Año de la Fe (IV)

Mons. Juan José Omella     El Papa nos invita, en este Año de la fe, a que vivamos una fe auténtica, una fe verdadera, es decir, que vivamos esa fe que transforma la vida de los creyentes. La fe, que “actúa por el amor”, se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre . Cuando uno cree de verdad en Dios, y se pone en sus manos, guiado por la fe en Jesucristo, según la medida de nuestra disponibilidad, la mentalidad, los pensamientos, los sentimientos, las acciones del hombre se purifican y se transforman en un proceso que no termina en toda la vida. 

De esta forma, Benedicto XVI, asume, con mayor claridad y con mayor urgencia, si cabe, los mismos objetivos de Pablo VI en 1968. El Año de fe está concebido como un momento solemne para que en toda la Iglesia se dé “una auténtica y sincera profesión de la misma fe”; para que ésta sea confirmada de manera “individual y colectiva, libre y consciente, interior y exterior, humilde y franca”. Para que de esta manera toda la Iglesia adquiera una “exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla”.

Es importante caer en la cuenta de que llevamos ya cincuenta años recibiendo la llamada de Dios, así tenemos que interpretar la voz de los Papas, a ponernos en trance de misión. No se puede negar que estamos respondiendo con lentitud, con pereza, con desconfianza. No acabamos de superar nuestras rutinas. No nos decidimos a abordar seriamente el problema terrible de la descristianización de nuestra gente, de la deserción en masa de nuestros jóvenes. 

Pablo VI presentó el Año de la fe como “consecuencia y exigencia postconciliar», consciente de las graves dificultades del tiempo, sobre todo con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación. El Papa percibió entonces cómo el primer fruto del Concilio tenía que ser una renovación espiritual de la Iglesia, en el fervor y en la vida de fe. Sólo así podría llegar a ser el Concilio del diálogo misionero con el mundo moderno.

Han pasado ya cincuenta años desde aquel Concilio memorable y todavía están pendientes estos grandes objetivos. Es preciso que la Iglesia se purifique, que los cristianos vivamos fervorosamente nuestra fe en el Dios Salvador y en su enviado Jesucristo, para que podamos establecer el diálogo misionero y evangelizador con el mundo contemporáneo. Puede ser que estemos llegando al tiempo de la verdadera puesta en práctica del mensaje conciliar en toda su plenitud, renovación espiritual, recuperación del fervor original, simpatía y compasión misionera hacia el mundo para poder anunciar de nuevo el evangelio en este continente de la nueva cultura. Este puede ser el momento de una mejor comprensión y una verdadera implantación en la Iglesia de aquel Concilio providencial. Estos son los ritmos de la Iglesia. Y estos son también los ritmos de los grandes cambios espirituales y culturales. 
El Año de la fe no es una simple conmemoración externa del Concilio sino una oportunidad para estudiarlo, para recibirlo en profundidad, en continuidad y comunión con la tradición viva de la Iglesia, sin tensiones, sin conflictos, sin personalismos, en este itinerario y con esta graduación que Benedicto XVI nos señala, tiempo de renovación, evangelización, misión.

Seguiremos reflexionando sobre este tema del Año de la fe con lo que nos propone el Papa.

Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.