conscientes, eso sí, de que en nuestro envío misionero y en la realización del mismo nos vamos a encontrar -como se encontraron los Apóstoles- con personas que abren gozosamente su corazón a la Palabra de Dios y también personas que se cierran. Vamos a encontrar acogida y rechazo; personas con modos de pensar y vivir que están alejadas de la búsqueda de Dios y de la Verdad.

La realización del envío misionero hemos de vivirla con unas convicciones fundamentales:  el hombre actual está, a menudo, confuso y no logra encontrar respuestas a sus más importantes interrogantes vitales;  el hombre del S. XXI necesita urgentemente encontrar un sentido a la vida;  el hombre actual se pregunta, ante determinados acontecimientos, “¿qué estoy haciendo yo con mi vida?” “¿por qué no logro apartar de mí esta situación de tristeza y de vacío que a veces me invade?”;  el ser humano no puede vivir sin Dios porque en su interior lleva el sello del Dios creador como recordaba San Agustín: “nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.

Con estas convicciones debemos realizar esta misión a la que somos enviados, convencidos de que estamos en una situación propicia para ayudar al hombre actual a dirigir su mirada hacia Dios, que ha venido al mundo a salvar a todos y a ofrecer a todos la verdadera libertad y el verdadero sentido de la vida. No sólo el hombre busca, aún sin saberlo, tantas veces a Dios; ¡es Dios mismo quien busca al hombre pues, en Jesucristo, Dios no sólo habla al hombre sino que lo busca!.

Es cierto que el hombre actual, hijo de una cultura que piensa exclusivamente, ‘de tejas para abajo’, se ha alejado de Dios y se ha escondido como Adán entre los árboles de este paraíso terreno; engañado por Satanás, se ha proclamado a sí mismo Dios, y quiere gobernar el mundo a su arbitrio, sin tener que contar para nada con la voluntad divina, con sus leyes, con la Ley natural. Dios quiere que el hombre salga de este callejón sin salida, de ese camino del mal en el que se ha metido; es para esta tarea para la que cuenta con nosotros y es esta tarea la razón del envío a la misión que hoy nos hace.

Hermanos y hermanas: no olvidemos jamás que debemos participar en la misión a la que Dios nos llama bajo la acción del Espíritu Santo, dejándonos guiar por sus inspiraciones, dejándonos comprometer por sus llamadas, siendo nosotros auténticos discípulos y seguidores del camino del Señor. Participemos en la misión siendo auténticos testigos: nuestro mundo tiene sed de verdad y de autenticidad; por eso nos pregunta constantemente: ¿creéis de verdad lo que anunciáis? ¿vivís lo que creéis? ¿predicáis lo que creéis?.

El envío del Señor nos compromete como discípulos y seguidores valientes, enamorados de su Persona y de su mensaje, porque -en la fe como en otros muchos campos- nadie puede dar lo que no tiene. Por eso, para cumplir bien la misión a la que somos enviados, hemos de dejar que el Señor convierta nuestro corazón a través de la meditación de su Palabra para que, desde ella, encontremos el camino auténtico de discípulos y seguidores de Jesús. La misión nos compromete no sólo a vivir con autenticidad nuestra fe sino que debe llevarnos al compromiso de comunicarla, de llevarla a otros para acercarles a Dios; sí, debemos llevar el mensaje salvador al corazón del mundo, como decía el beato Juan Pablo II o, como dice tantas veces Benedicto XVI, debemos tener la convicción de que la fe no es un tesoro que recibimos para guardárnoslo para nosotros solos sino que hemos de comunicarla y transmitirla con profunda alegría a los demás.

El encuentro con Jesús y su mensaje llena la vida del creyente de felicidad y de gozo; así, no puede menos que hablar de ella a los demás, transmitirla a otros para que ellos también puedan experimentar la paz, la liberación y la alegría de creer en Jesucristo. Desde este gozo que nace de nuestro encuentro con el Señor, que nos hace vivir personalmente la alegría de la fe, experimentamos el impulso para comunicar esta misma alegría de la fe a los demás siendo apóstoles y misioneros en nuestro propio campo vital y desde nuestra propia vocación.

Queridos hermanos: el Señor deja en nuestras manos esta misión trascendental. Trabajemos con ilusión; recordemos siempre -cuando nos acepten y cuando nos rechacen- que todo lo hacemos en el nombre del Señor y que Él está con nosotros; dejemos, así, que el Espíritu Santo dirija nuestra tarea. Seamos valientes y comprometidos buscando todos los medios posibles para acercar a los hombres a Dios y jamás olvidemos que es Dios mismo quien nos busca para comunicarnos su amor. Todos necesitamos experimentar el gozo de la fe, encontrar sentido a nuestra vida y convertir nuestro corazón al Señor para que Él sea el patrón de la nave de nuestra vida que nos conduzca en medio de las aguas procelosas hasta la orilla de la salvación. Que así sea.

+ Mons. Gerardo Melgar Viciosa
Obispo de Osma-Soria

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