La indisolubilidad del matrimonio

Mons. Gerardo Melgar   Queridos diocesanos:

“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mc 10, 9); esta frase la escucharemos este Domingo en el Evangelio; con ella termina el razonamiento que Jesús les hace a aquellos fariseos que le preguntaron si era lícito el divorcio.

La indisolubilidad del matrimonio no es algo que se haya invitado la Iglesia; Jesús, para responder al fariseo, apela a la voluntad originaria de Dios. Al principio, Dios los creó hombre y mujer, fue así; por eso dirá: “Dejará el hombre a su padre y a su madre, y será con su mujer una sola carne” (Gn 2, 24).

Es éste un mensaje que choca frontalmente con la situación que estamos padeciendo: vivimos una auténtica plaga de divorcios, de tal manera que lo que hace unos años -no tantos- era algo visto con malos ojos, como algo anormal (las rupturas matrimoniales), hoy parece lo más normal; y lo que era normal hace unas décadas -la indisolubilidad y fidelidad del matrimonio- hoy casi se considera una cosa rara.

Hace 31 años que se aprobó la Ley del divorcio en España; desde entonces, las situaciones de rupturas matrimoniales han ido creciendo de forma alarmante, de tal manera que en España -en la actualidad- de cada cuatro nuevos matrimonios se rompen tres. Para hacernos una idea de la autentica plaga que están siendo las rupturas matrimoniales y los divorcios, basta echar una mirada a los números de los últimos años: en 2009, según el INE, se produjeron 98.359 divorcios; en Canarias, que es un caso singular, de cada cuatro nuevos casamientos se rompen cinco matrimonios; en el año 2010 se rompieron 110.321 matrimonios; en el 2011 se rompieron 110.651 matrimonios.

Las rupturas matrimoniales se han convertido en una auténtica plaga, de tal manera que ya no preocupa cuando éstas se dan porque hoy hay muchas; y, por otra parte, rara es la familia en la que no hay algún miembro que o está unido sentimentalmente sin vínculo alguno o se ha separado o se ha separado y se ha vuelto a casar una, dos y tres veces. Sean las estadísticas las que sean, el plan de Dios desde siempre es que lo que Dios ha unido no lo separe el hombre. Cristo responde con gran claridad a los discípulos cuando le preguntan en casa sobre el tema: “el que se divorcia de su mujer o de su marido, y se casa con otro, comete adulterio” (Mc 10, 11)

Es a la luz de este mensaje desde donde tendremos que revisar nuestra mentalidad y nuestra concepción de la fidelidad y de la indisolubilidad del matrimonio. El matrimonio es la unión de dos historias entrañables, la de un hombre y la de una mujer que juntos quieren vivir otra historia, la que los dos juntos han ido planeando y construyendo, que no coincide exactamente ni con la de uno ni con la del otro sino que tiene parte de ambas. En el matrimonio, el hombre y la mujer tienen muchas cosas que encajar y acoplar; por eso, es necesario conocer cómo son cada uno y cómo es la otra persona con la que quieren compartir para siempre la vida. Ahora bien, tantas veces falta ese conocimiento auténtico porque el noviazgo -en vez de aprovecharse para conocerse, dialogar, comunicarse y hacer un proyecto común que hacer realidad para no equivocarse en la gran decisión- no se aprovecha adecuadamente. Un noviazgo bien vivido para conocerse y planear juntos el futuro matrimonio es el mejor antídoto contra la ruptura y garantía de perdurabilidad de la pareja.

Por otra parte, hemos desechado de nuestro diccionario y de nuestra vida realidades como el sacrificio, el perdón, la renuncia. En la convivencia matrimonial (porque es la convivencia de dos personas distintas, que proceden de distintas familias, con distinta formación, con maneras personales de ser distintas, etc.) necesariamente se van a presentar momentos de dificultad; para ellos, los esposos deberán estar bien entrenados en el diálogo y la comunicación, y habrán de ser capaces de poner sobre el tapete lo que cada uno siente, cómo se siente en la vida de pareja y de familia, sin prescindir del perdón -virtud que hay que ejercer continuamente-, sabiendo ceder; y hacerlo todo por amor.

Además, la aceptación del mensaje de Cristo tropieza frontalmente con la mentalidad de nuestra sociedad que concibe la unión de un hombre y una mujer como algo de usar y tirar; que no valora la fidelidad ni cuida el amor por medio de la reflexión, el diálogo y la comunicación entre los miembros de la pareja, y el aprovechamiento de medios a su alcance como la participación en grupos de matrimonios que se plantean cómo vivir su matrimonio desde la fe.

Hagamos una revisión de nuestra mentalidad respecto al matrimonio; pongan los esposos los medios necesarios para vivir la fidelidad y el amor total que un día se prometieron, la entrega del uno al otro de por vida. Pidamos por los matrimonios creyentes, especialmente por aquellos que reclaman para sí como un derecho el divorcio, porque Dios nos sigue diciendo que “lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”.

+Gerardo Melgar

Obispo de Osma-Soria

Mons. Gerardo Melgar
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Mons. Gerardo Melgar Viciosa nació el 24 de Septiembre de 1948 en Cervatos de la Cueza, Provincia y Diócesis de Palencia. Cursó la enseñanza secundaria (años de Humanidades) en el Seminario Menor Diocesano de Carrión de los Condes y los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario mayor de San José de Palencia. Fue ordenado sacerdote el 20 de Junio de 1973 por el entonces Obispo de la sede palentina, Mons. Anastasio Granados García. Fue nombrado Párroco -de 1973 a 1974- al servicio de las parroquias de Vañes, Celeda de Roblecedo, San Felices de Castillería, Herreruela de Castillería y Polentinos. Al terminar ese curso pastoral, fue enviado a Roma, donde estudió Teología en la Universidad Gregoriana, licenciándose en Teología Fundamental el 14 de junio de 1976. A su regreso a Palencia fue nombrado Coadjutor de la parroquia de San Lázaro de la capital palentina durante un año. En 1977, y hasta 1982, desempeñó el cargo de Formador y Profesor del Seminario Menor Diocesano en Carrión de los Condes, del que sería, más tarde, Rector (1982-1987). En 1983 fue nombrado miembro del equipo de Pastoral Vocacional de la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y Vocacional. Al dejar el Seminario de Carrión de los Condes fue destinado, como Vicario Parroquial, a la Parroquia de San José de Palencia durante seis años (de 1987 a 1993). En 1993 fue elegido por Mons. Ricardo Blázquez Pérez para desempeñar el oficio de Vicario Episcopal de Pastoral de la Diócesis palentina, cargo en el que permanecería hasta 1998. También durante diez años (de 1995 a 2005), fue Párroco solidario de la Parroquia de San José Obrero y Coordinador de la Cura pastoral de la misma, miembro del Colegio Diocesano de Consultores (1995-2000) y vocal, por designación del Sr. Obispo, del Consejo Presbiteral Diocesano (2001-2005). En el año 2000 fue nombrado Delegado Diocesano de Pastoral Familiar hasta que, en 2005, Mons. Rafael Palmero Ramos lo eligió para desempeñar el cargo de Vicario General de la Diócesis. De 2004 a 2005 fue, además, confesor ordinario del Seminario Menor Diocesano “San Juan de Ávila” así como, de 2005 a 2008, miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis y Profesor de Teología del Matrimonio en el Instituto Teológico del Seminario Mayor de San José (2007). En enero de 2006, y hasta septiembre de 2007, durante el periodo de sede vacante producida por el traslado de Mons. Rafael Palmero Ramos a la Diócesis de Orihuela-Alicante, fue nombrado por la Santa Sede Administrador Apostólico de la Diócesis de Palencia. El 1 de Mayo de 2008, momento en el que desempeñaba el cargo de Vicario General de la Diócesis de Palencia y era el Capellán del Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se hizo público su nombramiento como Obispo de Osma-Soria. El 6 de Julio de 2008 recibió de manos del entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, Mons. Manuel Monteiro de Castro, la ordenación episcopal y tomó posesión canónica de la Diócesis oxomense-soriana. Ha publicado varios libros sobre el matrimonio y la familia: “Juntos cuidamos nuestro amor. Convivencias para matrimonios jóvenes”, “Madurando como Matrimonio y como Familia”, “Nos formamos como padres para educar en valores a nuestros hijos” y “Llenos de ilusión preparamos nuestro futuro como matrimonio y familia”, además de múltiples artículos y materiales de trabajo sobre la familia y la pastoral familiar. De su Magisterio episcopal, pueden destacarse las siguientes Cartas pastorales: “Sacerdotes de Jesucristo en el aquí y el ahora de nuestra historia” (2009) con motivo del Año sacerdotal, “Juan de Palafox y Mendoza. Un modelo de fe para el creyente del siglo XXI” (2010), con motivo de la beatificació, “La nueva evangelización y la familia” (2011), “Carta pastoral sobre el Seminario diocesano” (2012), “Itinerario para la evangelización de la familia” (2013), Carta pastoral “Después de la Misión diocesana Despertar a la fe” (2014). Además, ha publicado otros escritos: “La Pastoral Familiar, un proceso continuo de acompañamiento a la familia” (2009), “Los grupos parroquiales de matrimonios jóvenes” (2010), “Unidades de Acción Pastoral. Instrumentos de comunión al servicio de la evangelización” (2010). El 8 de abril de 2016, el papa Francisco lo nombró obispo de Ciudad Real, en sustitución de Antonio Ángel Algora, que renunció por edad. El 21 de mayo del mismo año tomó posesión canónica en la catedral de Santa María del Prado.