“La fe actúa por el amor”

Mons. Amadeo Rodríguez     “La fe actúa por el amor” (Gal 5,6). Este es el principio de vida para los cristianos que recoge la más pura lógica de su identidad. Si la fe es un don de amor, “un amor que se recibe”, creer es amar. “La fe y la caridad se necesitan mutuamente”. La una ilumina a la otra, pues en medio de las dos anda siempre Cristo. En efecto, por la fe y la caridad conocemos y amamos a Cristo. Es la fe la que nos ilumina el rostro de Cristo, es la caridad la que nos muestra el rostro de Cristo al que hay que servir en sus necesidades concretas. Se puede decir que un cristiano confiesa su fe porla caridad. Esmás, el servicio de la caridad es su credo vivo. El triple “creo” de su Bautismo en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo se plasma al mismo tiempo en su corazón y en el rostro de su hermano necesitado.

En la caridad el cristiano hace su manifestación de fe, se expresa del modo más auténtico, se hace testigo creíble de Cristo porque ve su rostro en los pobres. La caridad verifica la fe que profesamos, celebramos, vivimos y rezamos; es decir, la que conforma nuestra identidad cristiana. En realidad la caridad es el lenguaje de los hombres de fe: hablan con lo que hacen en el amor. Justamente eso está ocurriendo en estos momentos en la Iglesia católica en España. Una multitud, sí, una verdadera multitud de hombres y mujeres, unos con la ayuda anónima y generosa de su mano derecha, otros con su acción como voluntarios, repartidos todos por la geografía española, se las están ingeniando para hacer frente a los problemas más graves que está generando la terrible crisis que nos asola. Con la fuerza que recibe su fe en nuestros templos, en los que se encuentran con el amor de Cristo, se están abriendo otros “templos” en los que también se encuentra a Jesucristo y se le sirve en el amor.

Animando la acción socio-caritativa con escasos recursos, que se multiplican por la generosidad de muchos, están los obispos, los sacerdotes, los consagrados y una multitud, insisto, de seglares que desinteresadamente se ponen al servicio de los más desprotegidos. Lo hacen, sobre todo, en Cáritas, expresión de la caridad en la vida de la Iglesia, y lo hacen en otras asociaciones de fieles que tienen en la caridad su modo de servir en las comunidades cristianas. Es así como hablamos de la crisis en la Iglesia: hacemos nuestro el lenguaje de la acción caritativa. En realidad siempre ha sido así y lo seguirá siendo, porque la responsabilidad en el amor ante nuestro prójimo no es una opción para un cristiano, es una obligación que recibe su fuerza de creer en Jesucristo y amarle.

Hay quien insiste, sin embargo, en que al menos los Obispos utilicemos tambiénla palabra. Seguramenteporque la necesitan; aunque también pueda haber otros que pidan la palabra sin haber hecho el esfuerzo de escuchar el lenguaje de los hechos. No obstante, hay que advertir que nuestra palabra ha de ser desde el Evangelio, reflejado en los principios y criterios dela Doctrina Socialdela Iglesia. Desdeahí sí que podemos y debemos decir nuestra palabra para este periodo social de crisis. Ir más allá, sería poco respetuoso con la autonomía de la comunidad política.

Por mi parte, apunto algunas de las propuestas que saco de mi reflexión personal y que compruebo que coinciden con las que se están haciendo en los ámbitos cristianos de Europa. Propongo algunos valores concretos que, a mi juicio, no deberían ignorarse: situar en todas las decisiones la dignidad de la persona humana, a la que siempre habría que ver detrás de los problemas que se intentan resolver y también de los que pudieran sobrevenir; actuar con criterios de solidaridad frente a mecanismos sociales, económicos y culturales, que con frecuencia se mueven por el más puro egoísmo; distribuir con equidad los sacrificios que se le están pidiendo a los ciudadanos, pero siempre con la corrección de una especial sensibilidad y preferencia por los más desfavorecidos; optar por la austeridad generosa como modelo de vida por parte de los que pueden ser austeros; defender siempre el bienestar en las necesidades básicas de los ciudadanos; poner en el punto de mira de las actuaciones el trabajo como el medio de realización humana; buscar con honestidad la verdad y la lealtad en los análisis de la situación y en las explicaciones que se dan, en orden a favorecer la estabilidad social; y tener el coraje para aceptar que, entre todos, se puede salir de la crisis, pues todos necesitamos un mensaje de esperanza.

Es evidente que estos valores los tiene que aplicar, en la gestión de la cosa pública, toda la clase política y también los gestores de la vida económica. Por eso, el momento presente está demandando que por parte de todos se le de prioridad al bien común, y eso tendría que traducirse en un mayor consenso por parte de la clase política que abría de traducirse en un mayor consenso entre toda la clase política, arrimando todos el hombro en la solución de los problemas por encima de intereses particulares. También el sistema económico tendrá que orientarse al bien común y no al lucro de las personas, empresas y grupos financieros; y lo mismo deberían hacer los mercados. Para que esto sea posible, es evidente que habrá que aceptar una ética distinta, que esté siempre abierta al desarrollo de las personas y de los pueblos.

Pues bien, dicho está. Seguro que algunos, cuando lean esto dirán que es “buenismo”. Dejará de serlo, si quien tiene que actuar con las soluciones técnicas y políticas concretas aplica estos valores. Es verdad que no son fáciles los caminos de solución, pero le pedimos al Señor que ayude a los políticos a encontrarlos por el bien de todos.

Con mi afecto y bendición. 

+ Amadeo Rodríguez Magro

Obispo de Plasencia

Mons. Amadeo Rodríguez
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Mons. Amadeo Rodríguez Magro nació el 12 de marzo de 1946 en San Jorge de Alor (Badajoz). Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Badajoz, del que luego sería formador. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1970. Su primer destino pastoral fue de coadjutor de la parroquia emeritense de San Francisco de Sales (1970-1974), de la que posteriormente sería párroco (1977-1983). Tras obtener la licenciatura en Ciencias de la Educación (sección Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma (1983-1986), D. Amadeo fue nombrado por su Obispo, D. Antonio Montero, vicario episcopal de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis (1986-1997), siendo también designado vicario territorial de Mérida, Albuquerque y Almendralejo; y finalmente vicario general (1996-2003). Fue además secretario general del Sínodo Pacense (1988-1992) y secretario de la conferencia de Obispos de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz (1994-2003). En 1996 fue nombrado canónigo de la Catedral de Badajoz, cuyo cabildo presidió de 2002 a 2003. Realizó su labor docente como profesor en el Seminario, en el Centro Superior de Estudios Teológicos, en la escuela diocesana de Teología para Laicos (1986-2003) y de Doctrina Católica y su Pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura (1987-2003). También formó parte del consejo asesor de la Subcomisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El 3 de julio de 2003 San Juan Pablo II le nombra obispo de Plasencia y recibe la ordenación episcopal en la Catedral de Plasencia el 31 de agosto de 2003. En la Conferencia Episcopal Española es el vicepresidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y presidente de la Subcomisión Episcopal de Catequesis desde 2014, de la que ya era miembro desde 2003. También ha formado parte de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de 2005 a 2011. El 9 de abril de 2016 se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén. Tomó posesión de su cargo el día 21 de mayo de 2016.