Dios llora en la tierra

Mons. Jesús Sanz   Eran los días previos de mi entrada como nuevo arzobispo en la Diócesis de Oviedo.

Tuvimos noticia de un tremendo terremoto que asoló Haití. Escribí una carta que quise titular precisamente así: “Haití, Dios llora en la tierra”. He vuelto a releer in situ aquellas líneas que escribí desde la distancian sin hacerme una idea tan real de lo que en esta tierra caribeña de Haití estaba sucediendo y todavía hoy sucede. Una vez más nos saltaron las alarmas. De nuevo fuimos humillados en donde más nos duele: los pobres más pobres. No es la mano justiciera de un hada vengativa que se ríe de los opulentos del tener y del poder, sino un extraño e indeseado infortunio que se zafa ante un pueblo de por sí precario y mendigo.

Haití ha sido y sigue siendo en su interminable morgue, un tremendo dedo acusatorio que no sabemos a quién se dirige ni quién lo enarbola. Pero un dedo que se mete intruso en nuestra llaga más vulnerable y nos hace espantarnos ante una tamaña tragedia que nos deja sin hálito, sin palabra, sin nada. Y así lo hemos vivido y lo seguimos viviendo. Así lo he podido comprobar estos días entre ellos. Suele ser una estadística de urgencia la que nos dan los informativos locales: cuántos han perecido en tal o cual accidente, catástrofe, atentado. No se trata de la cuestión de cuántos compatriotas hay bajo los escombros, o cuántos de los nuestros sean quienes sean éstos. Da casi lo mismo, y aunque no podemos ser insensibles a nuestro terruño y más a nuestra sangre, la muerte nos hace a todos iguales y lo único que nos sobrecoge es el hecho en sí mismo, sin pasaporte en ristre, sin parentesco, sin credenciales.

Me he vuelto a preguntar aquí la pregunta difícil: por qué suceden estas cosas, e incluso no faltan quienes se interrogan sobre el quién es el responsable. Y no se halla respuesta a ninguna de las dos cuestiones por más vueltas que le demos: por qué suceden estas cosas que tanto nos duelen, quién sería el responsable al que dirigir nuestra protesta.

Y sin embargo, sí que existen esas respuestas por más que sea complejo hallarlas. Por un momento, nos damos cuenta de cuántas cosas a diario gozamos, tenemos, intercambiamos, dando por supuesto que todo eso debe ser así, dándolo por descontado, perdiendo demasiado a menudo el horizonte del don que significa el hecho de vivir, de caminar, de ver y oír, de amar. Acaso, a fuerza de sernos cotidianas todas estas cosas, perdemos de vista que suponen un regalo continuo, un don permanente.

En segundo lugar, el hecho de que los medios de comunicación nos acerquen en tiempo real lo que está sucediendo a miles de kilómetros, nos permite situarnos dentro de esta aldea global con una conciencia de proximidad que no permite que seamos indiferentes. No estamos asistiendo impávidos a una catástrofe que no tiene que ver con nosotros, que no nos afecta, sino que sentimos la necesidad no sólo de agradecer lo que tenemos como don y regalo, y hacer algo por quienes de pronto todo lo han perdido. Esta solidaridad nos hace humanos, nos saca de nuestros agujeros de seguridad y de nuestras fugas egoístas. Y nos permite adivinar con saludables sobresaltos que la humanidad no empieza ni termina en el patio de mi casa que es particular, sino que hay demasiados rincones de este mundo en donde hay gente que sufre, que está falta de libertad, de paz, de pan, de dignidad, de afecto, de fe. Una tragedia así, nos hace despertar de nuestras dormideras.

Cuando Dios llora por compasión

Pero luego llega siempre la inevitable gran pregunta que tantos se han hecho: ¿y Dios, dónde estaba? Es la pregunta que se hicieron los dos últimos Papas, Juan Pablo II y Benedicto XVI, cuando se acercaron al campo de concentración de Auschwitz: ¿dónde estaba Dios? Sin duda que no estaba jugando al golf, haciendo turismo estirado o distrayéndose podando bonsáis. En primer lugar Dios estaba en las víctimas, muriendo con ellas una vez más. Pero también está en la gente que está entregado su tiempo, su dinero, sus talentos y saberes para ayudar a sus hermanos: ahí están las manos de Dios repartiendo ternura, ahí sus labios diciendo palabras consoladoras, ahí sus silencios cuando es callando como se dicen las mejores cosas, ahí su corazón cuando sabe palpitar con el latido de la gente que tiene entraña.

Algunos periodistas me han hecho en estos días la pregunta: si ha habido corrupción en la gestión de las ayudas, ¿no sería mejor dejar de ayudar para evitar que a costa de los pobres haya gente desalmada que se aprovecha a mansalva? Es difícil esta cuestión, porque la corrupción va pareja como indeseable circunstancia que de hecho se da en estas tragedias. Es como un dolor añadido al mucho sufrimiento que se tiene ya.

Pero sería injusto pensar que una catástrofe natural como la sucedida en Haití hace algo más de dos años, es una gran tapadera para que se engorden los que no tienen escrúpulos y roban siempre que pueden y a cualquiera. Hay mucha gente que está siendo esos ojos, brazos, labios, pálpitos de Dios. Sacerdotes, religiosos, laicos, que con la acostumbrada generosidad y honestidad justa, han entregado lo que son, lo que tienen, y se han puesto a administrar honrada y eficazmente las ayudas que aquí llegan. Junto a los cristianos que por amor a Dios y a sus hermanos hacen esto y lo hacen bien, hay también muchos voluntarios que desde diferentes motivaciones han llegado aquí para entregar lo mejor de ellos mismos.

Siempre recuerdo el poema italiano: un árbol podrido cuando cae, lo hace siempre con estruendo y destrozo, mientras que un bosque entero que sabe estar enraizado crece en silencio y haciendo mucho bien. No nos rasguemos hipócritamente las vestiduras por los árboles de la corrupción hasta el punto de impedirnos ver con agradecimiento y esperanza el bosque de la bondad. Que este árbol, no nos impida ver el bosque.

Termina nuestro paso por Haití. Hicimos dos visitas últimas: las ruinas de la Catedral y el tremendo panorama del hospital psiquiátrico. Mensajeros de la Paz llevaron un importante cargamento de medicinas para este centro. Hay muchas personas, incluso bien jóvenes, profundamente desquiciadas por la situación que sigue viviendo el país. El clima de hacinamiento, de falta de higiene y de medios, y el sistema de aislamiento que pude ver con mis ojos acompañando al director de ese psiquiátrico, me hicieron saltar las lágrimas más de una vez. También Dios llora en esta tierra, no por la impotencia de cuanto Él desea darnos, sino por la compasión que no deja de brindarnos por su misericordia entrañable.  

+Fr. Jesús Sanz Monstes, ofm

Arzobispo de Oviedo

 

 

 

Mons. Jesús Sanz
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Mons. Jesús Sanz Montes nació en Madrid el 18 de enero de 1955. Ingresa en el Seminario Conciliar de Toledo en 1975 donde realiza los estudios institucionales teológicos (1975-1981). En 1981 ingresa en la Orden Franciscana, haciendo su profesión solemne el 14 de septiembre de 1985 en Toledo. Es ordenado sacerdote el 20 de septiembre de 1986 en Alcorcón (Madrid). El 14 de diciembre de 2003 es ordenado obispo en la Catedral de Huesca. En la actualidad es Arzobispo de Oviedo y Presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada de la Conferencia Episcopal Española.