San Juan de Ávila y el Sagrado Corazón de Jesús

(sanjuandeavila.conferenciaepiscopal.es)

Mons. Ricardo Blázquez, Arzobispo de Valladolid

Carta que acompaña la Edición del Tratado del Amor de Dios de la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús de Valladolid

El día siete de octubre, coincidiendo con la apertura del Sínodo de los Obispos sobre “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”, declarará el Papá doctor de la Iglesia a San Juan de Ávila junto con santa Hildegarda de Bingen. Es una coincidencia elocuente; el aclamado como “apóstol de Andalucía” animado por un ardiente celo apostólico y un espíritu misionero universal, ante el desafío de la nueva evangelización síntesis y cifra de la misión cristiana en nuestro tiempo, es presentado como modelo de evangelizadores y maestro en la fe.

Hay diócesis que dentro del concierto universal de las Iglesias particulares tienen un don y una tarea especiales. Santiago de Compostela, que custodia la tumba y la memoria del Apóstol, es aliento para la evangelización, meta de peregrinaciones e impulso en la formación de Europa. Ávila, cuna de Santa Teresa de Jesús y de su reforma junto con San Juan de la Cruz, nos recuerda el lugar primordial de la oración y de la unión mística con Dios. Valladolid, donde el Bto. Bernardo de Hoyos vivió, recibió la misión de difundir la devoción al Corazón de Jesús y ha sido beatificado el 18 de abril de 2010, debe ser lugar que renueve y fortalezca la invitación dirigida a todo hombre que brota del Corazón de Jesús. Jesucristo en el símbolo de su corazón nos revela el amor de Dios, el perdón y la misericordia divina, la oferta de salvación a toda persona por más alejada que se sienta. En el origen está Dios que es Amor (cf. 1Jn. 4,8). Él nos ha amado primero, ha enviado a su Hijo para salvarnos, en la cruz Padre e Hijo nos han manifestado el amor inefable e inmenso que nos tienen. El Corazón de Jesús (cf. Jn. 19,34-37) nos remite al Corazón de Dios Padre y al corazón del Evangelio. La devoción al Sdo. Corazón de Jesús nos muestra de manera sencilla, expresiva y popular lo que constituye el centro de la fe y de la vida cristiana: Deus Cáritas est.

Cuando vino el año 2005 Benedicto XVI a Valencia para el Encuentro Mundial de las Familias, el presidente de la Conferencia Episcopal en nombre de los presbíteros españoles de los que es patrono, por iniciativa de la Comisión Episcopal del Clero, le entregó un ejemplar bellamente encuadernado del Tratado del amor de Dios de San Juan de Ávila. El pequeño tratado es una perla de la literatura española y de la teología mística del siglo XVI. San Juan de Ávila, fundándose en la Sagrada Escritura como procedía habitualmente, une el Amor de Dios, el Corazón de Jesús, la respuesta del cristiano y la evangelización. El evangelio predicado y encarnado por Jesús nace del Corazón del Padre, se nos manifiesta para nuestra salvación y se nos confía para que lo anunciemos hoy y siempre. La noticia que nos alegra profundamente es que Dios nos ama, que la cruz de Jesús es el signo supremo de su amor y que “mirando a quien traspasaron” (cf. Jn. 19,37) recibimos el perdón y la esperanza. A Dios no le somos indiferentes, sino queridos. Para nuestra sorpresa y dicha se define y es Amor; por amor nos ha creado, por amor nos ha redimido y por amor nos ofrece el perdón.

Reproduzco a continuación algunos párrafos del tratado de San Juan de Ávila, que nos ayudan a ver el fondo bíblico, teológico y espiritual de la devoción al Sdo. Corazón de Jesús.

“La causa que nos mueve el corazón al amor de Dios es el considerar profundamente el amor que tuvo Él, y, con Él, su Hijo benditísimo”. “No hemos entrado nosotros en el seno de vuestro corazón, Dios mío, para ver esto; mas el Unigénito vuestro, que descendió de ese seno, trajo señas de ello (cf. Jn. 1,1-18), y nos mandó que os llamásemos Padre (cf. Mt. 6,9) por la grandes del amor que nos tenías” (n.1). El amor que Dios nos tiene supera infinitamente el amor del padre, de la madre y de los esposos. Las pruebas que nos dio de su amor aparecen en el Nuevo Testamento (cf. Jn. 3,16; 1 Jn. 4,9; Ef. 3,18); y son “como centellas que salen afuera de aquel abrasado fuego de amor”. Ante este amor de Dios, que supera todo conocimiento (cf. Ef. 3,19), pide San Juan de Ávila que “por todas partes sea nuestro corazón herido y conquistado por ese amor” (n.3).

La fuente y el origen del amor de Cristo para con nosotros no es la virtud del hombre, sino “las virtudes de Cristo, y su agradecimiento y gracia, y su inefable caridad para con Dios. Esto significan aquellas palabras suyas que dijo el jueves en la cena: Para que conozca el mundo cuánto amo a mi Padre, ¡levantaos y vamos de aquí! (Jn. 14,31). ¿Adonde? A morir en la cruz”. “Los rayos del fuego de este Sol divino derechos iban a dar al corazón de Dios; de allí reverberan sobre los hombres. Pues si los rayos son tan recios, ¿qué tanto quemará su resplandor?” (n.6)

Considerando el ejemplo de San Pablo se dirá: “ánima mía, toma agora alas y sube de este escalón hasta las entrañas y corazón de Cristo” (n.8). “¡Cuán firmes son los estribos de nuestro amor!; y no lo son menos los de nuestra esperanza. Tú nos amas, buen Jesús, porque tu Padre te lo mandó, y tu Padre nos perdona porque tú se lo suplicas. De mirar tú su corazón y voluntad, resulta me amas a mí, porque así lo pide tu obediencia; y de mirar Él tus pasiones y heridas, procede mi remedio y salud, porque así lo piden tus méritos. ¡Miraos siempre, Padre e Hijo; miraos siempre sin cesar, porque así se obre mi salud!”. “Si el Hijo obedece, ¿quién no será amado? Y si el Padre mira, ¿quién no será perdonado?” (n.12).

Y para concluir nos exhorta San Juan de Ávila a cada uno: “No mires a tus fuerzas solas, que te harán desmayar, sino mira a este remiador, y tomarás esfuerzo”. “Echa tus cuidados en Dios (Sal. 53,23) y asegúrate con su providencia en medio de tus tribulaciones; y, si crees de veras que el Padre te dio a su Hijo, confía también que te dará lo demás, pues todo es menos” (n.13). Merece la pena tener presente el Tratado del amor de Dios de San Juan de Ávila para profundizar y fortalecer nuestra devoción al Sdo. Corazón de Jesús.

Mons. Ricardo Blázquez, Arzobispo de Valladolid

NOTA: Se toma el texto del Tratado del amor de Dios de la nueva edición crítica de Obras Completas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2000, pág. 951-974

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